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Publicamos a continuación la primera parte del capítulo que sobre la entrevista que el Generalísimo Franco mantuvo con Hitler en Hendaya ha escrito el ex ministro don Ramón Serrano Suñer para un libro de inminente aparición. Serrano Suñer, testigo de los hechos, aclara en este documento histórico diversos aspectos de la polémica entrevista.

EL ENCUENTRO DE FRANCO Y HITLER EN HENDAYA

ABC, 25-1-1976

En el año 1947, todavía encendídas las pasiones desatadas en la Segunda Guerra Mundial, escribí un libro con el título “Entre Hendaya y Gibraltar”, cuya príncipal finalidad era la justificación de la política exterior de España en los años de nuestra guerra civil y durante la Guerra MundiaL Me esforcé en situar la verdad de España alli donde estaba encastillada la leyenda. pero cnídando mucho de no elaborar otra leyenda; esto es, de no sustituir una leyenda adversa a España por otra leyenda favorable. A la mentira y a  la tergiversación sólo es decente combatirlas honradamente con la verdad, tomando nuestra parte en la culpa y en e1 error que puedan correspondemos, sin tratar de esconder, como vulgares tramposos, lo que hicimos ni lo que dijimos; pues si no fue todo acertado si lo fue en lo esencial, y en todo caso se hizo con el legítimo propósito de servir el interés de la patria, atendidas las circunstancias de entonces. En la total ausencia de objetividad (fuera y dentro de España) de aquellas horas turbias de pasión, mi tarea resultaba incómoda y arriesgada, pero yo debía Intentarla porque a mi juicio era un deber hacerlo así. Mi libro ha sido leído con atención por cuantos historiadores y escritores extranjeros se han ocupado de nuestro drama interno (1936-1939). Y hoy es una referencia clásica en todos los trabajes que sobre el tema se publican en el mundo.

El libro fue recibido, aquí y fuera de aquí, con interés, aunque de muy diferente manera: con elogios (algunos inolvidables por su calidad. estimo entre, todos el que me dedicó Eugenio d'0rs; en su “Glosario”) y con severos ataques dirigidos más contra mi que contra él, pues de éste, aun los opositores y discrepantes, dijeron todos que era necesario 1eerlo.Un inteligente periodista francés concluía su análisis del mismo en el periódico
“Paris-Presse” si mal no recuerdo, con estas intencionadas palabras: «Ahora seria muy interesante que el autor de un libro que lleva por título "Entre Hendaya y Gibraltar" nos explicara por qué ha silenciado y pasado por alto la célebre entrevista de Hendaya que tuvo lugar entre Hitler y Franco. Pues hien, ahora, después de tantos años, voy a explicar las razones por las que no he hablado antes de la entrevista Franco-Hitler y a contar cómo fue ésta. Así, pues, este capitulo tendrá estas dos partes: razones de mi silencio, y narración de la entrevista.

Así, pues, este capítulo tendrá estas dos partes: razones de mi silencio, y narración de la entrevista.

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Diré ante todo y con entera franqueza que en. mi libro no mencioné la entrevista porque de ningún modo hubiera querido hacerlo mintiendo o deformando la verdad, y si decía la verdad había en ella un punto que podía «entonces» ser peligroso para la seguridad de mi país. Si lo hubiera hecho no habría tenido más remedió que hacer una revelación que ahora ya no lo es, puesto que la revelación de lo conocido ya no es revelación. Me refiero al “protocolo” que de alli surgió; un protocolo en el cual, aunque de un modo ciertamente dilatorio y absolutamente condicionado, que le quitaba toda eficacia como luego veremos, España adquiría por primera vez el compromiso formal, aunque sólo fuera en principio, de terminar con su situación de “no beligerancia” para pasar a ser beligerante a favor del Eje. Manteniéndolo secreto, basta que la oportunidad de publicarlo llegara. España se adhirió en Hendaya al “Pacto Tripartito» que era la alianza militar.

