
EL PAÍS, 19 de septiembre de 1976
La figura del que fue cardenal arzobispo de Sevilla Pedro Segura
es el Eje de estas páginas sobre las relaciones de la Falange
con la Iglesia, y de la Iglesia con el Estado,
escritas por Ramón Serrano Suñer.
El cardenal Segura, a quien el autor retrata como hombre de carácter
íntegro, de talante integrista y de una intolerancia medieval, fue a
pesar de todo uno de los pocos príncipes de la Iglesia que en los años
40 y 50 permanecieron al margen del confusionismo
existente en las relaciones de la Iglesia con el Estado. “Mientras el
clero intervenía de mil maneras en actos profanos- escribe Serrano
a predicar incluso en el interior de las iglesias o a dirigir fuera de ellas
verdaderas homilías y hasta el sermón de las Siete Palabras.”
Las siguientes páginas pertenecen a un próximo libro de memorias
que se prepara el autor de Entre Hendya y Gibraltar.
Entre el clero, con referencia a la Falange, se, habló más de una vez de estatolatría, de panteísmo hegeliano y de otras herejías análogas. A la cabeza de los recelosos intransigentes se puso pronto el cardenal Pedro Segura. Era este un hombre sin duda virtuoso, piadosísimo -organizador de misiones para los gañanes en los cortijos de Sevilla-, pero fanático de cabeza dura, aunque también de una digna consecuencia con sus prejuicios que ya habían causado quebraderos de cabeza a la República -y a Roma- y no tardaría mucho en creárselos también a Franco, mientras mantenía a su diócesis con la férrea intolerancia de un obispo medieval, proscribiendo regocijos, prohibiendo el culto en los pueblos donde se bailaba agarrado, imponiendo un ascetismo casi lúgubre.
También se las tenía tiesas con el Poder constituido, pues su orgullo como príncipe de la Iglesia era, a pesar de su personal ascetismo, de una viveza casi inimaginable.
El carden al Segura nació tarde, pues como me decía, con expresión precisa, el profesor Sánchez de Muniaín, hubiera sido insigne de no haber sido anacrónico. Hubiera cubierto gran lugar en las Cruzadas, como Jiménez de
Rada contra los almohades , o Gelmírez en su pelear sin descanso con doña Urraca o con los normandos y organizando nuestro poder naval en el océano.
En Roma también dio que hacer y creo que allí se le respetaba tanto como se le temía. Cuando llegó a la Ciudad Eterna expulsado por el Gobierno de la República, el Papa lo recibió con muy afectuosas, paternales palabras, llamándole «perseguido y mártir de la Iglesia»; pero Segura le interrumpió, diciéndole» precisemos las cosas, Santidad, yo en realidad he sido expulsado de España por el nuncio Tedeschini y por don Ángel Herrera (que entonces era director del periódico El Debau y del movimiento de Acción Católica).
También allí, en Roma, se mantuvo con su entereza y su independencia de siempre. Tengo información muy directa y solvente de su actitud en la fase final de un proceso de beatificación en el que, siguiendo un pro toco lo muy riguroso, reunía el Papa a todos los cardenales de la Curia para «dictaminar sobre las virtudes heroicas de un siervo de Dios». El Papa presidía, y a uno y otro lado de la gran sala estaban alineados los cardenales a quienes aquel protocolo, observado rigurosamente por todos, no permitía otra respuesta que el sio el no, sin más palabras.
El cardenal Segura estaba sentado en uno de los últimos lugares de lado izquierdo y la votación empezada por los cardenales que estaban alineados a la derecha, por lo que fue uno de los últimos en emitir su dictamen. Todos los cardenales, sin excepción –nemíne discrepan le- habían ido diciendo «si, si, si, sí» pero cuando le llegó el tumo a Segura, con asombro de todos, dijo: «Santísimo Padre, yo ante Dios, no puedo decir ni que si ni que no, porque tengo la certeza de que este proceso de beatificación no ha sido llevado con el debido rigor, pues por saberse el gran interés que Vuestra Santidad tenia en él los cardenales no lo han estudiado a fondo por lo que yo, siendo materia grave, en conciencia me veo obligado a manifestarme en estos términos.»
