
El encuentro de Franco y Hitler en Hendaya
Así, pues, nuestras enmiendas desvirtuaban el grave texto propuesto por los alemanes. En nuestro texto quedó establecido; 1º, la adhesión de España al “Pacto Tripartito”; pacto de alianza militar, pero manteniendo secreta esta adhesión hasta que se considerase oportuno hacerla pública; 2º, «el compromiso que España contraía de entrar en la guerra junto a las potencias del Eje se llevarla a efecto sólo cuando la situación general lo exigiese la de España lo permitiera y se diera cumplimiento a las exigencias puestas por nosotros para dar aquel paso».
En una palabra, como se verá, «nada positivo», ya que el cumplimiento del compromiso quedaba al arbitrio de una de las partes. No fue poco salir así del paso en una situación tan difícil, tan peligrosa, tan grave como aquella que fue el punto de mayor compromiso y de mayor proximidad al temido momento. Tan cerca quedaremos de él. que apenas transcurridos veinte días desde el acuerdo de Hendaya, el embajador alemán Von Stohrer venia a traerme al Ministerio un telegrama de Von Ribbentrop en el que por encargo del Führer, me rogaba que me trasladara al Berghof en Berchtesgaden -refugio de Hitler en los Alpes austriacos- con urgencia, para hablar de cosas importantes, a ser posible el lunes -esta visita de Stohrer tenía lugar el viernes-. Y al preguntarme si podía contestar en el acto dando mi conformidad repliqué que no podía hacerlo en ese momento, pero que le contestarla en seguida.
Me trasladé sin pérdida de tiempo a El Pardo para hablar con Franco y en el primer momento pensamos los des si no seria mejor dar algún pretexto para no ir; aunque pronto rectificamos pensando que si Hitler y su Estado Mayor tenían decidido algún proyecto -con toda probabilidad el de la conquista de Gibraltar- no dejarían de realizarlo por razón de nuestra ausencia y que, en cambio, si acudíamos a su llamada podríamos, cuando menos intentar, que desistiera por el momento. Después de esta reflexión -en su consecuencia-, Franco decidió que yo saliera inmediatamente para Berchtesgaden y tratara por el momento -una vez más- de conjurar el peligro. Pero yo, cansado de ir y venir y de que otros hablaran, opinaran o murmuraran sin tornar parte de responsabilidad en lo que se hiciere o se acordase en circunstancias tan graves y peligrosas, puse corno condición para hacer el viaje la inmediata reunión con los ministros militares. Reunión - que horas después tuvo lugar bajo la presidencia de Franco y a la que asistimos los generales don Juan Vigón, Varela, el almirante Moreno y yo. En esta reunión opinamos que durante las pocas semanas transcurridas desde que tuvo lugar el encuentro de Hendaya las cosas no habían cambiado y seguíamos con los mismos problemas de todo orden que no permitían, todavía, participar a España en la guerra. Pero se consideró necesario que yo acudiera al Berghof, donde Hitler con sus Estados Mayores militar y político me esperaba, ya que todos consideraron muy grave la situación había que prevenir el peligro de una violenta reacción alemana; yo quedaba, pues, encargado de capear como pudiera aquel temporal. Salí inmediatamente para París, y el día l8 de noviembre -martes-, al atardecer, llegué a la estación de Berchtesgaden, donde Ribbentrop con su séquito y des generales me esperaban con los intérpretes.
