
Inlcuído en el libro “De anteayer y de hoy”

Revista de Occidente, 1976
Hace veinte años, en 1955, el político Ridruejo ocupó esta tribuna del Ateneo de Barcelona «para decir la verdad»; para lo mismo vengo yo ahora aquí.
Ridruejo ha dicho en más de una ocasión que «la de escritor era su vocación más irremediable» pero también ha señalado siempre la relación entre su obra poética y los lances de su vida pública y privada: entre la Literatura y la Política se ha desenvuelto casi toda su vida y uno de sus libros se titula precisamente así: Entre literatura y política.
¿Qué supone en el político Ridruejo –se le preguntó un día- el escritor Ridruejo? Y contesta: «El escritor Ridruejo echa una mano al político Ridruejo para tratar de expresarle; pero el político Ridruejo no oprime nunca al escritor Ridruejo, porque yo no soy mi autodictador; esto no quiere decir en modo alguno que la literatura esté sustancialmente al servicio de la política; puede servirla, pero de suyo es otra cosa.»
¿Es Dionisio un político? Antes de seguir será necesario establecer un principio: ¿qué es un político?, ¿qué es ser un político? Por eliminación digamos que ser político no es, necesariamente, ser ministro o jefe de un Gobierno, pues un ministro o un presidente por el solo hecho de serlo no es un político, ¡y tantos no lo han sido! Algunos, incluso, no fueron otra cosa que fruto de un azar o de un capricho, en la línea, algunas veces, del caligulado.
El político no es sólo el gobernante, el ejecutivo, sino también –y más- el ideador, el sembrador, el promotor. Caso próximo a nosotros, el de José Antonio Primo de Rivera.
Hay políticos por ambición, por vanidad, por ansia de mando y de riqueza; y hay políticos por vocación y por deber. A estos últimos pertenecía Ridruejo que, pese a su visión y a su interés por la cosa pública, a su imaginación, a su capacidad de ideación orientadora, nunca tuvo el gusto ni la afición por los cargos ejecutivos. No era como tantos otros españoles, que se han afanado y se afanan por tales cargos hasta llegar a considerar frustrada su vida si no los alcanzan, aunque sea para luego… no hacer nada.
Así entendidas las cosas, ha podido decir Antonio Tovar que Dionisio era un político nato que comprendió aquí, antes que nadie, lo que políticamente ocurría durante la guerra y, después: la frustración de una oportunidad histórica y excepcional.
Creo que esto es así, que Ridruejo fue un político, pese a las finas consideraciones de Benet sobre él. «Tenía –dice- demasiada talla intelectual, demasiada honestidad intelectual como para triunfal en política… lo suyo no era el triunfo»; y yo pregunto: ¿qué es el triunfo, Qué la aureola…? «El político –añade- tiene que vivir entre afirmaciones absolutas, abstracciones y tópicos… conformarse con la mediocridad y las medias verdades, con el medio camino. Y él era el hombre menos conformista, el que deseaba buscar en los entresijos de los temas y apurarlo todo.»
«Mientras el hombre público se destaca por la confianza en sí mismo Dionisio continúa, era el hombre que de la desconfianza en sí mismo había hecho un objeto de arte; un profesional del diálogo, un suscitador de dudas y un revisor de opiniones que no dejó un tópico en paz.»
Si todo esto en buena medida es cierto, más lo es, digo yo, que con su imaginación y su patriotismo crítico Ridruejo fue un político; el primero en renovar el estancamiento, en alumbrar la esperanza, y en luchar por una sociedad más abierta. (Aunque ahora resulte que tenía competidores… bien instalados.)
Dionisio fue un político ejemplar, o un ejemplo para políticos.
Ridruejo –que fue en su primera juventud un falangista verdadero, como con su rigor habitual ha confesado siempre, sobre todo cuando los cambios en la política europea llevaron a muchos falangistas de la obediencia oficial a realizar toda clase de equilibrios exculpatorios- escribió con ironía en sus Memorias, y en otras ocasiones, esto: «Empiezo a sospechar que yo he sido el único fascista en este país», así como también el único intervencionista, refiriéndose a la última Guerra Mundial. Cuando la verdad es que, al menos en el campo de la cultura –que es la convivencia en las ideas, como bien ha escrito Lorenzo Gomis- nunca dejó Ridruejo de ser liberal (y recuerda, para ello, la edición que Ridruejo publicó de Antonio Machado, y prologó, cuando todavía estaba conmigo en la Dirección General de Propaganda.) En ningún tiempo fanático.