Cuando yo publiqué mi libro de ninguna manera me constaba que el documento -el “Protocolo dé Hendaya”- hubiera llegado a manos de los aliados, pues en ninguna parte había visto alusión concreta a él e incluso cabía abrigar la esperanza de que se hubiera traspapelado o hubiera sido destruido en los archivos alemanes. En tal hipótesis hubiera sido temeraria imprudencia por mi parte o imperdonable indiscreción, que yo descubriera entonces su existencia -lo que habría tenido consecuencias todavía más graves que el hallazgo del documento mismo por los aliados-; ya que, a texto perdido, no hubiera podido demostrar que en el mismo se Contenían
las reservas que de verdad tenía para privarle de todo valor ejecutivo.

Si yo hubiera estado entonces oficiando de historiador quizá la silenciación del documento habría sido incorrecta, pero yo no procedía en aquella ocasión como historiador sino como político y debía tener especialmente en cuenta la hostilidad general al régimen político de España, nacido en la guerra y para la guerra; régimen políticamente excepcional y heterogéneo en relación con las vigencias que se habían impuesto –después de la guerra en el  mundo de nuestra propia tradición v cultura. Esta circunstancia pesaba en la enemiga del mundo vencedor contra nosotros todavía más que nuestra política exterior durante la conflagración mundial, como lo prueba el hecho de que convertidas Italia y Alemania a la fe política democrática -al orden general impuesto en Europa- ya no se les pidieron más explicaciones por lo que antes hicieran. Las referencias a la anécdota y a la aventura del Eje quedaron de esta forma canceladas para esos dos países. Alemania en cuanto quedó convalida a la fe democrática recibió de los Estados Unidos la ayuda de 4.000 millones de dólares. Ya Alemania había dejado de ser “mala” para los vencedores; los “malos” eran sólo los “nazis”.

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Una cosa me urge ya decir: que si ahora considero legítimo y oportuno –obligado- exponer la verdad histórica, en el punto anecdótico a que se refiere este trabajo (como en otras ocasiones lo haré con motivo de otras omisiones o lagunas de aquel libro mío), nadie debe esperar un testimonio sensacional o apasionante, aunque sí rigurosamente verídico.

En Hendaya 7salvo el famoso «Protocolo»- no sucedió nada que no hubiera
sucedido ya antes en las conversaciones que yo mismo había mantenido en
Berlín y mucho más dramáticamente -unos días después de la entrevista de Hendaya- en Berchstesgaden, a- donde fui llamado «para puntualizarme», como consecuencia del repetido Protocolo, la fecha en que según el Estado Mayor alemán convenía dar comienzo a las hostilidades empezando con la operación sobre el Peñón ; episodios de los que ya di amplia referencia en los capítulos X y XII de mi libro citado «Entre Hendaya y Gibraltar», publicado hace más de veinte años.

Las diferencias de la entrevista de Hendaya con las otras por mi celebradas con Hitler, sus ministros y generales, radican solamente en estos puntos: en Hendaya hablaron cara a cara dos Jefes de Estado, provistos ambos de poderes absolutos, mientras que en las anteriores y posteriores entrevistas hablaba yo -por la parte española- como un ministro o representante sin poder resolutivo que no podía llegar a conclusiones comprometedoras. Y cuando se trataba de planteamientos o decisiones graves tenía yo la escapada dilatoria de decir que necesitaba consultar. En Hendaya, por el contrario  -a diferencia de lo sucedido en mis encuentros de Berlín y en Berchstesgaden- se, se enfrentaban dos jefes con facultades decisorias; por lo que. se produjo como corolario aquel acuerdo donde tomábamos el citado compromiso, si quiera fuera con tales reservas y condicionamientos -repito- que desvirtuaban su eficacia.

