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La Vanguardia Española, 20 de noviembre de 1976

LA HISTORIA COMO FUE
Origen político, jurídico y vicisitudes del régimen de Franco

El tema me viene dado por el periódico al decirme qce-podía yo exp licar
lo que fue el origen político y jurídico del régimen.

Empezare diciendo que cuando se extendió la famosa Acta de nombramiento de Franco como “Jefe del Gobierno” del Estado -la astucia, o la precaución, de Yanguas que la redactó, dejaba así dibujado en el vacío el lugar que, a no tardar, debía ocup r e l monarca, según la idea del general Kindelán, la suya, y la de otros militares y políticos-, la verdad es que no había ni Goblemo ni Estado.

Yo estaba entonces en la cárcel de Madrid, y cuando seis meses más tarde, tras de arriesgada evasión pude llegar a Salamanca, la situación seguía siendo prácticamente la misma. El Ejército dominaba en términos absolutos habiendo tomado en sus manos, como es lo normal en una situación de guerra vivida en plena consecuencia, todos los resortes, instrumentos y controles subordinándolos al objetivo principal: gobiernos provinciales, orden público, tribunales de guerra, transportes, abastecimientos, industrias militarizadas, censura y en la mayoría de los casos también la prensa y la radio. Los generales de Cuerpo de Ejército ejercían una formidable autoridad en las regiones y casi siempre sustituían las funciones estatales. Había en Burgos una llamada Junta Técnica muy sumaria de contenido y autoridad y en la que figuraban hombres de muy escasa notoriedad en el país, con raras excepciones, como las de José María Pemán y Andrés Amado.

En una situación de guerra con aquellas especiales características, podía ser en cierto modo normal que la adopción del mando único no se limitara sólo al Ejército sino que englobara al Estado en su Integridad, cosa tanto más fácil y necesaria allí cuando la relación “Estado-Ejército” se daba en términos inversos a los normales, ya que no se trataba de un Estado que hacia la guerra, militarizándose sino de un, Ejército que al romper; con el Estado preexistente, tendría que crear otro nuevo. No podrá extrañar que para un hombre como yo, formado en el orden de las disciplinas jurídicas, aquella situación, que tenía su justificación en la guerra y para la guerra, resultara deficiente en el orden jurídico y  político. Para mí estaba claro que, cuanto antes, había que ir a la constitución de un régimen organizado en la forma de un Estado de verdad de Derecho, que nos librara de los peligros de la arbitrariedad, -l”a norma es mejor que el desenfrenos”- y así lo proclamé en un discurso pronunciado en el Cuartel, General, en el año 1938.

Constituido el primer Gobierno propiamente dicho, en 30 de enero de aquel año, Franco seguía principalmente atento a las operaciones militares, y yo me dediqué, de una parte, a la tare a de organizar la Administración, Central del Estado -con la valiosa colaboración de mi subsecretario José lo rente Sanz-, y de otra, con el concurso de algunos políticos -especialmente jóvenes falangistas-, a buscar una orientación o dirección política al régimen. Con algunos de éstos; llenos de fe, de exigencia y de ilusión –que luego pudimos comprender que eran un tanto utópicas quisimos poner una piedra primera y angular en una obra grande y constituir un grupo germinal como Instrumento de realización y gobierno.

Quisimos edificar la esperanza. Esperanzar a España sin vaguedad. y en concreto, sobre un futuro por el camino de una Patria, justa. Este fue el profundo y ambicioso designio. Aspirábamos para ello a la unidad de los españoles, pero  con su concurso y participación, porque no queríamos un Estado sin pueblo. Vivíamos en un mundoen que la crisis espiritual, íntima, humana, era angustiosamente visible para todos, pero muy especialmente para los españoles, porque el español habla sufrido -y creo que sigue sufriendo- con más profundidad esa crisis como tal español, si se quiere, como hombre que debe formar parte, de una comunidad. Es la desarmonía
del hombre respecto a su contorno.

No es ahora ocasión de penetrar en las causas de esa realidad pero sea por lo que fuere, el español adulto de nuestros días, y el de muchas gene raciones anteriores, encierra en sí, junto a las mejores virtudes, vitales como el heroísmo (e incluso, en algún orden, moreales) otros defectos y corrupciones que le hacen tan apto para la guerra civil como inepto para constituirse en comunidad ordenada, próspera, y conocedora de su destino.

