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ABC, 12 de enero de 1979

ELECCIONES Y AUTORIDAD

ENTRE los extremismos políticos de uno y otro laso no se deja espacio, en los asuntos públicos, al pueblo que se estudia, que trabaja en profesiones liberales, en centros de investigación, laboratorios, oficinas, fábricas y talleres, en la industria y en el campo, ni a la paz, a la serenidad y a la reflexión.

La precipitación con que han sido convocadas las elecciones significa, sin duda, una ventaja para los partidos políticos –no todos fuerzas reales- ya organizados e instalados en el Poder, y una tremenda desventaja para otras fuerzas nacionales; para muchos españoles, en su actual estado de dispersión. Parece que en una democracia verdadera lo que debería importar –igualmente a la izquierda que a la derecha- es la comprobación de la realidad de las ideas, los sentimientos y las aspiraciones de un pueblo a través de unas elecciones sinceras que, para serlo, necesitan del prestigio, la autoridad y la independencia del Gobierno que las presidía.

Habría que proceder muy seriamente para que le cuerpo electoral se manifestase con fe; y es difícil que la inspire un Gobierno de partido que no puede ni con la subversión, ni con el desempleo, ni con la carestía, ni con ninguno de los graves problemas que de modo apremiante tiene planteados el país, pero que, sin embargo, sigue impasible por la ruta de un falso Poder.

Ante el fracaso de esa acción de gobierno, de una parte, y la sensación de la inutilidad de manifestarse contra él, por los caminos normales, de otra, se producen en gran número de españoles alternativas de indignación y desánimo que han terminado en un peligroso desentendimiento colectivo de la cosa pública, como acreditan las enormes cifras de abstención –el 40 por 100 del censo nacional- en el último referéndum.

Sin duda hay en España dos grandes fuerzas, dos grandes realidades políticas que, precisamente por razón de su realidad cierta, han de aprender a convivir y a moderarse mutuamente: una es el socialismo, fuerza esencialmente unitaria y relativamente organizada; otra, la que, de un modo global y con imprecisión, podríamos llamar  la derecha, hoy fragmentada, dividida en grupos y subgrupos y que, a causa de su dispersión, es también responsable de la actual situación del país. Pero, contra todo lo que pueda decirse, hay en ella muchas gentes sanas, decepcionadas, aburridas, que consideran traicionado su espíritu nacional y viven de espaldas al aberrante paralogismo gubernamental. Para estas gentes el problema está –puede ahora ser el momento- en encontrar la forma de encauzarlas y ponerlas en acción para traer a nuestra vida pública, entre tanto ruido vano, un aire vivificador para que España siga siendo algo más que un recuerdo a un ideal.

La gran mayoría de esos españoles a que nos referimos ni saben, ni quieren saber, ni aprender, que significan diferencialmente, en esta coyuntura, los nombres ni las siglas de algunos de aquellos grupos. Pero en cambio esos españoles decentes, que devoran en silencio sus preocupaciones y sus amarguras, esos sí que quieren saber de España, de sus problemas, de los peligros que le acechan y de su derecho a vivir y a trabajar en paz respetando el de los demás –su personalidad, su autonomía, su trabajo, su propiedad legítima, especialmente intelectual-, y de la creación de un futuro para todos en el que los grupos y sus líderes puedan plantear serena, seria, honrada y responsablemente, matices y diferencias dentro de una armonía nacional.

Los españoles de esta condición, aun contando, como cuentan, con una base cierta –pues son millones- popular, nacional, real, no tienen ahora tiempo para levantar la arquitectura de una organización adecuada. Y también carecen para ello de los recursos mágicos de un Poder que es capaz de crear en el vacío aparatosos artificios. Hoy no hay tiempo más que para improvisar una estructura electoral de urgencia, que habrá de perfeccionarse luego día a día con vistas a las elecciones municipales. Para ello es indispensable, obligado, constituir una coalición entre los distintos grupos, contando también con la fuerza de una juventud que, con su pureza y singularidades específicas, ha recobrado su identidad, y así presentar candidaturas unitarias en todas las circunscripciones electorales.

En plena República –que en sus primeros años, y en medio de sus turbulencias, era más democrática que el actual régimen político- una coalición de ese tipo fue la que les dio el triunfo, llegando así a crearse el grupo parlamentario numéricamente mayor. Por ello –para ellos- no debe en esta hora haber sitio para personalísimos ni vanidades; solo ha de haberlo para la responsabilidad y para el deber de todos, y ni siquiera debe hablarse de sacrificios porque cumplir con un deber elemental de solidaridad no es precisamente hacer cosa sagrada. El triunfo de esas candidaturas unitarias significaría la presencia en el Parlamento de un número considerable de diputados –promesa de otro todavía mayor- que, frenando los excesos de la demagogia y el sectarismo, pesara de tal modo que al menos contra ellos no se pudiera gobernar.

Así se podrían corregir los casos de ineptitud de incapacidad o de inexperiencia –salvadas excepciones y respetos personales- de gobierno que hoy ya no son patentes aquí y fuera de aquí, en los mismos países cuyos requiebros para éste de neodemócratas se valoraban por ellos como una de sus bases de sustentación. En la Francia de la libertad los grandes periódicos han escrito que un Estado que procede como el nuestro, que bajo el falaz pretexto de defender la democracia no responde a la agresión con la energía y la autoridad debidas, es un Estado en proceso de desintegración.

Cuando los Estados y los Gobiernos existen de verdad –ya sean liberales, socialistas o conservadores- se comportan como tales y garantizan los derechos ciudadanos: el primero de todos el de la vida y la seguridad personal, en lugar de ofrecer planteamientos monstruosos como ese de que hay que admitir el goteo de sangre para evitar la dictadura y la guerra civil. Pues bien, los españoles sensatos responden que ni la dictadura ni la guerra civil: la autoridad. ¿No saben los ideólogos del régimen que hasta el pueblo más jurista de la tierra, la República romana, creó para enfrentarse con situaciones caóticas y de graves discordias, magistraturas temporalmente limitadas con objetivos concretos bien definidos y determinados, que nada tienen que ver con la concentración de poderes en una sola mano ni con la tiranía? Pues sí no lo supieran no hace falta que consulten los textos del Digesto; basta con que lean la Historia de Mommsen, de lo que sacarán provecho y utilidad.

Si no existiera un vacío de Poder, si no siguieran muriendo violentamente todos los días miembros de las fuerzas del orden, funcionarios, obreros, comerciantes, militares de todas graduaciones, periodistas y magistrados no se producirían irritaciones y actitudes que pueden ser inconvenientes, pero que no lo son más que la jactancia –eludo la exégesis por medio de palabra más vulgar y expresiva- de quienes califican y juzgan esas situaciones –desde un plano de desigualdad en relación con la intemperie en que viven hoy los españoles- con sus espaldas bien guardadas, con abrumadores medios de protección y seguridad, como nunca conocieron nuestros grandes políticos que llegaron a sacrificar valientemente sus vidas para proteger las vidas de todos.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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