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EL PAÍS, 26 de noviembre de 1976

Serrano Suñer responde a Antonio Marquina
PUNTUALIZACIONES SOBRE LAS RELACIONES DE FRANCO Y HITLER DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

En los número de éste periódico correspondientes a los días 19, 21 y 22 del mes actual han aparecido tres artículos firmados por don Antonio Marquina Barrio, de los que, encontrándome fuera de Madrid, sólo el último pude leer antes de mi regreso. Los tres artículos tienen el título común de «Franco quiso participar en la segunda guerra mundial», afirmación que si en un momento, el de la aplastante victoria de los ejércitos del III Reich en Occidente, a guerra casi terminada, con poca exposición por parte de España y valiosas compensaciones territoriales, fue cierta, no puede sostenerse sin más, sin matices, ni referencias a una actitud suya, muy distinta, que ya en el año 1940 tomó con la política que he llamado de «amistad y resistencia», que yo serví y conozco con la mayor proximidad.

Hay que presumir, con presunción juris tantum, como decimos los juristas, la buena fe en quienes escriben sobre temas importantes con el propósito de hacer historia. Para llevar a cabo con el debido rigor esta tarea hay que pensar que los hechos son su material propio; los hechos históricos en su descarnada y fría realidad, los hechos tal como son y se producen. Los hechos son brutales, decía Castelar, que además del orador de elocuencia extraordinaria que todo el mundo conoce, era historiador con una muy sólida formación cultural producto de muchas lecturas bien seleccionadas y meditadas.

Ahora bien, las fuentes, de donde se extraen los hechos que se utilicen no pueden ser sólo los documentos más o menos auténticos. La historia llamada de los textos, que durante mucho tiempo estuvo en boga, está hoy considerada como insuficiente, porque el texto puede ser dudoso –y lo es con frecuencia- ya en su realidad, ya en su certeza y fidelidad. Por eso al «texto» hay que añadir otros factores; al «documento», y prueba de ello es que llevaba preparado un documento –un protocolo- para que España se adhiera al Pacto Tripartito (pacto de alianza militar entre Alemania, Italia y Japón), pasando a la acción en el momento en que las conveniencias o la marcha de la guerra, apreciadas por él, lo exigieran. Fue así y no podía ser de otra manera, pues para Hitler y sus mariscales Gibraltar era el tema principal.

El mariscal Keitel dijo melancólicamente «que la historia hubiera sido diferente si nosotros hubiéramos tomado Gibraltar». Tanto interesaba entonces al Führer la posesión de Gibraltar que hay un testimonio suyo –documento C 134 de Nuremberg –en el que se dice: «Para la toma de Gibraltar nosotros habíamos hecho tales preparativos, que teníamos la certeza del éxito. Y una vez en posesión de la plaza habríamos estado en condiciones de instalarnos en África con fuerzas importantes y de poner así fin al chantaje de Weygand» -el general francés-, y añade: «Si Italia puede aún decidir respecto, sólo palabras vagas -«en cuanto mejore el tiempo será aniquilada»-, en las que se apreciaba, un tono propagandístico falto de sinceridad.

La verdad es que Franco no creyó nunca en que aquella batalla sobre Gran Bretaña llegara; y si lo mismo que a él nos parecía a los profanos, diré, sin embargo, que hombre tan inteligente y competente como el gran almirante Raeder, persona, además, simpática y bien educada, me manifestó entonces, en conversación privada        conmigo, y luego públicamente también lo hizo, que, a su juicio, la operación era posible y debía de llevarse a cabo cuanto antes. 

Ni presiones ni malos modos

Terminaré este punto diciendo que es saludable comprobar cómo Marquina consigna, frente a tanto disparate que se ha escrito en relación con este tema, el hecho cierto de que no hubo presiones. Así fue; no hubo presiones ni malos modos ni allí, en Hendaya, ni luego durante nuestras conversaciones –patéticas- en el Berghof, pero también es cierto que Hitler dio comienzo a su exposición diciendo que tenía a su disposición doscientas divisiones, que era el dueño de Europa y que había que obedecer. (Palabras que recojo en mi último libro no sólo en base de mis recuerdos, que difícilmente se apagarán en mi memoria, sino, también, por las notas que me entregó firmadas –y que conservo- el barón de las Torres, que fue con Franco y conmigo el único español que estuvo allí presente, como por la parte alemana no estuvieron más que Hitler, su ministro Ribbentrop y su interprete Gross).

Aunque de la estación de Hendaya saliéramos sin firmar aquel protocolo, pensando que podía constituir peligro rechazarlo en absoluto, horas después, ya de regreso a San Sebastián, de madrugada, redactamos en Ayete un contraproyecto con la adhesión al Pacto Tripartito, pero desvirtuando tanto el preparado por el Gobierno alemán que, en el nuestro quedaba exclusivamente en manos de España la determinación del momento para pasar a la acción. Y al amanecer del día 24 entregamos nuestro texto al embajador de España, que se apresuró a llevarlo al ministro Ribbentrop.

En cuanto a lo que se dice en el trabajo a que nos referimos de que Franco, pocos días después de la entrevista de Hendaya, intentara reanudar las negociaciones, se trataba más bien de lamentarse del desconocimiento del derecho español sobre los territorios africanos a que se refiere, considerado por Franco mejor y más fundado que el de Francia, como puede leerse en la carta de éste a Hitler, publicada en el libro mío citado, Entre el silencio y la propaganda, la Historia como fue.

En asunto tan grave como este, el acuerdo entre Franco, que decidía, y el ministro –yo-, que negociaba y discutía, fue absoluto.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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