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El encuentro de Franco y Hitler en Hendaya

EL VIAJE A HENDAYA
ABC, 27-1-1976

Algunos, tras de haber sido germanófilos absolutos y serviles en el tiempo de las espectaculares victorias alemanas, tuvieron la desfachatez de manifestar (viéndose perdidos, cuando lo que llegó en lugar de la victoria fue la derrota) que su germánofilia había sido sólo un engaño. Yo, por el contrario, he de repetir lo que ya consigné, en otro lugar hace años con motivo de las severas palabras del general Jod1 declarándome culpable de haber desbaratado sus planes, palabras que entonces pudieron favorecerme. Dije antes, y repito ahora, que hablar así de mi era una injusticia porque yo ni les engañé ni fui desleal con ellos: .fui su amigo sincero; pero 10 fui más de mi patria y antepuse la defensa de los intereses de España a toda otra consideración y sentimiento particular, como es natural.

En el libro del Inglés Croaier, biógrafo de Franco, se dice «ciertamente los anfitriones nazis de Serrano Súñer debieron encontrar en él un huésped irritante, pues enfrentado con todo el poder y la grandeza del III Reich de Hitler v con las bravatas de Ribbentrop supo permanecer educado pero evasivo. El día 27 de septiembre -tras diez días en Alemania- asistió; como espectador, a la firma de la Triple Alianza que él –Serrano Suñer- rehusó firman. Efectivamente, en esa fecha, durante mi estancia en Berlín, fui insistentemente requerido, y en alguna medida presionado por los alemanes, para que me adhiriera -y yo me negué, en ningún caso podía haberlo hecho pues no tenía poderes- al Pacto Tripartito (que era la alianza militar para la guerra) firmado por Alemania, Italia y Japón por diez años. Asistí simplemente como testigo a la aparatosa ceremonia que con tal motivo tuvo lugar, y Galeazzo Ciano ha contado en su diario que nada más llegar a Roma de regreso de Berlín, el 1 de octubre de 1940, yo estaba harto de lo que allí había ocurrido. «Nada más llegar -escribe Ciano refiriéndose a mí- explotó en expresivas invectivas contra los alemanes por su absoluta falta de tacto en su trato con España.»

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La verdad es que entre Franco y yo (que, con diferencias radicales de carácter y sensibilidad, con formaciones distintas, discutimos muchas veces sobre cuestiones generales, -.políticas y humanas, especialmente por motivos de política interna, cordialmente al principio y con acritud en los últimos meses de mi estancia en el Gobierno) hubo siempre una perfecta compenetración y una identidad de puntos de vista en las referentes a la política exterior (después se contaría lo que se quisiera o conviniera, pero yo conservo largas cartas que Franco me dirigió, que así 10 prueban y que publico en este libro), y ambos –con una carga demasiado pesada de responsabilidad sobre los hombros- creíamos que era necesario capear el temporal, dar tiempo al tiempo, satisfacer no sólo con buenas palabras, sino también con actos de positiva amistad", que por otra parte eran sinceros y debidos --contra todas las estupideces que, en busca de una absolución, luego se han dicho y escrito a quien era entonces el dueño de Europa, eludiendo así en cuanto fuera - posible y hasta el último momento el peligro de adquirir cualquier compromiso que pudiera conducir a España a la beligerancia efectiva, y, a nuestro pueblo a desangrarse de nuevo en una guerra cuando acababa de sufrir tanto, tan grave y tan dramáticamente en la guerra civil Pero era ,preciso proceder de tal modo que nuestra legítima resistencia no se convirtiera en provocación, puesto que la invasión alemana -que con otra actitud se habría producido fulminantemente- también era la guerra, por mucha voluntad de resistencia (más voluntad que posibilidad) que tuviéramos; era la guerra, a su lado si cedíamos y contra ella si nos poníamos enfrente, y con muy pocas posibilidades de ayuda al campo contrario.

