
EMBAJADOR ANTE FRANCO EN MISIÓN ESPECIAL
Diario 16, 27 de abril de 1977
Al hablar o escribir, de la actuación de sir Samuel Hoare en España, bajo el título de “Embajador ante Franco en misión especial”, y, sobre todo, como autor del libro que Sedmay Ediciones acaba de presentar en castellano, he de hacerlo con mucha severidad, aunque no sañudamente como él hace al referirse a mí. Y por él hace al referirse a mí. Y por lo mismo, siempre he procedido, y procederé ahora, empezando por elogiar, en su personalidad, lo que pienso que puede ser elogiable.
Hay que considerar en Hoare dos personalidades distintas: la del político inglés –europeo- y la del embajador en España. Como político, su orientación con respecto a la política general de Europa, a mi juicio, era la acertada y convincente: la que tal vez pudo haber evitado la segunda guerra mundial. Pues él negociaba, especialmente con Laval en Francia y con Mussolini en Italia, para llegar a un acuerdo (en el que España necesariamente hubiera estado presente) con las potencias mediterráneas, lo cual hubiera hecho más difícil la expansión de Hitler.
Anulada, humillada por el Tratado de Versalles: en estado de indefensión total, sin Ejército, sin Marina, sin Aviación, sin tener ni siquiera soberanía sobre sus vías fluviales, vigiladas, controladas, así como también sus bancos y ferrocarriles del Estado, un día, el genio revolucionario y la capacidad de agitación y anuncia, por medio de un discurso de su lugarteniente, la reconstrucción de su Ejército “para su defensa y para mantener la paz”.
La manifestación de estos propósitos causa enorme conmoción en Europa y se celebran la reunión y los acuerdos de Stressa entre Inglaterra, Francia e Italia; ésta es la nación más preocupada de todas, principalmente por la inseguridad de su frontera alpina.
Propósitos expansivos de Alemania
Los propósitos expansivos do Alemania se van realizando sucesivamente y la independencia de Austria queda manifiestamente amenazada desde un primer intento de unión aduanera con Alemania. Mussolini se considera en mayor peligro que nadie, por la circunstancia antes apuntada: envía varias divisiones al paso de Brenero; establece una alianza "con el canciller Dollfuss y, otra vez de acuerdo con Inglaterra y Francia, se garantiza la independencia de aquel país. Pero Inglaterra –Mr. Eden en el Foreign Office- lleva a cabo un acuerdo naval con Alemania por el que este país puede crear una flota de guerra que alcance en volumen hasta el treinta y cinco por ciento de la inglesa.
La aventura italiana en Abisinia y, como consecuencia, las sanciones contra Italia, produjeron una grave fisura en la dirección política anterior. Un día, Eden, con su orgullo, en una visita a Roma hirió el orgullo de Mussolini, y mientras los dos se distanciaban, Inglaterra parecía resignada a que los germanos realizaran el "Anschluss", Mussolini queda aislado, y es en definitiva Inglaterra quien le echa en manos do Alemania. Pronto el Eje y la guerra mundial. El propósito político de sir Samuel Hoare se habla evaporado.
Con la nueva política en su país -Churchill, Eden-, Hoare queda marginado. Es un hombre detestado, como puede verse en los “Cuadernos de sir Alexander Cadogan". Quieren quitar de encima como sea; abrigan incluso la sospecha de que a través del duque de Windsor hubiera una posibilidad de inteligencia con Alemania. Para librarse de él, repito, lo envían como embajador a Madrid cuando ya sólo es un hombre resentido que quiere hacer aquí grandes cosas para asombrar a Londres. Y aquí no fue lo que es un diplomático, sino un agitador, un conspirador que, con algunos falangistas en la oposición más radical, y con gente de extrema izquierda, planeó una revolución para derribar al régimen.
Hoare, conspirador
No puedo extenderme en las mil incidencias de su conducta en España; algunas conocidas y otras que se conocerán pronto, según creo, através de un libro de David Jato que ora entonces delegado del Servicio de Información de Partido. Pese a su mucha actividad clandestina, Hoare fracasa en ese propósito, como también en el de intentar la beligerancia de España junto a los aliados; por lo que al volver a su país sigue siendo el hombre despechado y resentido contra casi todo; incluso contra aquellos a quienes un día consideró sus colaboradores, dirigiéndoles feroces ataques e insultos, en ese libro plagado de falsedades y de malignidad, que son su descalificación.
No voy a hacer ahora aquí un examen minucioso para desmentir con los hechos casi todas sus manifestaciones. Su enemistad, su rencor, lo llevaron a afirmaciones tan contrarias a la verdad como la de que, al tomar yo posesión del Ministerio de Asuntos Exteriores, destituí de sus cargos directivos a todos los que venían desempeñándolos, cuando el hecho cierto es el contrario, ya que a personas, con las que no había tenido ninguna relación anterior ni amistad, las conservé durante toda el tiempo de mi gestión, como ocurrió con el diplomático don José Pan de Soraluce, a quien mantuve en su puesto por razón de su mucha capacidad, de su inteligencia, de su laboriosidad y también de su verdadera lealtad; bien probada cuando un día me manifestó que, sin perjuicio de realizar con fidelidad su tarea burocrática, sus ideas políticas no coincidían con las del Gobierno, ya que él era anglófilo y demócrata. Y es así como surgió entre los dos una relación de recíproca y afectuosa estimación que sólo acabó con su muerte.
Lo mismo en casi todos los temas de que trata el autor del libro, como cuando se refiere a las "cuantiosas sumas de que disponía el Ministerio de Asuntos Exteriores", afirmación tan contraria a la verdad que el barón de las Torres ha recordado, en distintos ocasiones, y en carta de fecha reciente, que durante mi gestión y la del conde de Jordana, al frente de aquel Departamento, se devolvía al Tesoro, todos los años, por lo menos la mitad de la consignación, y el Ministerio de Hacienda, ante hecho tan insólito, nos daba por oficio las gracias.
Es penoso a estas alturas, después de tantos años, tener que poner en evidencia los errores de un libro donde los rencores devoraban a su autor.
Ramón SERRANO SUÑER
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