Por su autenticidad falangista fue inicialmente adversario de la Unificación de fuerzas políticas decretada el 19 de abril de 1937, aunque pronto –al darse cuenta de la sinceridad en mi propósito para acercar el Jefe Nacional a la Falange y de salvar lo posible del mensaje de José Antonio-, comprendió que aquel era el único camino para abrir alguna posibilidad; y se dedicó, desde entonces, a trabajar conmigo, con exigencia y lealtad crítica, tomando parte principal en la elaboración del Fuero del Trabajo, en la reforma de los Estatutos del Partido, y en un proyecto de Constitución que preparamos, aunque no llegó a tener realidad. (El profesor Tovar ha escrito recientemente estas nobles palabras: «Dionisio inició su relación con Serrano Suñer como enemigo de aquella maniobra política de la Unificación; después se dejó ganar por la dignidad de Serrano Suñer y fue colaborador suyo, y más tarde fraternal amigo».)
Al ver que la cosa no iba a resultar fácil, por falta de decisión sincera, Ridruejo se fue a combatir en Rusia con la fe casi perdida en lo que aquí pudiera todavía hacerse, y, desde allí, en el alejamiento de lo cotidiano y anecdótico, con larga perspectiva, advirtió –junto con otros camaradas- dónde radicaban las dificultades para la realización del proyecto falangista así como la imposibilidad de alcanzar ninguna de las metas propuestas en aquel ensayo. Y, al volver a España en ese estado de ánimo, entendiendo que para el falangista sincero no quedaba ya el margen de esperanza que antes creía abierto, se dirigió con valerosa y honrada lealtad –y añadiría que también respetuosa, porque eso es respeto y no la adulación ni el servilismo- al Jefe Nacional por carta de 7 de julio de 1942 en la que textualmente dice: «Seguir viviendo silencioso y conforme como un elemento, aunque insignificante, del Régimen, me parece en el estado actual de las cosas un acto de hipocresía. Durante mucho tiempo he pensado, junto con algunos de los servidores más inteligentes y leales –más exigentes y antipáticos quizás también- que ha tenido Vuecencia, que el Régimen que preside a través de todas sus vicisitudes unificadoras, terminaría por ser al fin el instrumento del pueblo español y de la realización histórica refundidora que nosotros habíamos pensado. No ha resultado así y se lleva camino de que no resulte ya nunca. Lo cierto es que los falangistas no se sienten dirigidos como tales, no ocupan los resortes vitales del mando, pero en cambio los ocupan en buena proporción sus enemigos manifiestos y otros disfrazados de amigos, amén de una buena cantidad de reaccionarios e ineptos. La Falange gasta estérilmente ajena y adversa perdiendo su eficacia, y la pugna hace que toda su obra aparezca llena de contradicciones y sea estéril. La mitad de la energía del Régimen se pierde en discusiones, recelos, actos de ataque y defensa.
»Por otra parte, el movimiento mismo al no sentirse misionado pierde fe y realidad, desgasta sus equipo y termina por hacer prevalecer a los que por mediocres resultan más cómodos, mientras dura en su seno la pugna de una unificación que será imposible mientras las posiciones más contradictorias tengan autoridad para diluir sus principios en el patriotismo tópico de la derecha tradicional.
»El Movimiento se desprestigia por su burocratismo inoperante y se hace grotesco e indigno al tener que soportar frente a sí otras fuerzas más reales, mejor armadas y de contraria voluntad política.