Reunido luego con Hitler manifestó que me había convocado para que de acuerdo con lo convenido en Hendaya fijáramos la fecha más próxima de nuestra participación en la guerra, porque ya “era absolutamente necesario atacar Gibraltar; tengo decidido”. No voy a repetir aquí lo que en mi viejo libro expuse, aunque ahora, cuando ya todo es sólo Historia, superada el peligro de revelar lo que entonces por las razones que cualquiera comprende, el patriotismo obligaba a silenciar, puede ser tratado ya sin inconveniente. Cualquier persona con alguna imaginación con sensibilidad humana y con responsabilidad podrá pensar en la emoción que aquellas palabras nos causaron a mi y los dos españo1es que me acompañaban (el barón de la. Torres y el profesor Trovar), porque esas palabras tenían el acento de una “notificación”. «Se trataba de fijar la fecha,» Dominado por aquella emoción, antes que otra cosa, con palabras y tonomuy moderado hube de decirle que lo convenido en Hendaya no había sido que España entrara en la guerra cuando ellos -los alemanes- decidieran «sino cuando nosotros estuviéramos en condiciones de hacerlo». Hitler replicó «en cualquier caso la operación mixta sobre Gibraltar era necesaria y la consiguiente iniciación de hostilidades por nuestra parte contra los aliados. Era la hora de que España, como él ya había dicho en Hendaya, tomara su parte. Llegado a ese punto yo tuve que repetirle una vez más los argumentos de siempre: A) «Económicos»: el hambre del pueblo, mi lucha con el embajador inglés para lograr los «navicerts» que permitieran llegar a nuestros puertos los cargamentos de trigo del Canadá, Argentina. etc. Y le hice ver que aun no conociendo los aliados el protocolo de Hendaya, por el sólo hecho de que en el comunicado que se dio a la Prensa después de aquella conferencia se decía «que la solidaridad de España con las potencias del Eje se había fortalecido», nos bloquearon el envío de 30.000 toneladas procedentes de los Estados Unidos.
Hitler manifestó su escepticismo sobre todo esto y me preguntó si yo creía que esa situación tan grave de la economía española podría arreglarse sólo por el hecho de que España no participara en la guerra, a lo que le contesté que, al menos, era la única forma de ir viviendo y a parte de ser ésta la mía le informé de que era una opinión muy generalizada en nuestro país y que la propaganda inglesa fomentaba por todos los medíos, asegurando que si España no entraba en la guerra el suministro de trigo canadiense y argentino se facilitarla enormemente con la protección de los navíos británicos. El Führer dijo que de ninguna manera podía estar de acuerdo con mi punto de vista, «pues Inglaterra y América, según él, no garantizarían en modo alguno el abastecimiento, sino que, al contrario, nos presionarían cada vez más y cada vez serían más exigentes para crear al actual régimen español dificultades cada vez mayores hasta precipitarlo en su derrumbamiento. Yo le añadí que tenia que manifestarle que Franco, con razón, se quejaba de que Alemania no enviaba a España ni víveres ni material de guerra, como ocurría con un material para la fábrica de aviones «Heinkel», de Sevilla, que estaba contratado y pagadas las facturas y nunca se había recibido, a lo que Hitler me contestó que España no era un país en guerra y que Alemania necesitaba para ella todo el material militar, pero que si España entrara en la guerra le proporcionaría todo el material que necesitara «como ya habia hecho -dijo- durante la guerra civil». B) «Militares»: con sólo tomar Gibraltar, como Franco ya manifestara en Hendaya, no quedaba cerrado el Mediterráneo, puesto que quedaba todavía abierta la puerta de Suez; nuestra insuficiente preparación, etc. C) y finalmente «psicológicos» y «políticos» el pueblo español, le dije, que estaba cansado de guerras.
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Sin duda Hitler y Ribbentrop se habían repartido los papeles para esta nueva conferencia con nosotros, pues mientras el tono del ministro Ribbentrop fue apremiante (y en la reunión de la mañana, conminatorio), el de Hitler fue más bien propositito; y después de repetirle yo todos aquellos argumentos en justificación y defensa de nuestra imposibilidad de tener una participación activa en lo que llamaba operación mixta sobre Gibraltar, entonces me insinuó la posibilidad de que diéramos paso a las tropas alemanas por nuestro territorio. Y yo, después de hacer protestas de nuestra amistad, patéticamente, hube de atreverme a decirle que como amigo verdadero que era estaba obligado a manifestarle con toda la sinceridad, que es el lenguaje propio de los amigos, que de ninguna manera podíamos dar conformidad a esa pretensión. Y llegado a este punto, cuando yo esperaba como probable su reacción peor, es curioso que no insistiera; inclinó la cabeza en actitud que a mí me parecía comprensiva: ¿entendería él lo que nuestra dignidad de pueblo no permitía? Y como resignado se limitó a pedirme que pasáramos a una gran habitación próxima, en la que había un gran tablero central, muchos planos sobre él y colgados en las paredes con banderitas que indicaban la posición de sus ejércitos. Y fue allí donde el general Jodl -el antes citado jefe de Operaciones del Cuartel General de Hitler- nos explicó minuciosamente su gran proyecto para apoderarse del Peñón, que seria recuperado por España.