Otra diferencia esencial de nuestra postura en Hendaya con respecto a la adoptada en las conversaciones mantenidas por mí en mis encuentros con el Führer y el 'gobierno alemán fue ésta: sin desdeñar los argumentos utilizados por mí en diferentes ocasiones, pasaron –con Franco-  a primer plano las reivindicaciones españolas en Marruecos, cuya satisfacción consideraba como indispensable para poder justificar ante nuestro pueblo la intervención española en la guerra, asignándole así importantes objetivos nacionales. Este mayor relieve del aspecto reivindicatorio se explica especialmente teniendo en cuenta la personalidad y la biografía de Franco. El era, o había sido, ante todo el hombre de África. En Marruecos había hecho con brillantez indudable toda su carrera y a Marruecos parecía ligado su destino. El había sido allí uno de nuestros más calificadas combatientes en las numerosas acciones de guerra que se produjeron con ocasión de nuestro Protectorado y uno de los mas tenaces defensores de la necesidad de permanecer en aquel territorio y continuar nuestra acción protectora (que costó ríos de sangre y de oro), manifestando esa tenacidad y esa decisión de un modo enérgico y resuelto -con otros Jefes y oficiales prácticamente sublevados en el campamento de Bentie- frente a frente al general Primo de Rivera, cuando, al asumir éste la Dictadura pretendió el repliegue para el abandono de aquella empresa.

En esa empresa marroquí unía e identificaba Franco sus ideales y las necesidades de su país en aquella hora. (El tiempo que todo lo cambia hizo –ironía del destino- que pocos años después le tocara a Franco tener que ceder lo que Primo de Rivera no pudo abandonar porque el Ejército español ni los intereses de Francia lo permitían.) Esta reivindicación que en definitiva no pudimos lograr de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, demostró muy claramente un fallo en la perspicacia del Führer a pesar de que pudo comprobar en Hendaya cuán decisiva era la perspectiva marroquí para el Jefe del Estado español en relación con el grave problema de nuestra participación en la guerra, que el alemán no supo aprovechar.

La verdad es que para nosotros fue un gran regalo este, fallo de Hitler, pues si a cambio de  acceder a nuestras reivindicaciones de aquellas tierras africanas hubiéramos entrado en la guerra, además de la catástrofe que ésta significa siempre habríamos perdido en definitiva aquellos territorios ambicionados, hoy soberanos. Al hacer estas previsiones, y otras que irán surgiendo, he de decir que no pienso n i por un momento cometer -a la inversa- la felonía que se quiso cometer conmigo, que en parte se, cometió, y que se hubiera consumado, de no haber surgido testimonios irrecusables del propio Estado Mayor alemán contra los mendaces que venían presentando al Generalísimo y a mí como «el bueno y el malo»; el firme y el entregado; repartiendo así, frente a los vencedor es ( y también frente a los españoles), cómodamente, los papeles en nuestra s relaciones con la Alemania nacional-socialista.

Las inexactitudes, las falsedades interesadas que sobre mi actitud en la guerra mundial se pusieron en circulación, han sido desmentidas del modo más categórico por el general Jodl, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Alemania y asesor militar de Hitler (el mismo que en presencia de éste. y por orden suya, nos explicó brillantemente en Berchstesgaden el plan muy elaborado para pasar por España y conquistar Gibraltar), quien dice secamente en su Diario: «La resistencia del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Serrano Súñer, ha desbaratado y anulado el plan de Alemania para hacer entrar a España en la guerra a su lado y apoderamos de Gibraltar.» Estas palabras están publicadas en todos los periódicos del mundo y reunidas en los documentos de Nuremberg. Y este mismo general, importante .figura del Ejército alemán, jefe de operaciones del Cuartel General, en su discurso a los «gauleiters» reunidos en Munich el 7 de septiembre de 1943 me atacó duramente, haciéndome responsable de la frustración de aquel plan para que entráramos en la guerra a su lado, motejándome de jesuítico ministro de España y diciendo, además, que yo les había engañado. Naturalmente -con más propiedad diríamos que innoblemente-, aquí se hizo, lo posible para silenciar aquel texto y estas manifestaciones análogas.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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