
El encuentro de Franco y Hitler en Hendaya
Bajo esa coacción moral tomó Franco la palabra para decir que España estaba unida a Alemania con amistad enteramente franca y leal. En nuestra guerra -añadió- «1os soldados españoles lucharon juntos con alemanes e italianos y de ahí nació entre nosotros la más estrecha alianza, que seguirá en el futuro, porque nadie podrá romperla y con gusto estaríamos luchando ya al lado de Alemania si no fuera Por las dificultades económicas, militares y políticas que el Führer conoce». Hemos empezado -continuó diciendo- con grandes dificultades a prepararnos. Es un hecho que nuestra aproximación al Eje es cada vez mayor, como 10 demuestra el haber pasado de nuestra actitud anterior a la de “no beligerancia”, favorable a las potencias del Eje, exactamente igual a lo que hizo Italia el pasado año antes de entrar en la guerra. Protegiéndose como escudo con estas palabras entró Franco en el fondo de los problemas haciendo una exposición extensa y prolija, envolviendo su exposición en anécdotas, digresiones y repeticiones. Manifestó su conformidad con los puntos de vista que Hitler acababa de exponer en relación con el alcance político y económico de la lucha en que
Alemania estaba empleada con tanto heroísmo, y repino que únicamente nuestro aislamiento y la carencia de los medios más indispensables para la vida nacional habían imposibilitado nuestra acción. Igualmente estuvo de acuerdo con que la expulsión de los ingleses del Mediterráneo mejoraría la situación de nuestros transportes, aunque no podría solucionar todos los problemas del abastecimiento de España porque muchos productos y primeras materias de 1os que carecíamos no se encontraban tampoco en el área mediterránea se encontraban tampoco en el área mediterránea.
Se refirió luego a las reflexiones que Hitler había hecho con respecto a la operación sobre Gibraltar y agradeció muy expresivamente los elementos modernos que le ofrecía y que consideraba necesarios y de gran eficacia, explicándole, por su parte, los trabajos que discretamente se estaban ya realizando. Mostró de la misma manera su conformidad a la tesis hitleriana que la caída de Gibraltar aseguraría el Mediterráneo occidental, alejando todo peligro, salvo los que transitoriamente pudieran derivarse de un éxito de De Gaulle en sus propósitos de insurreción en Argelia y Túnez; «una concentración de las tropas españolas en Marruecos - dijo- obligará a los franceses a mantener allí unos efectivos importantes inactivos que no pueden así acudir a otros sectores». Participó, asimismo, de sus puntos de vista en relación con la eficacia de los aviones en picado en la defensa de costas, así como la imposibilidad de intentar el artillado permanente con material pesado. (Llegado a este punto hubo una explicación o, mejor dicho, una, aclaración entre los dos sobre el Calibre del material móvil que se necesitaba, con referencia a cartas que anteriormente se habían cruzado, y que yo no entendí del todo bien.)
Franco continuó luego y se refirió a la que entonces se llamaba batalla de Inglaterra, que consideraba fundamental, e inquirió las causas de la escasa actividad alemana por aquellos días y Hitler le interrumpió diciendo unas cuantas vaguedades -nada convincentes- y asegurando que a su debido tiempo se daría victoriosamente esa batalla.
Franco hizo en la Conferencia de Hendaya todo cuanto pudo para mantener
nuestro difícil equilibrio frente a las presiones de Hitler y repitió los datos y argumentos que, de acuerdo con él, había yo anticipado en Berlín, en varias conversaciones con el Führer y Ribbentrop. Cierto que las mismas cosas, dichas por él tenían mayor valor, porque era el dueño de las decisiones, pero la verdad es que siguió en todo la misma línea argumental que en común teníamos ya anteriormente establecida y expuso con prolijidad los datos por ambos preparados y, muy ampliados por él, los referentes a problemas militares; éstos. Exclusivamente suyos como materia de su especial competencia. Fue algo más sumario de lo que yo había sido en mis anteriores conversaciones con les alemanes, en lo que se refiere a la descripción de las dificultades psicológicas derivadas del cansancio y del destrozo moral que la guerra civil causó en nuestro pueblo, pero mucho más extenso e insistente en relación con el programa de nuestras reivindicaciones africanas. Al abordar este tema comenzó Franco agradeciendo a Hitler los ofrecimientos que éste (cínicamente) le había hecho de teda la zona francesa de Marruecos e incluso del Oranesado “para después de que se ganara definitivamente la guerra con la intervención de España”. (Fueron éstas palabras textuales de Hitler, quien “muy escrupulosos” había añadido que para ofrecer esas, cosas que Franco le pedía había que tenerlas ya en la mano y, por ahora, el Eje no las tenía y no podía disponer de ellas por consiguiente.)