Añadiré que tanto Franco como yo creíamos entonces en la gran probabilidad -en la seguridad- de la victoria alemana, cuando menos en el Continente, donde suponíamos que el III Reich era invulnerable, aunque no se nos ocultaba -y ello reforzaba nuestra resistencia a intervenir en el conflicto- que la guerra seria larga. Mi creencia en punto a la seguridad de la victoria de las armas alemanas se apoyaba principalmente en las opiniones de Franco -seguro de aquella victoria-, a quien yo consideraba como oráculo infalible en las cuestiones militares. De añadidura los altos mandos militares españoles -los generales Aranda, Muñoz Grandes, Yagüe, don Juan Vigón, Arsenio ·.Martínez Campos, etc..- opinaban de la misma manera y siguieron todos, con la excepción de Aranda, vaticinando la victoria alemana aun en épocas ya tardías, cuando en Stalingrado fue detenido su avance sobre Rusia. Si pensaban así todavía en vísperas de la “débacle” puede el lector imaginar cuál seria su seguridad –y  sobre la de ellos la mía-  cuando se concertó la célebre entrevista en Hendaya, el 23 de octubre de 1940.

Creyendo, pues, ciegamente en la victoria alemana, tuvimos por fuerza Franco y yo que prever la necesaria acomodación de España al orden europeo que de esa victoria había de deducirse y tratar de conseguir -en él, para nuestro país, una situación más ventajosa que la que en el pasado inmediato nos había deparado la hegemonía anglo-francesa. Ahora bien, esa esperanza estaba sazonada de un cierto temor: el temor a un exceso de victoria alemana, y eso que entonces ignorábamos algunos de los aspectos horribles y negativos del régimen hitleriano. Lo ya entonces sabido y conocido nos bastaba para abrigar ese temor. Por eso yo buscaba -con la censura de muchos de los que entonces eran aquí supergermanófilos- una esencial aproximación a Italia y, a ser posible a la Francia que pudiera salvarse a través de Vichy (Pétaín, Laval, Pietri), pues ese triángulo latino –Italia, Francia. España-, suficientemente solidarizado, era la única esperanza de que pudiera templarse o moderarse aquel temido exceso de victoria alemana.

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Después de sus conversaciones en Berlín, el careo de Franco con Hitler era más pronto o más tarde inevitable. Diré que yo no tema ninguna prisa en que tal entrevista se celebrase y no por creer sido que hubiera sido legítimo- en el desnivel de recursos dialécticos y de autoridad efectiva en que uno y otro pudieran encontrarse. sin o porque teniendo Franco en nuestro sistema político todo el Poder carecería precisamente por ello, del recurso que yo (o en general sus enviados) tenia de acudir a una instancia superior eludiendo las decisiones sobre la marcha. La entrevista fue acelerada por el celo de nuestro embajador en Berlín. Apenas llegué al Ministerio de Asuntos Exteriores el embajador me manifestó su disgusto porque pedía insistentemente  audiencia al ministro Ribbentrop y éste no le recibía. Como esa situación era anómala e inconveniente, pues en momentos tan críticos - tan peligrosos- necesitábamos una comunicación frecuente con el Gobierno alemán; en mi primer viaje a Berlín traté este tema con aquel ministro para que tomara contacto con nuestro embajador pero Ribbentrop me contestó con unas vaguedades -para ellos fuera del nacional-socialismo no habia nada- poco satisfactorias, por lo que comprendimos que el embajador, pese a su elegante alemán, dada la actitud del ministro, no iba a ser la persona adecuada para conducir allí unas negociaciones tan delicadas y complejas en la línea de “amistad y resistencia” a la vez, en la que teníamos que desarrollar nuestra relación con aquel Gobierno. No le oculté al interesado mi pensamiento y creyendo sin duda que se trataba de una idea personal mía inició una doble operación ante los servicios del Estado alemán y en el ambiente de El Pardo. Para los alemanes no había más que reacuñar la leyenda elaborada en Salamanca  -cuando estaba allí el Cuartel General del Generalísimo-  por los elementos más exaltadamente germanófilos –“¡entonces!”- que me presentaban como poco entusiasta o adicto a su causa y como el «ex diputado católico llene de prejuicios y de reservas clericales y liberales, y como el amigo sólo de Italia». En una palabra: yo no era, según ellos, «el hombre de Alemania». No era, pues, se les decía, ésta la línea conveniente para llegar a un acuerdo que sólo se podría lograr en la comunicación directa del Führer con el Generalísimo.