Terminada su brillante exposición, yo -representante desvalido de un país agradecido e inerme- ante Hitler y Ribbentrop, rodeados de sus Estados Mayores." de sus cuadros políticos, de sus aliados –el conde Ciano esperaba en la antesala- y de su propio pueblo, hube de decirles allí en el Berghof, personalmente, frente a frente, que aun siendo como era absolutamente profano en el orden militar, me hacía cargo de la perfección con la que sin duda estaban elaborados aquellos proyectos, ya que ellos eran maestros en el arte de la guerra, pero que nosotros no estábamos todavía en condiciones para nuestra intervención activa en la misma ni podíamos permitir el paso por nuestro territorio.
Franco había resistido en Hendaya, y yo –de acuerdo con él- tuve que afrontar en Berchtesgaden –y rechazar- aquel requerimiento apremiante para que España entrar a en la guerra; en la mas concreta. y dramática de nuestras negativas. Pero la verdad es que ni en Hendaya ni en Berchtesgaden quedó conjurado el gran peligro de invasión y de guerra que corrimos. Ni mucho menos. Todo seguía pendiente. El 18 de diciembre de 1942 continuaban en el Cuartel General del Führer las conversaciones con Muñoz Grandes sobre preparativos militares.
Fue el giro de los acontecimientos, la complicación creciente que para Alemania significó pronto la guerra con Rusia, los compromisos con Vichy, el cambio de suerte en la trayectoria de la guerra, la ofensiva general de Zhukov contra el Ejército alemán, lo que alejó a España definitivamente del conflicto ya entrado el año 1943. Laus Deo.
Aunque algunos siguieron con su fe en la victoria de las armas alemanas –y en la brujería- hasta la ofensiva del mariscal van Rundsted en las Ardenas (diciembre de 1944).
Ya que dan las cosas puestas en su sitio. Ya lo que no fue prudente hacer en
la hora en que hubiera traído aparejado algún peligro para España queda contado. Pasado aquel tiempo inconveniente reconozco que, no sin razón, se nos ha podido reprochar -por nuestra morosidad; aunque tal vez lo que por su propia objetividad pareciera fácil no lo hubiera sido tanto, por motivos subjetivos, como se ha podido creer.
Pocas veces en asuntos de esta índole se habrá podido acreditar de manera tan cabal y cumplido, con pruebas de indubitable valor –feharecientes-, cómo tuvo lugar el acontecer histórico; cuál fue la política del Gobierno español en relación con la segunda guerra mundial durante el tiempo en que yo desempeñé la cartera de Asuntos Exteriores. A pesar de ello en torno a es e acontecer se forjó la falsa leyenda que, empujada por turbios intereses y mantenida por pereza mental -por falta de espíritu critico-, intentó suplantar a la verdad. Una vez más, en el tráfico político se observó la ley, que Gresham formulara para el campo económico, según la cual la moneda mala desplaza del mercado a la buena. Así que durante algún tiempo la versión cierta de los hechos -probada- era desplazada -o suplantada- por la falsa.
En los sistemas de absoluta concentración del poder no es infrecuente que en relación con los aciertos de los imperan tes no baste el reconocimiento honrado que de sus méritos se haga, sino que ronde ser envueltos en limbos gloriosos, o con la magnificación y el Incienso de un culto laico. Y todavía, a la sublimada narración que de los hechos se haga, se añadirá un tono excluyente de cualquier colaboración que hubiera tenido lugar –especialmente si fue con lealtad critica –y que tal vez no pudo haber comportado serios peligros. Finalmente, si contra la iniciativa brillante y presuntamente acertada sugieren dificultades o evoluciones adversas, se dará un paso más con el exterminio -al menos moral-, cargando ahora sobre los antes excluidos todas las actividades y responsabilidades, para así –con ese pesado fardo- ser despeñados como chivos expiatorios.
Contra esta vieja costumbre de «saber declinar a otros los males», en Quevedo y, más concretamente, en el «Oráculo Manual y Arte de Prudencia», de Gracían se encontrarán muchas sentencias.
Ramón SERRANO SUÑER
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