Estábamos, repito, en el puro terreno de la esperanza y en la voluntad de querer potenciar un presente. Dentro de aquella situación, de aquel estado campamental tuvimos muy presente que en uno de los momentos de mayor confusión, de España se había lanzado a la polémica, a la afirmación y a la lucha heroica, un grupo político nuevo que había comenzado por afirmar su insolidaridad con todos los demás, pero no para entrar en el juego común, sino para tratar de convertirse en único, total y para todos. Poseía ese movimiento una doctrina entera levantada sobre una discrepancia total del presente español en el que actuaba. Más que armonizadora, era una doctrina superadora de -las posiciones laterales en lucha, y con aspiración a una España total. Poseía además une dialéctica y una forma que pudiéramos llamar -entonces- contemporánea; concorde con las que se adivinaban como decisorias de la fisonomía del tiempo en que vivíamos. Es decir, conocía -cosa un tanto milagrosa en aquella España y aún en esta- en qué punto de la historia nos hallábamos. Y en su consecuencia procuraba entendérselas no con los fantasmas de la antigüedad, sino con los problemas ciertos de nuestro tiempo. (El “tempismo”, el sentido del tiempo.)

Tenia, digo, aquella Falange, en contra de tantos de sus contemporáneos, ucrónicos, un sentido preciso del tiempo en que había de actuar, poseía un jefe dotado por encima de la común capacidad de los mejores, y que era un hombre ejemplar, valeroso, sugestivo y clarividente. (Su honestidad no te permitió pisar una sola vez un Ministerio, ni ningún centro de influencia -ni mucho menos comerciar conella- durante la dictadura de su padre: ¡Igual que en los años que vinieron luego!)

Ese movimiento, que en alguna medida consiguió conmover a España, llegó a su definitiva coyuntura sin el necesario crecimiento para bastarse a si mismo en el orden de la fuerza, y apoyado en hombres muy jóvenes; no pudo nutrir con suficiencia sus cuadros de mando subalternos su equipo de realizadores políticos. Y en ese punto se abatió sobre él la circunstancia más grave: la pérdida de aquel jefe. Hecho éste que si hubiera sido mortal para cualquier movimiento más dotado y triunfante, tenía que serlo para éste con doble gravedad.

La saña enemiga eligió bien por dónde había de herir más incurablemente al destino de España.

Sucedió, en cambio, 'que ese movimiento tan planeado, tan depuradamente nutrido de sustancias y mitos, se convirtió –dentro de la insurrección nacional a la que sirvió- en una hecho popular tan extenso y fuerte que pudo considerarse como incontenible. Se convirtió en el grupo más numeroso con, una participación cuantiosa en la guerra y en, la fuerza mayor de lo que ya se llamaba la España nacional . Era a la vez un movimiento de fisonomía actual - en aquella hora- y con ello el que podía vestir y calificar al Estado naciente de cara a los pueblos de Europa ante los que la España nacional tenía presencia reconocida. Era casi inevitable y lógico que aquel movimiento huérfano y descabezado, fuera a encontrarse y en complementarse con Franco. el nuevo jefe militar - y del Gobierno- alumbrado por la, guerra, quien –decretó y definió al Estado con el cuerpo doctrinal de la Falange ya convertido en partido único. Pero la realidad no se produce con el rigor de un problema matemático, y no todo sucedió tan lógicamente, porque en aquel movimiento insurreccional, en la creación del Estado, y en todo el proceso político, no se encontraba a solas con el nuevo jefe, pues había otros muchos elementos y fuerzas -algunos potentes y de primerísimo calidad en orden a la eficacia activa- que necesariamente habían de encarnar una voluntad autónoma, una resistencia poderosa; la Falange tocaba por tanto consumar un proceso previsiblemente largo y difícil de integración y mientras tal proceso durase, ella misma había de ser una parte y no el todo del orden existente.

La política atraviesa circunstancias, realidades, obstáculos, corrientes, al margen, muchas veces de toda precisión teórica; algo, en fin que no se aviene siempre a un esquema previo. En las fases creativas de una revolución José Antonio decía que era necesario contar con un sistema de unidad de mando que, con un jefe triunfante a través de su partido, descienda en fanática concordia por todas las ramificacionesde aquel sistema de poder. Con libertad y dominio y no perdiendo la mitad de las fuerzas en el empeño posibilista de una polémica irritante por lo pueril y lamentable. Y en aquel proceso, no habiendo ocurrido las cosas así, fue forzoso sostener una posición arbitral en el mando en tanto la concurrencia de fuerzas se redujera, y una de ellas llegara a sazón definitiva.

Este desdoblamiento que en otros procesos semejantes se antojaría inverosímil, allí fue el producto de uno de esos azares con que la historia desconcierta por vía vital las previsiones de la norma lógica. De ahí el inconveniente de que la Falange tuviera que prestar su vestidura, su apariencia y su refrendo público, a una obra política en la que no era más que una parte en colaboración y lucha.