»Ser falangista ya apenas es ser cosa alguna, y es además exponerse a diario vejamen… La Falange es simplemente la etiqueta externa de una enorme simulación que a nadie engaña. Y pregunto: “¿No sería mejor avanzar decididamente hacia un Régimen sincero? Yo, y cualquier falangista, preferíamos hoy una dictadura militar pura o un Gobierno de hombres ilustres, a esta cosa que no hace sino turbarnos la conciencia. Puedo decir a Vuecencia que no he hablado con persona alguna del Régimen que no ponga un tono de oposición en sus palabras. Nadie se siente responsable de lo que se hace.” Y termina diciendo: “Yo no pretendo otra cosa que advertir. Confieso que los pequeños cargos aparenciales con que Vuecencia me distinguió me pesan en exceso y sería feliz librándome de ellos. Pido meditación y cumplo con mi conciencia prestando ante Vuecencia mi absoluta insolidaridad con aquello.
»Ésta no es la Falange que quisimos y yo no puedo exponerme a que Vuecencia me tenga por un incondicional. No lo soy; simplemente pienso con tristeza que aún todo podría salvarse; pero mientras lo pienso estoy moralmente de regreso a la vida privada.
»Perdóneme Vuecencia toda esta impertinente crudeza y sepa en camino que con todo fervor le deseo una vida de aciertos para España.»
El día 6 de septiembre –y seguimos en 1942- pide el relevo de la Junta Política, considerándose ya irrevocablemente desprendido de su vinculación oficial al Partido.
Yo he visto, en la trayectoria en la limpia evolución política de Ridruejo, una claridad y una consecuencia política esencial, muy lejos de la superficialidad y ligereza con que algunos enjuiciadores despacharon su doloroso proceso político desde un prisma de vulgaridad. (Se dijeron de él, entonces y luego, una serie de estupideces e inexactitudes; algunas veces, incluso, por parte de quienes más tarde, y con trayectoria menos clara y auténtica que la suya, llegaron por mero oportunismo a posturas análogas.)
¿Qué es lo que, desde ese momento, quiso Dionisio? Pues, fundamentalmente, lo mismo que antes había querido: él creyó y aspiró a una nueva estructura social y política del país inspirada en estrictas normas de justicia y austeridad y no en puro verbalismo; intuyó en su mocedad que la doctrina y la acción falangistas podrían ser la vía recta para el logro de esos objetivos; pero, cuando tuvo la certeza de que eso ya no había de ocurrir, su depurada conciencia le impuso el deber de retirarse de un terreno en el que nada había que hacer y se fue a buscar sus objetivos por otros caminos; con responsabilidad, buscando siempre la armonía, la integración entre los españoles, en una convivencia civilizada y lejos de toda violencia, en una sociedad más abierta que había de empezar por afrontar estas dos grandes urgencias: 1.ª, el restablecimiento de una moralidad exigente en nuestra vida pública; una España decente. 2.ª, el ejercicio de la ciudadanía, la reconstrucción de nuestra conciencia civil, ya que el mayor de nuestros males radica en la insolidaridad de los españoles, que no saben convivir.
En su libro Entre literatura y política escribe que tiene una idea muy mala de la clase dirigente española, tanto de la económica como de la política, por estar compuesta de personas que no quieren tener que ponerse a prueba. «Este país lo que necesita a torrentes es un clima competitivo, porque está instalado sobre un vicio que es la dispensa de confrontaciones. No hay pruebas de competencia para los dirigentes españoles políticos ni económicos; y no sólo es que no las desean sino que las rehuyen. Es posible –dice allí, con ironía-, que nuestros ministros, banqueros o ejecutivos sean inteligentísimos, pero lo cierto es que a nadie se le permite demostrar lo contrario.»
Pero no todo está perdido porque «la vida y la esperanza renacen siempre; porque el país despertará con alguna agresividad, pero las tensiones que se produzcan tendrán que limitarse a la obtención de objetivos posibles para entrar en una fase negociadora de la que salga una solución. Para ello será necesario que las derechas no sean cerriles sino flexibles, y las izquierdas racionales y no utópicas, demócratas y no violentas, ni sanguinarias, ni extremistas y respetuosas con una ley de juego.» Unos y otros, todos, tienen que aceptar la crítica porque cuando ésta se suprime «la sociedad entra en un sistema de corrupción, de impunidades y mentiras. Todo aquel que disponga del destino de los demás, de la riqueza de los demás, estará, siempre sin esa crítica, en peligro de corromperse.»