El Papa -se trataba de Pío XI, hombre cultísimo de mucho carácter y gran fortaleza física, que habla sido alpinista en su juventud-, mientras hablaba el cardenal español escuchó sin pestañear, como una estatua. Cuando Segura terminó, el cardenal romano que tenia a su lado, conociendo muy bien el carácter del Papa, en voz baja, le habló así:
«Desde este momento su eminencia ha dejado de ser cardenal.» (Como es sabido, a diferencia del orden sacro, la dignidad cardenalicia no imprime carácter; y el Papa había destituido a un cardenal francés, famoso teólogo jesuita que se había opuesto, o censurado la excomunión lanzada contra la
«Acción Francaise».) Pero aun fue mayor el asombro general cuando el Papa pronunció estas palabras: «Mi parecer está de acuerdo con lo que ha dicho el cardenal Segura y Sáenz», y dando acto seguido las gracias en latin, levantó la sesión. Debo añadir, y señalar, como ejemplo de conducta, que desde ese momento empezó una gran amistad entre aquellos dos hombres de carácter íntegro; integrista Segura y abierto Pio XI.
Inflación religiosa
No mucha distancia suya se situó en los primeros meses el obispo de Madrid-Alcalá,doctor Eijo Garay, que no tenia, por otra parte, ni el temple ni el rigor moral ni la inflexibilidad del cardenal de Sevilla, pero que también hostigaba ni falangismo con las reservas sobre su ortodoxia a que acabe de referirme. El grueso de lo Iglesia, sin embargo, no tardó mucho tiempo en percata de que la situación que se le ofrecía en óptima y que sus posibilidades de acción sobre el estado y la sociedad eran ilimitadas: el monopolio práctico de la enseñanza privada o la supervisión de la que el Estado se reservaba; la trascripción del Código Canónico en todo lo referente al Derecho familiar y a las leyes sobre costumbres; las prestaciones económicas para el sostenimiento del culto y el clero; la restauración y ampliación de los temples; la renovación de los seminarios y la promoción de toda suerte de obras de protección social; el fuero penal canónico; las exenciones riscales; la utilización de toda suene de tribunas; la alianza del brazo ejecutivo para la imposición de sus edictos.
No hay que decir que el obispo de Madrid no resistió mucho tiempo a la tentación de aquella jauja religiosa, y un día, después de recibir bajo palio al jefe del Estado en la iglesia de las Salesas, tomó el incensario y mientras ejercitaba el rito -yo acompañaba al primero- dijo con voz murciara: «Nunca he incensado con tanta satisfacción como ahora lo hago con V. E.» Cosas del mismo estilo sucedieron en otros lugares y con otros eclesiásticos. El obispo de Astorga, comentando un discurso de Franco; públicamente dijo; «Así, como este hombre, ninguno otro ha hablado jamás.»
El necesario equilibrio de los dos poderes -Iglesia-Estado-, se rompió no por tensión, sino por confusión. Así el Concordato con Roma que al régimen con venia por razones de prestigio internacional, se retrasó largamente. ¿Qué se podía obtener en él que no se tuviera ya?
La cosa llegó a tal extremo, que el cardenal arzobispo de Toledo, Pla y Deniel -al que el pueblo llamaba graciosa mente "Su Menudencia”, porque era de estatura muy pequeña- llegó a denunciar en carta dirigida al jefe del Estado su preocupación por el fenómeno de «inflación religiosa» que se producía. Y es que, efectivamente, mientras el clero intervenía de mil maneras en actos profanos, personajes y personajillos del régimen se creían autoriza dos a predicar incluso en el interior de las iglesias o a dirigir fuera de ellas verdad eras homilías y hasta el sermón de las Siete Palabras, como el que pronunció el gobernador y profesor universitario, Pascual Marín, en Segovia.
Rara excepción en ese estado general de cosas fue -como ya he apuntado- el incómodo cardenal Segura quien, por otra parte, más que abogaba por una distinción entre las dos jurisdicciones, abogaba por una decidida sumisión de las potestades civiles a las eclesiásticas. Era; por decirlo de algún modo, un Bonifacio VIII a la española. El cardenal Segura dio al Gobierno muchos quebraderos de cabeza y desató más de una vez la cólera de la suprema potestad civil, muy susceptible a los desdenes y humillaciones. En una ocas ión, con motivo de una comida oficial, Segura se negó a aceptar el reconocimiento protocolario de la dignidad de la esposa del jefe del Estado, por no ser reina, exigiendo que su puesto en la mesa fuera rectificado, ocupando él y no aquélla la segunda presidencia que le correspondía como príncipe de la Iglesia, pues de otra manera él se abstendría de asistir.