(Y la verdad es que no lo era ni lo fui nunca en el sentido servil en que los poderes fuertes suelen exigir de sus amigos. En una ocasión hablando el Führer a su embajador en Madrid, Von Stohrer –cuando éste, noblemente, me defendía de los ataques y quejas que contra mí llegaban a Berlín desde España, y desde la misma Embajada española en la capital del Reich, y le aseguraba que yo era un verdadero amigo-. Hitler le replicó: “Bien, será amigo nuestro el ministro Serrano Suñer pero yo preferiría un ministro menos amigo y en cambio más dócil”)

En los ambientes de El Pardo se decía que yo quería monopolizar el Poder y quitar al Generalísimo la «gloria» de la amistad y la estimación del Führer. Así, de esta manera. perdía yo el carácter de cómodo colaborador que preparaba situaciones convenientes -o contribuía a soslayar dificultades o peligros para convertirme en “el usurpador” que desplazaba al Jefe con daño para él y para nuestras relaciones con el país todopoderoso. Más tarde comprobé que aquella siembra de recelos, que de momento no mereció mí atención, estaba destinada a dar sus frutos.

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Hechas estas necesarias referencias de ambiente, volvamos al encuentro de Hendaya que yo “no había deseado entonces” y que me inspiraba no pocas inquietudes, aunque ninguna, claro es, en relación con la actitud de Franco, seguro de nuestra identificación en el común deseo de no aventurar ningún compromiso que nos condujera a la guerra. Juntos los dos (como antes y después para las otras entrevistas mías) preparamos y ordenamos los datos y argumentos que se había de esgrimir en ella. Fijada para su celebración la fecha del 23 de octubre de 1940, fuimos a la frontera con Francia en el “break” de Obras Públicas enganchado a un tren especial. Nos acompañaban el general Moscardó, jefe de la Casa Militar; el jefe de Protocolo del Ministerio de Asuntos Exteriores, barón de las Torres, y Antonio Tovar, Enrique Giménez Arnau, Vicente Gállego, algún periodista más y los ayudantes de servicio del Generalísimo. Conducía el tren el comandante de ingenieros Martinez Maza. En el viaje no sucedió nada de particular, salvo el normal repaso de datos y argumentos en el saloncito del «break» y… el «pequeño» retraso con que llegó nuestro tren a Hendaya -ocho o nueve minutos- que determinó en Franco el natural disgusto.

Un matiz de la leyenda en que se transformó la realidad de la entrevista de Hendaya para magnificarla quiere ahora que el tren llegó con un gran retraso -más de una hora- y que este retraso fue calculado y dispuesto por la astucia del -Generalísimo. La cosa es enteramente contraria a la verdad y además grotesca y casi ofensiva. Ni a Franco ni a nadie que no estuviera loco se le hubiera ocurrido que en aquellas circunstancias fuera preparación adecuada para un a entrevista tan delicada y de tanta responsabilidad cometer, a drede, una desatención tan tosca (que hubiera sido peligrosísima y gravemente imprudente) y poner, así de mal humor o irritar a persona tan poderosa como la que nos esperaba. Sin duda, al cabo de los años, las gentes que están dispuestas a creer todo lo que les conviene han olvidado ya el desastre que eran los tendidos de vía, el material rodante, y la organización de nuestro dispositivo ferroviario después de la guerra civil. Parecerá ahora inverosímil que un tren especial ocupado por el Jefe del Estado no pudiera alcanzar un funcionamiento regular para cumplir con toda exactitud, en tan corto trayecto –Pasajes Hendaya- el horario previsto; pero ésta era la verdad. Llegamos con un pequeño retraso a Hendaya porque aquel tren. Que arrancaba violentamente, dando grandes sacudidas, no estaba en forma deseable, como tampoco las vías ni los servicios del trayecto. Soy testigo de que aquello causó a Franco el disgusto que era la reacción de un hombre normal y responsable. Por lo demás es hora de insistir que nuestro retraso fue pequeño, pues llegamos a la estación de Hendaya a las tres y media de la tarde y el tren especial que conducía a Hitler había llegado solo diez minutos antes, como puede leerse en la Prensa española y extranjera del día siguiente.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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