La verdad es que esto y sus opiniones sobre las operaciones y cuestiones militares fueron 1as aportaciones nuevas que Franco hizo en Hendaya a nuestros planteamientos dilatorios que Hitler ya conocía. Yo había insistido en .anteriores conferencias en la necesidad de dar –llegado el caso- un verdadero objetivo nacional –expansionista- al sacrificio que se nos pedía; Franco se extendió mucho más la reivindicación de la zona francesa de Marruecos y el Oranesado, poniendo, pese al entrecortamiento de su oratoria, toda la pasión acumulada que el -tema, suscitaba en un militar de su brillante historia; en un militar específicamente; africano. Franco expuso el problema en todas sus dimensiones y en todos -sus antecedentes: la suma de sacrificios que a España habia costado Marruecos para que luego el mayor beneficio cayera sobre Francia. Razonó que con sus aspiraciones en el Norte de África España no hacía más que reivindicar lo que por la misma naturaleza de las cosas le correspondía, pues. España era el, país europeo más próximo con mayores afinidades geográficas y con mayores razones históricas, todo lo cual hacía legítimo, a su juicio, en nosotros, lo que en el caso de Francia no fue sino una intormisión favorecida por el ambiente mundial democrático y plutocrático contra el cual -añadía- «no habían reaccionado adecuadamente los torpes Gobiernos españoles de la época liberal y masónica, durante la Monarquía, siempre sometidos a las indicaciones de, París y de Londres, quienes llegaron a la "entente cordiale" también en relación con nuestros, intereses y derechos en Marruecos, a la vez que forjaban un arma contra Alemania». Y explicó a Hitler que parte de lo que, España reivindicaba ya había sido antes reconocido a nuestro país por los, Tratados Internacionales, pero que aquellos Gobiernos débiles de la Monarquía -Gobiernos liberales- cedían siempre ante las exigencias francesas. (Más tarde, días después de la conferencia, volviendo Franco sobre el tema, le escribió una carta diciéndole que bien estaba que el nuevo orden que, Hitler quería implantar estuviera presidido por la Justicia. pero que no quisiéramos que la Justicia que se hiciera a Francia -país siempre enemigo de Alemania- se hiciera a expensas de nuestro derecho.)
Después, de manera minuciosa y detallista, pasó revista al estado de nuestra industria, nuestros transportes, nuestra situación agrícola, nuestro sistema de racionamiento y nuestras dificultades con el comercio y los transportes Internacionales. El resumen de todo aquello, que de, propósito: habíamos calculado, en cifras exageradas, resultó abrumador. Se demostraba así que para, poner a España en situación de combatir era necesario dotarla de todo y hacernos desde Alemania una transferencia de recursos que de ningún modo, podía esperarse como no fuese a plazo larguísimo. No hay duda de que habíamos acertado -otra vez- en presentar la intervención española, como una empresa cara. No se habló en la entrevista de la utilización del territorio español como tierra de mero pasaje ni de la cesión de «bases en Canarias», pues tales hipótesis habían sido enérgicamente descartadas por mí en las anteriores conversaciones de Berlín, donde, al escuchar yo estas peticiones, me puse en pie -como ya es sabido- para regresar a España cortando las conversaciones, que sólo continuaron al retirar, expresamente el ministro alemán aquella petición que un español, por amigo que fuera, no podía oír, con lo que la cuestión había quedado tácitamente resuelta. (Publicó en este libro la carta autógrafa de Franco felicitándome por mi actitud.) En lo que se refiere a las islas Canarias, Hitler sólo habló allí del posible peligro de un ataque por parte de los aliados, y Franco, en su contestación, dijo que no creía en eso; pero, desde luego, reconoció que aun cuando existían en las islas elementos para su defensa, no estaban a la altura de las circunstancias, porque el armamento que allí había no era eficiente. Hitler le Interrumpió diciendo que Alemania enviaría las baterías de costa de gran calibre que fueran necesarias y los técnicos, encargados de montarlas y enseñar su manejo.
Cuando Franco trató con abrumadora amplitud el tema de las reivindicaciones españolas en Marruecos pidiendo sobre esto un compromiso, formal y previo para participar inmediatamente en la guerra, Hitler puso muchas objeciones, y no se comprometió a nada porque ello hubiera destruido su política de aproximación con la Francia de Vicby y dejó, como ya antes manifestara. el tema abierto para... “después de la victoria”. Nuestra táctica dilatoria había dado resultado otra vez. Cuando Franco terminó, Hitler dijo que era preciso que España tomara una determinación, pues tenía concertada para el día siguiente una entrevista con el mariscal Petain en Montoire y era preciso saber a qué atenerse.
En relación con Gibraltar y con el cierre del Estrecho, al ocuparlo nosotros, Franco manifestó que consideraba que también tenía importancia el cierre por el canal de Suez, que traerla aparejada la inutilidad para los aliados del estrecho de Gibraltar y con ello el Mediterráneo quedaría convertido en un mar muerto. (Este argumento de Franco lo utilicé yo –de acuerdo con él- dos semanas más tarde en Berchtesgaden al oponerme a la operación “Félix”.)
Hitler había escuchado la exposición de Franco al principio con atención. Pero después, especialmente en la parte detallista sobre la pésima situación de nuestra economía a que acabo de referirme, estuvo distraído y como cansado, bostezando con desenfado algunas veces. Se perdían las esperanzas de un resultado positivo en su entrevista con Franco, que alguien, presentándole a él como “el bueno” y a mí como «el malo», le había hecho concebir. Por fortuna fuimos “malos” los dos; él también. No obstante. Hitler ordenó a Ribbentrop que nos entregara el documento que llevaban preparado para la firma, con objeto de que lo estudiáramos y prepusiéramos enmiendas. Al llegar a este punto, Hitler, dando por terminada la primera parte de la conferencia, se puso en pie, y cuando ya salíamos del saloncillo de su tren para trasladarnos al nuestro el barón de las Torres, que salía el último oyo que Hitler, dirigiéndose a Ribbentrop, nos dedicaba palabras despectivas, algo así como “con estos tipos no hay nada que hacer”. “Miptdiesem kerle kann man nichts machen” (Luego, posiblemente, vendría lo de preferir arrancarse las muelas, etc.; todo eso que Schmidt cuenta en su libro, pero mientras estuvimos reunidos no se produjo nunca con destemplanza.)
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