En otra ocasión, encontrándose Franco en Sevilla con motivo de la Semana Santa, el cardenal, que se había opuesto a permitir la inscripción de los nombres de los caídos en las iglesias de su archidiócesis, tuvo que sufrir que algunos jóvenes pintarrajeasen la fachada de su palacio con emblemas y consignas o gritos falangistas; pero el cardenal desquitó cuando llegada la procesión que debía presidir el jefe del Estado se negó a acompañarle, bajo pretexto de una indisposición; indisposición tan pasajera que cuando Franco abandonó la presidencia, con arreglo a los usos corrientes para ocupar una tribuna en la plaza del Ayuntamiento, el cardenal salió de su palacio y tomó la presidencia que Franco acababa de dejar unos minutos antes. Fue un desaire que toda Sevilla comentó en términos generales con indignación, pero con júbilo por parte de algunos grupos, pues gestos como ése no se prodigaban.
La Iglesia se había entregado
En fin, llegó un día en que el cardenal Segura, predicando en la catedral, en una de sus entonces famosas «sabatinas», en las que se pronunciaba sobre todo lo humano y lo divino, dijo que la palabra "caudillo" no tenia existencia en la tradición española más que en un sentido peyorativo, porque caudillo significó otro tiempo «capitán de ladrones». (Aquí se manifestó la incultura histórica del cardenal, que no se había asomado a las crónicas medievales, donde es frecuente la designación de cabdílo para los jefes de hueste.) Ante la repetición de estas actitudes, se colmó la indignación del jefe del Estado y recuerdo que, instalados ya en Madrid, un domingo por la noche , regresando yo con mi familia de La Granja, donde hablamos pasado el día, me comunicaron del gabinete telegráfico que el director general de Seguridad había llamado varias veces, preguntando por mí. Puesto al habla con éste, me manifestó con gran preocupación que Beigbeder -a la sazón ministro de Asuntos Exteriores- le había llamado para decirle que preparase un servicio con objeto de expulsar de España al cardenal. Yo me apresuré a decirle que no estaba dispuesto a que tal cosa se llevara a cabo) para que no cupiera duda, en términos rotundos le manifesté que no me daba la gana de ejecutar semejante disparate, y al decirle Beigbeder a Mayalde que el generalísimo estaba de acuerdo, me puse en comunicación con éste, a quien recordé que aunque eran mis colaboradores los que más se hablan distinguido en la pequeña lucha contra el purpurado, yo pensaba que repetir el error de Miguel Maura en la República sería, por nuestra parte, una sandez, y que por mí, la guerra de molestias entre los falangistas y el cardenal, podía continuar. En cambio, entendía que el Estado español católico no podía ofrecer a los enemigos la satisfacción de esa entrega o de ese ataque a la jerarquía eclesiástica, que dentro y fuera de España resultaría escandaloso. Por todo ello, me mantenía en la negativa y si querían cometer esa equivocación, no lo harían con mi concurso.
Debo decir que aunque Franco estaba herido e indignado, se hizo cargo de esas reflexiones y comprendió el daño que le causaría personal y políticamente esa equivocación tan grave, como la que había cometido la República y que sería inconveniente evocar aquellos recuerdos. Una cosa eran las escaramuzas internas y otra la campanada pública y solemne. Convencido Franco al fin, el cardenal siguió en Sevilla rodeado de una sorda irritación, pero libre de hacer y decir lo que le viniese en gana. Era estúpido y contradictorio haber dado a la Iglesia tantos vuelos y tanto poder, para luego contradecirse con una me d ida tan impolítica. Por otra parte, el cardenal era una isla, un -caso especial, una excepción, pues el resto de la Iglesia se había entregado incluso mas allá de lo que un católico responsable podía desear.
