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Incluído en el libro “De anteayer y de hoy”

¿QUÉ SON ÉXITO,
TRIUNFO Y FRACASO?

ABC, 26 de octubre de 1975

Cuando se vive en la grande confusión de nuestro tiempo y tanta gente se consume en los afanes más vulgares, cabe plantearse – desde una altura cronológica independiente y serena – una serie de cuestiones: hoy éstas.

En la estimación más general – más gruesa podríamos decir -, el mérito de una persona suele medirse por los éxitos que ha alcanzado en la vida o – para ser más exacto- por el triunfo, pues mientras el éxito consiste simplemente en llevar a buen fin un propósito o alcanzar un objetivo propuesto, el triunfo indica ya unas notas de competición y publicidad y suele referirse no a la obtención de lo que cada uno en su tabla personal de valores considera verdaderamente valioso, si no a la conquista de lo que se considera valioso – codiciable - en la estimación social más generalizada. Por ello cuando se dice que alguien ha triunfado quiere decirse que ha conseguido ponerse a la cabeza de su profesión logrando una “notoriedad” indiscutible, o bien que ha alcanzado esa notoriedad adquiriendo una posición importante en la riqueza, la influencia o el poder.

Hay así triunfadores y fracasados, entendiéndose por fracaso - erróneamente en algunos casos – lo contrario de lo que se entiende por triunfo. En rigor, y para precisar habría que decir si la notoriedad es elemento esencial del triunfo, la mayor parte de las personas de las que se dice que “han fracasado” no han fracasado “del todo”, ya que en tal caso nada se diría de ellas – salvo en familia -, pues el fracaso “público” lo es por constituir caso notorio.

Quede dicho todo esto para entendernos: ¿quién triunfa y quién fracasa? ¿Puede decirse que ha fracasado una persona cuando no ha obtenido lo que no se proponía alcanzar, o cuando ha subordinado la posibilidad de obtenerlo a unos imperativos morales a los que hubiera tenido que traicionar para obtener eso que la estimación vulgar considera como triunfo?

Me refiero ahora y sobretodo no a la realización de una obra valiosa, si no al pleno reconocimiento de ella por parte de una sociedad que, como la nuestra, concede tan desmesurada importancia a cosas como la posición económica, la aparatosa influencia social y el poder político efectivo. ¿Serán de verdad fracasados los que no han obtenido tales bienes porque han aspirado a otros más puros como son estar de acuerdo con su propia conciencia, por ejemplo, o realizar una obra depurada y sin relumbrón? ¿Lo serán los que no han querido pagar para hacer carrera el tributo, acaso innoble que se les hubiera exigido?

Si se hila delgado, el triunfo y el fracaso no son algo tan evidente que pueda estimarse prescindiendo del programa vital, de las ideas y aspiraciones efectivas del que triunfa o fracasa. A la luz del mundo – para poner un ejemplo -, muchos santos fueron fracasados, y también muchos artistas grandes y no pocos sabios. El triunfo depende, pues, de los objetivos que cada hombre se va señalando, y digo “se va señalando”, y no “se ha señalado”, porque es frecuente que el programa vital de cada persona no se guíe por los mismos valores desde la juventud a la declinación. En el joven dotado es frecuente que le programa a cumplir, el triunfo a obtener, sea el de llegar a ser hombre cabal y a ser posible importante, elevado por encima del rasero medio y realizador de alguna empresa valiosa; tanto en las pruebas de fuerza o destreza como en los estudios o en la adquisición de relaciones sociales, el joven se esfuerza por sobresalir. Es natural. Un poco más tarde cuando la madurez se insinúa, es también natural que el hombre cifre sus aspiraciones en obtener una situación profesional y económica, “una posición” consistente. A ello le empujaran no solo la ambición, sino también las responsabilidades familiares.

Con frecuencia es posible que la aspiración a alcanzar una posición adopte la formula de la ambición política, saludable cuando a ello nos estimulan el espíritu crítico, los propios ideales, el espíritu de solidaridad social y hasta la invitación de quienes nos conocen.

La atracción del poder puede ser pura aunque también puede confundirse o mancharse con el simple gusto de mandar, por la fruición de disponer de las voluntades ajenas o por el más tosco y ordinario apetito de ventajas o beneficios para uno mismo o para su clientela. Pero cuando se avanza más en la vida – y los hombres de gran calidad pueden avanzar este orden de cosas muy deprisa – las aspiraciones personales se suelen hacer más puras, más desinteresadas e incluso espiritualmente refinadas. Pueden, y en los casos mejores suelen, depurarse y elevarse. Depurarse de urgencias y apetitos vulgares. Elevarse por encima de lo que la estimación general considera las conveniencias.

Llegado ese momento es fácil que muchas personas – las más -, incluso algunas estimables y corrientemente buenas, no lleguen a entender aquella depuración de las aspiraciones y empiecen a confundir el apartamiento voluntario de las ambiciones más comprensibles y vulgares con el fracaso o la incapacidad. El espectáculo del hombre que no se doblega (lo que nada tiene que ver con el empecinamiento ni el cerrilismo) y elige una vida sin triunfo para realizarse en la autenticidad, e incluso en la ejemplaridad, no es siempre grato a los más ni está siempre al alcance de su comprensión. Ese que por servir a su conciencia, a su exigencia moral o a una convicción depurada ha “perdido” la senda que lleva a la gran posición económica, a la influencia social o al poder político, es inmediatamente desestimado. Tanto más si en etapas anteriores y menos depuradas de su vida pareció que aspiraba a aquellos triunfos. Y, sin embargo, en ese voluntario “fracaso” es en donde, casi siempre, está el triunfo mayor: el triunfo de la calidad, el triunfo ante sí mismo. No es fácil discernirlo. A veces no es cómodo proclamarlo. Pero, sin embargo es ese triunfo íntimo y sin ordinarias satisfacciones – el triunfo de la conducta pura o de la obra realizada sin concesiones – el que esta destinado a durar.

Una vida sin claudicaciones y con entereza, entregada a lo “mejor”, es la más cumplida; la de éxito más verdadero aunque no sea la de triunfo más sonado. Hablamos de los grandes ejemplos. Otros no lo parecen tanto, pero donde haya un hombre cumplido – cabal – siempre habrá un ejemplo que imitar.

Ramón SERRANO SUÑER

 

 

 

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