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EL AL PROFESOR CARLOS ROJAS

DESTINO, del 9 al 15 de noviembre de 1978

Querido Carlos Rojas: su carta sin fecha publicada en las páginas de la revista «Destino» ha llegado a mi poder por tal conducto. Usted dirige estas magníficas cartas abiertas «a los vivos y a los muertos». Estos no pueden reconocer y expresar su recepción; pero, como yo me encuentro todavía entre los primeros, he podido, como destinatario, recibirla y leerla, y no sólo por razones de cortesía, contestarla.

En relación con su interés por conocer el estado procesal de la querella interpuesta contra José Luis Vilallonga Cabeza de Vaca, por calumnia e injurias, puedo responderle: que no ha concluido todavía el sumario; pero el Juzgado que lo instruye, pese a esa lentitud proverbial de que usted me habla (acaso, justificada por razón del trabajo que sobre los jueces acumula la desatención gubernamental), ha dictado una resolución -un «auto»- por la que se decreta el procesamiento del aquél y se le requiere para que preste fianza para responder de la suma de 5.000.000 de pesetas (que serán destinadas a entidades asistenciales de periodistas) y se le impone la obligación procesal de comparecer «apud actam» en el Juzgado que instruye la causa o ante el Tribunal que luego conozca de ella, los días primero y quince de cada mes, y cuantas veces fuera llamado.

Con respecto a los hechos que dieron lugar a la querella, esto es, los constitutivos de los delitos de calumnia e injurias, acaso no sepa usted que está documentalmente probada la falsedad de la afirmación que hiciera Prieto de que el ex Director General de Seguridad en la República (año 1932), don Ricardo Herraiz Esteve, autorizado por mí en 1939 para entrar en España, fuera fusilado nada más llegar. La verdad -documentalmente acreditada- es, por el contrario, que el citado señor Herraiz, persona respetable, fue recibido aquí, de conformidad con mis instrucciones y deseos, sin que nadie le molestara, ni le interrogara, ni le detuviera por razón del delicado cargo que, según pude comprobar, había desempeñado con mucha corrección. Entró y vivió en su casa con su familia, hasta que, seis años más tarde, el 25 de julio de 1945, falleció en Madrid «de su muerte», como decían los clásicos; victima de cáncer, según consta en la certificación de su fallecimiento, que se transcribe en la escritura de aprobación y protocolización de operaciones particionales de sus bienes, autorizada el 11 de octubre del mismo año 1945 por el notario que fue de Madrid don Jesús Coronas.

Puede imaginarse, amigo Rojas, mi angustia moral -que llegó a ser física, biológica-, cuando tuve noticia de aquella monstruosa atribución del supuesto fusilamiento del señor Herraiz nada más entrar en España, que hubiera sido un crimen agravado por la perfidia, a lo Fernando VII, de atraer a la victima con engaño.

En los momentos exaltados de la guerra y la posguerra, de pasiones, rencores, venganzas y delaciones más o menos fundadas, habría sido por desgracia posible que cualquiera que se hubiese sentido agraviado o simplemente molestado por alguna medida policial del señor Herraiz desde su cargo de Director General de Seguridad, hubiera presentado denuncia contra él, o que algún «incontrolado»... quien sabe. Si mi conciencia estaba tranquila, seguro de mi buen proceder con el citado señor, cuyo caso estudié y seguí personalmente con especial cuidado, habían pasado ya, sin embargo, tantos años y cosas que me atormentaba pensar en tal posibilidad.

Afortunadamente, en medio de aquella pesadumbre, surgió oportuna (en la revista «Sábado Gráfico», de gran difusión) la carta que el catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid don Antonio Canseco Medel, sobrino y muy unido familiarmente al supuesto fusilado señor Herraiz -con quien vivió en la misma casa hasta su muerte-, escribió explicando la verdad de los hechos y aportando antecedentes, datos y documentos auténticos sobre la vida y circunstancias de su tío.

(Yo no conocía al citado señor Canseco Medel, ni tenía noticia de su existencia. Español independiente, no milita ni había militado en ningún partido político; y durante la guerra civil fue movilizado, por razón de edad, en el Ejército republicano. Sólo su hombría de bien, su integridad y su rectitud, le movieron a escribir esa carta.)

A pesar de haber sido todo aclarado públicamente, el hoy procesado Vilallonga insistió en la falsedad con artículos insultantes e injuriosos, por lo que resultaba claro su propósito de agraviar, característico del delito de injurias, como delito especifico. Así las cosas -yo no podía permitirme el desprecio- tuve que acudir a la vía judicial, no por rencor ni por venganza, sino obligado por la dignidad y el principio de la defensa social.

Antes de todo esto, y en vida de Indalecio Prieto, le dirigí la carta a que usted se refiere, para que, al conocer la falsedad de su afirmación, la rectificase. Pienso -coincidiendo con la idea que sobre ello tiene mi antiguo compañero en las Cortes de la segunda República José Prat, diputado en ellas del partido socialista -, que nunca llegaría a manos de aquél, pues siendo Prieto un político emocional y apasionado, capaz de acoger con tanta ligereza una información tan falsa y grave, también era hombre de mucho talento y de carácter noble, por lo que creo se hubiera apresurado a rectificarla. Me resisto a creer otra cosa, y me hago la misma pregunta que usted: ¿a dónde fue a parar la carta?

Con un abrazo cordial.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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