El obispo de Madrid-Alcalá, impugnador en otra hora del totalitarismo estatolátrico, no tuvo inconveniente (yo no estaba ya entonces en el poder), de ocupar un puesto de la máxima significación, con viniéndose en miembro de la Junta Política, que era el organismo político por excelencia, el de mayor sustantividad política, el regidor teórico del sospechoso partido totalitario. Algo más tarde, e introducidos por él, llegaban al poder los equipos laicos representantes de la Iglesia procedentes de la Acción Católica, con el ministro Martín Artejo al frente y con una influencia genérica indudable de Fernando Martín Sánchez Julia, heredero del obispo
-luego cardenal- Herrera. («Le secretaire de Díeu», le llamaban en una popular revista francesa en la primera información que publicó sobre la política española de aquel tiempo.) Y así, hubo católicos profesionales en las más diversas Jerarquías del Estado (entonces el chispeante ingenio de Agustín Foxá pudo hablar del «nacional-seminarismo») y ellos ayudaron no poco a salvar el aislamiento en que el Franquismo -ya no era propiamente el falangismo- se encontraba por parte de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. Algo después sucedería a la Acción Católica el Opus Dei, un instituto religioso en el que, a despecho de las afirmaciones y propósitos de su fundador, usando sus miembros de la libertad que en materia política se les concedió, tomaban partido masivamente por el régimen del que tantas ventajas habían de obtener. La mezcla de lo religioso) lo profano se consumaba.
Todo estaba consumado
La separación Iglesia-Estado, que era un «punto inicial» de Falange, quedó olvidada en el desván de las intenciones frustradas. El Estado privilegiaba y enriquecía a la Iglesia. La Iglesia bendecía al Estado confesional y devoto: todo estaba consumado.
El Opus Dei -o si se quiere gran número de sus miembros- debía la expansión en el campo profesional y económico a la alianza con el franquísmo: al principio con un cierto recato, bajo el amparo del ministro Ibáñez Martín, penetró de un modo dominante en la Universidad y en el Consejo de Investigaciones Científicas y luego 1a alianza López Rodó, Carrero Blanco le otorgó el timón de los asuntos económicos. Es la época de su expansión bancaria y empresarial, concluida o rematada con el vidrioso asunto “Matesa”.
Se prestaba al poder civil su cobertura religiosa, mientras obtenía de él su propia expansión y afiananzamiento social. Pero el Concilio Vaticano II vino a perturbar estos idilios. La Iglesia, movida por su santo, el Papa Juan XXIII, reasumía o reaceptaba sus responsabilidades; confesaba sus impurezas y se disponía a la renovación.
Lentamente estos vientos de fuera llegaron a España y aparecieron los prelados independientes y evangélicos que se disponían a renunciar a los privilegios para recobrar la autenticidad; a renunciar al Poder para buscar el pueblo. Una figura equilibrada y serena como el cardenal Tarancón puede representar esta nueva imagen que, como era natural no podía imponerse sin oposición. Los integristas saldrían a la calle con carteles agresivos: «Tarancón, al paredón». Pero ésta es ya la historia de nuestros días.
La Iglesia acostumbrada al privilegio se defiende, mientras la imbuida del espíritu a conciliar ataca y una cierta perplejidad se apodera de los fieles...y de los infieles. Los unos dudan presintiendo épocas difíciles. Los otros denunciaban un doble juego de conveniencias. Hay una gran turbación en los espíritus. El anticlericalismo se hace conservador y el nuevo clericalismo se hace sospechoso. Muchos fieles atacan a los curas, a los obispos y al Papa, cuando la Iglesia se acerca más a la doctrina evangélica y la acusan de hacer política, acusación que no le formulaban cuando hacia la política que les gustaba o les convencía. Es una hora confusa que exige mucho pulso, mucha honradez y abnegación. Ha llegado la hora de que el poder renuncie al palio, al incienso a los Te Dulm ambiguos. Ha llegado la hora de que la Iglesia se enfrente con el mundo real, tal como es en la realidad, sin brazo ejecutivo al que encomendar la imposición de su moral.
¿Volveremos al principio?
La Iglesia es la Iglesia: un camino de salvación una autoridad moral. El Estado es lo que es: el realizador de los valores temporales e históricos. Parece llegada la hora de acabar con la confusión y el equívoco. ¿Qué esto no es cómodo? Seguramente no lo es, pero vale más que la confusión, el aprovechamiento y el desprestigio moral de una y otra esfera. Si los creyentes deben ser creyentes y los ciudadanos, ciudadanos, es preciso que las dos esferas se independicen, tomando cada una su responsabilidad. Esto hubiera sido la buena doctrina desde el principio.
Ramón SERRANO SUÑER
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