Por ello hay que, decir que la actividad del movimiento, durante cuatro años fue ante todo un angustioso debatirse ente la cuestión previa de ser o no ser de verdad movimiento único y triunfante. Lo cierto fue que en esa lucha por su existencia, por su prevalencia, por acercar la realidad a la apariencia -y por la oposición interna de las, dos formas opuestas de desviacionismo a que voy a referirme- el empeño unificador se llevó y agotó la, mejor parte de nuestros esfuerzos.

Una desviación estuvo constituida por el apocamiento en el cenáculo  íntimo bajo la invocación de la, pureza  doctrinal. Otra, la produciría el: peligro de disolución ante le magnitud del arribismo, éste ya sin invocación, alguna. Aquélla - la primera-, quería convertiria, en una sobrecogida depositaria de “esencias sagradas” en un cenáculo de iniciados, en una catacumba familiar, en un círculo medroso y receloso; era una especie de prurito neotradicionalista consistente, en no querer salir del ámbito de los derechos adquiridos por el azar de proximidad a la célula fundacional lo que no era ciertamente el mejor sistema para discernir las verdaderas autenticidades para lo cual había que buscar mejores pruebas. Aquel prurito de convertir a la Falange en un “club” de puros y ultrapuros, de apóstoles de la primera hora, de herederos legítimos, era la actitud menos falangista que cabía adoptar.

En realidad, aquella Falange que desde posiciones oficiales había acometido con rectitud, el empeño reformista -el de sus realizaciones posibles en aquella, circunstancias-, entre resistencias, aversiones y poderosas reservas internas , murió en esa pugna, y, nació el franquismo. La Falange quedó reducida a ser su etiqueta externa . Dionisio Ridruejo, el más constante, y exigente, el más valioso de nuestros interlocutores políticos en aquella etapa.  Antonio Tovar - hoy una de nuestros valores científicos indiscutibles-, Narciso Perales, especialista en Medicina y seguridad del Trabajo, universalmente conocido. Pérez Blázquez, Luna, Espinosa, Prieto Moreno, Alzaga, Villanueva, los mandos de León y de otras provincias falangistas inequívocos todos dejaron sus cargos como poco antes, o poco después, lo hicieran Franco Manera, internista de gran prestigio; Patricio Canales, David Jato, autor de libros interesantes, y tantos otros más.

Se produjo una desbandada general.

En el mismo verano de 1942 por razones de política interna sin ninguna relación con la exterior como durante tiempo se dijo, cesé yo en el Gobierno, me reintegré a mi actividad profesional y quedé definitivamente alejado del régimen. Poco después escribí al Mando una carta, notarialmente autentificada en la que pedía que la Falange fuera «honrosamente licenciada -no disuelta- porque en sus mejores días tenía una historia de honor que habla de ser respetada; que fuera re levada con honra y con libertad para justificarse y para que, oficialmente separada, pudiera reponer su -primitivo ambiente puesto que lo que quedara de autenticidad permanecería» (Lo que no se comprende es que quienes permanecieron más de treinta años en el poder pudieran decir que no gobernó: ¿Qué hacían entonces ellos, allí?

La pregunta surge inevitable: ¿qué es lo que quiso guardarse como verdades eternas? Los principios eternos, lo que se encamina a la eternidad podrá resistir tantas pruebas de ocultación y persecución como sé quiera, podrán quedar instalados en la catacumba misma; para, brotar después con más fuerza. Pero los principios políticos no son verdades eternas, y aun suponiendo que partan de ellas son siempre aplicaciones a la realidad de un tiempo concreto y como tal fugitivo; por lo tanto no pueden salvarse como verdades o principios sino en la acción, a todo riesgo anchamente convirtiéndose en motor y sustancia -de la etapa histórica en que fueran formulados y no en otras cualesquiera. De otra manera, con criterios ultracelosos, vedando todas sus posibilidades de ensayo, de rectificación, de desarrollo y de en enriquecimiento –tanto en el orden de la recluta de sus hombres como en la proyección de sus doctrinas- evitando el ritmo de adaptación precisa al acontecer sucesivo, crecerían convertidos en piezas de museo.

Todo esto ya es sólo historia, y a todos ha de interesar hoy más el porvenir que el pasado: creer esperanzadamente en que los fermentos de disolución que hay en el alma española mas corresponden al verbo estar que al verbo ser y que, por ello, son reductibles o corregibles. Conocer el hecho y buscar con seriedad el instrumento para remediarlo. Recomponer un hombre español nuevo, firme y despierto en su propia conciencia, menos satisfecho de su Incultura y de su petulancia, menos osado, mas sosegado y laborioso; más puro, más sincero y más tenaz, mas solidario también respecto de los otros hombres.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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