Era Ridruejo opuesto al comunismo; incompatible con las organizaciones comunistas porque cerradas a toda libertad de pensamiento y de acción, son sólo máquinas de guerra. Diré, por mi parte que parece lógica la exclusión que liberales y demócratas hagan de quienes quieren participar en un orden político con la aspiración de destruirlo; y no entiendo la argumentación que oigo hacer con frecuencia, incluso a personas inteligentes, de que es preferible admitirlo en la legalidad a mantenerlo en la clandestinidad porque está acostumbrado a trabajar en ella. Pero, ¿es que –pregunto yo- no va a trabajar más y con más facilidades, es decir, todavía mejor, en la legalidad? De ese modo lo haría en las dos vías, la legal y la clandestina. Que el comunismo entre en la legalidad parece una falacia.
Ridruejo no aceptaba socialismo que destruya la democracia política y desemboque en la dictadura. Se mostraba partidario de un sistema mixto donde el socialismo actúe como correctivo del sistema neocapitalista con una ampliación grande de los sistemas de seguridad social donde se garantice un mínimo vital a alto nivel y también una limitación en el poder de los detentadores de los medios de producción pero sin caer en el peligro del «Estado patrono».
Por encima de la pereza, del adecenamiento conformista y del miedo, se dedicó Ridruejo a hacer ciudadanía viva, y trabajó en esa dirección más que ningún otro español de los que aquí se encontraban: predicó, buscó la aproximación y la unión entre las gentes, afrontando valerosamente riesgos e incomodidades, y es indudable que logró positivos resultados de ambiente y ello obliga a reconocerle como un verdadero político; pero, eso sí, nunca trabajó a favor del viento, nunca lo hizo por alcanzar sinecuras ni cosa alguna en su personal provecho, lejos de toda intriga, por lo que en este aspecto sí habrá que reconocer que no se pareció en nada a algunos políticos al uso.
Desgraciadamente, la situación actual no es la que él deseaba y por la que tanto pugnó: todos invocan la democracia pero en realidad no parecen quererla demasiado, pues encontramos la intransigencia, la insolidaridad – el «Bunker»- por la derecha, por la izquierda y por el centro: la desconsideración, el afán de zaherir por zaherir, la incivilidad, en suma; la abyección de la que se hace industria.
¡Triste, doloroso, desesperanzador, el reciente espectáculo que se nos ha ofrecido en Montejurra, la cumbre sagrada del carlismo!
¿Es que no nos habremos matado ya bastante los españoles? La época que Ridruejo quiso, la que pudo nacer, no ha nacido todavía. Para la nacimiento de esa época que él perseguía –y que pudo haber sido- su muerte fue una gran pérdida para este país que tanto necesita de hombres como él, capaces –con su integridad, su imaginación, y su honestidad- de decir la verdad y denunciar la injusticia; y a la vez de unir y no separar, en busca de la negociación y la concordia entre los españoles.
Porque era lo más contrario a un demagogo irresponsable y ligero, entendía que para la transición de de un sistema político a otro era la autoridad más necesaria que nunca; una autoridad fuerte, una autoridad moral, basada en la justicia -«veritas non ficta»-, pues los españoles se cansarán de que se invoque esa virtud cardinal de la justicia para escarnecerla luego en la realidad. Y también de las apelaciones a la honestidad pública para abundar en un sistema de privilegios y sinecuras. Un sistema por el que los temporeros de las funciones públicas al cesar en ellas sean consignados, sin tregua, a cargos, vicecargos, protocargos y metacargos lucrativos, de entidades «paraoficiales» -repitiendo palabras de Aguirre, director de «Taurus», en la presentación del libro colectivo sobre Ridruejo- incluso en ocasiones con desprecio de quienes con experiencia y competencia los venían ejerciendo.
En el camino de la vida de Ridruejo, vida de luchador, predominaron asperezas y sinsabores que le causaron, alguna vez, pesadumbre, vida de luchador, predominaron asperezas y sinsabores que le causaron, alguna vez, pesadumbre, fatiga moral y desánimo. Fue en uno de esos momentos –al verse perdido en su noble empeño- cuando su inspiración, en sus últimos latidos, le dictó estos versos llenos de patetismo:
Español apagado
Ceniza de un fuego,
¿dónde estás, que te busco
y me busco y nos pierdo?
Ramón SERRANO SUÑER
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