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ANTE UNA ALUSIÓN EN EL SENADO

SERRANO SÚÑER CONTESTA SOBRE EL TEMA DE LA TORTURA

LA VANGUARDIA, 11 de julio de 1978

Señor Director: Ausente de España durante días, al regresar a Madrid y hojear la prensa atrasada, me causa estupor la lectura de unas palabras pronunciadas en el pleno del Senado del jueves seis del corriente -con motivo de la tipificación del delito de tortura- por un miembro de esa Cámara, según las cuales habíamos invitado al jefe de la Policía alemana para que viniera a España a la nuestra procedimientos de tortura, la que -según añade- estuvo presente “desde entonces” en nuestro país, lo que es un disparate absolutamente falso.

Es increible que personas que acceden a puestos de grave responsabilidad para regir los destinos históricos del país, con mandatos, que obligan a la veracidad y a la ponderación, se manifiesten ante una Cámara con tanta ligereza, si es que no les mueve el deliberado propósito de sembrar la confusión en lugar de cumplir el deber de evitarla cuando por todas partes andan tantas cosas revueltas y confundidas.

La polícia de todo el mundo, desde que existe, habrá podido -junto a la prestación de servicios necesarios, ineludibles, con abnegación y sacrificio muchas veces- incurrir en reprobables excesos al emplear métodos coercitivos más o menos everos, según fueran las circunstancias de lugar y de tiempo, pero nadie, usando de la razón, puede pretender seriamente que un Gobierno invite al jefe de la policía de otro extranjero para que le instruya en aquellos procedimientos monstruosos. Ya es bastante que, con desgraciada espontaneidad y frecuencia, desde la Ley del Talión hasta las checas, se hayan practicado en el mundo -y aquí- antes de que tuviera lugar el viaje senarotialmente aludido.

Por otra parte, con su afirmación de que, “desde entonces”, ha estado aquí presente la tortura, desconoce la realidad histórica de que ya anteriormente, en los pasados siglosk, esos procedimientos estaban regulados como forma de obtener como forma de obtener confesiones de inculpados y declaraciones de testigos, y con ello falsea una premisa y a la vez, según norma elemetal de lógica, falsea también la conclusión. Desde sus tumbas le guardarán gratitud los miembros del Santo Oficio y otros que, en la mentalidad de la época, la ejercían, tenidos por ejecutores de la justicia.

Y al oír acusación tan grave, cualquier español medianamente atento a la “res pública” se preguntará: ¿Cómo no se levantó, para replicarle, alguno también senador, de los que estuvieron durante muchos años ejerciendo cargos políticos, con tal sujeto, ni nos ofreció ningún interés desde que en Berlín oímos -me acompañaban Ridruejo, Tovar, Halcón, García Figueras y creo también Vicente Gallego- sus disertaciones sobre un Vicente Gallego- sus disertaciones sobre un laboratorio de criminología y nos infligió unas explicaciones lombrosianas de insoportable vulgaridad de que revelaban su carencia de prepación seria, como manifesté hace ya muchos años en el libro que publiqué después de aquel viaje.

Lo preocupante en aquel tiempo para el Gobierno, y lo que acaparaba toda mi atención -ya ministro de Asuntos Exteriores- era la victoria continental del Reich alemán y su vencidad armada, realidad en que se insipiró nuestra política de amistad y resistencia con Alemania. Y que si una política, por encima de episodios y anécdotas, ha de juzgarse por el resultado, al evitar la invasión y la guerra, se ha de reconocer, honradamente que fue acertada.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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