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Incluido en el libro “De anteayer y de hoy”

RIDRUEJO
ENTRE DOS ESPAÑAS

Cambio 16, 7-13 julio de 1975

La muerte de Dionisio puede significar mucho. Ridruejo era un político de deber, no de profesión. Amaba, sentía, entendía a España con patriotismo crítico y exigente, lo que tanto quiere decir como con patriotismo útil, eficaz, verdadero.

Cuando el país tiene planteada, por imperio de la realidad, sin escamoteo posible, la reforma de su orden político, partiendo, naturalmente, de lo actual –pero partiendo-, un hombre en quien tan pródigamente como en Ridruejo se reunían inteligencia, imaginación, honradez ejemplar, y un buen caudal de experiencia que los años acumularon en él, resultaba indispensable para la gran tarea. Contra la imagen que tiene parte del vulgo, poseía gran sentido de la responsabilidad y hoy, hombre receptivo y flexible, pensaba y trabajaba a la vista del hecho de un poder personal que termina, buscando un orden no impuesto, sino establecido desde la sociedad misma, fielmente representativo de sus opiniones, sus creencias y sus intereses. Un orden de esta naturaleza exige para su establecimiento y permanencia autoridad, pero no una autoridad primaria o tosca, la que concede un poder material cualquiera, sino un poder controlable, que tenga en su base la decencia y la justicia, dos grandes virtudes que Ridruejo atesoraba con exuberancia.

Digamos con las severas palabras de Camilo José Cela que es triste que para pedir justicia para Ridruejo tengamos que ofrecer su cadáver a cambio. No estoy seguro de las aficiones que para cargos ejecutivos y de mando pudiera haber tenido Ridruejo, aunque soy testigo de su capacidad de organizador que acreditó de forma extraordinaria en su tiempo de actividad política –estando junto a mí- en relación con actos importantes realizados con gran estilo –luego perdido totalmente o sustituido por la cursilería- con un sentido de estética de masas, estética del tiempo, como tuvieron los movimientos políticos de aquella época. Pero sí estoy seguro del valor incomparable que tenían sus ideas en la hora de proyectar y formular. En el despegue político del Régimen, esto es, en el Fuero del Trabajo, él fue su redactor, aunque aceptando ideas fundidas por otros que venían del corporativismo ya insinuado en la Dictadura con influencia italiana, portuguesa y austriaca, y también del tradicionalismo que interpretaba su gremialismo a la manera de los corporativistas y del cristianismo social.

Siempre, pero especialmente en esta hora delicada, cuya confusión aumenta el charlatanismo y la pedantería, unas veces, y la indigencia de conocimientos, otras, gentes con talla y con dignidad son las que se necesitan para el ejercicio de las funciones públicas, pues atribuirlas a personas incompetentes será tan grave como confiarlas a gentes sin solvencia. Las cosas son así, aunque en cualquier tiempo a las personas instaladas en el poder les guste más la lisonja que la crítica, sin advertir que aquélla ha de hacerles mucho más daño que ésta.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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