
DIARIO DE BARCELONA, 16 de mayo de 1979
En el número de ese periódico, de 8 de mayo corriente, se inserta un artículo firmado por Miguel Ramos, en el cual se pone en boca del secretario de los Deportados españoles la disyuntiva de que yo, en el que publiqué en «El País» el 20 de julio de 1978, incurría en mendacidad o en amnesia. Para apoyar su aserto, el citado articulista aporta la fotocopia de una comunicación del Ministerio español de Asuntos Exteriores, fecha 8 de agosto de 1940, dirigida a la Embajada de Alemania en Madrid. Acerca del contenido del artículo y de la nota de referencia considero obligado replicar lo siguiente.
Ante todo, para desvanecer ambigüedades, me urge aclarar que, n aquella fecha -8 de agosto de 1940-, yo no era ministro de Asuntos Exteriores, pues hasta 16 de octubre de ese mismo año, -1940- es decir, más de dos meses después, no regenté ese departamento, en el que cesé en agosto de 1942. Era entonces titular del mismo el coronel Beigbeder, pero me creo en el deber de manifestar, como he escrito en otro lugar, que tengo la convicción de que ni él ni Franco ni nadie del gobierno tenían conocimiento entonces de las atrocidades que los nazis cometían en los campos de concentración; lo cual es explicable, ya que esas cosas no suelen realizarse a bombo y platillos, y sólo algún tiempo después llegan a tener publicidad. Únicamente conocíamos la injusta discriminación de que era víctima el pueblo judío.
De la comunicación mencionada no resulta nada que acredite que existiera, por nuestra parte, entonces, el conocimiento que se nos imputa; en esa comunicación no se demuestra nada en relación con los campos de concentración. Se limitan las autoridades españolas a dar la conformidad a que los refugiados en Francia y Bélgica se beneficiaran del ofrecimiento de acogerlos hecho por el gobierno mejicano; con la reserva de una lista de la que yo, al igual que del documento, no tuve noticia.
Una larga, personal, experiencia de sufrimientos y penalidades padecidos en la guerra, me hacen especialmente sensible para comprender los que, en uno y otro bando, hayan podido pasar otras personas. Esa experiencia me ha enseñado también que hay algunas a las que esos sufrimientos; al correr de los años, sirven para depurar su espíritu y ennoblecerlo; mientras que a otras lo entigrecen, complaciéndose con un regusto morboso en remover tantos horrores y miserias de los que se hacen eco, ofreciendo al mundo el espectáculo penoso -que no aumentará la cultura- de la tergiversación y del resentimiento. Las libertades para confundir, tergiversar y denigrar, no parecen respetables.
Por lo demás, he de decir que guardo el debido respeto para las penalidades que ha sufrido el secretario de los Deportados y de que habla en sus declaraciones.
Ramón SERRANO SUÑER
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