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EL PAÍS, 20 de noviembre de 1978

Serrano Suñer responde a Antonio Marquina 2
RIBBENTROP ACUSÓ A UN MINISTRO ESPAÑOL DE ESTAR AL SERVICIO DE LOS INGLESES

Para evitar mayor confusión en relación con los temas tratados en los artículos que analizo, convendría distinguir tres momentos: primero, mi viaje a Berlín en septiembre de 1940; segundo, el encuentro de Franco con Hitler en Hendaya –del que ya me he ocupado en el número anterior de este diario-, y el tercero, mi entrevista con Hitler en el Berghof.

Las cosas empezaron así: el coronel Beigbeder, ministro de Asuntos Exteriores en aquel tiempo, hombre de una personalidad singular, con buena cultura «parcial», y con «su inteligencia», era muy inestable, por emplear una palabra hoy tan en uso. Tomó parte en la organización del alzamiento en Marruecos –devoto fervoroso de Franco al principio y conspirador contra él más tarde-, fue primero falangista exaltado y germanófilo, para rendirse muy pronto, pese a su honradez, a ciertos encantos de la embajada inglesa, que empezó así a conocer con demasiada familiaridad y rapidez los documentos, las noticias, los informes cifrados que llegaban a nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores. Alguien, creo que un coronel que luego fue ministro, informó al Generalísimo del malestar que ello producía en la misión militar alemana y en otros elementos de la embajada, y fue este el motivo por el que Franco, disgustado, preocupado por el mal humor de los nazis, en las horas más altas del poderío de éstos, decidió enviarme a Berlín –en razón de mi notoria germanofilia- para clarificar la situación y hacer saber, una vez más, al Gobierno alemán y a Hitler nuestros sentimientos de leal amistad y propósitos de colaboración; todo ello en la línea y en el tono que claramente resulta de las cartas que él me enviaba en avión, y en mano del teniente coronel Tomás García Figueras, ilustres africanista.

Al llegar a Berlín encontré, efectivamente, en mi primera conversación con Ribbentrop, un ambiente de recelo y desconfianza y así, al hablarle de apreciaciones nuestras sobre la situación de Inglaterra, me interrumpió con intemperancia diciendo que algún ministro español estaba al servicio, o poco menos, de la embajada británica en Madrid, a lo que yo hube de replicar que los ministros podíamos estar acertados o equivocados en nuestra actuaciones, pero que ninguno creía servir otro interés que el de España, No insistió sobre el caso de Beigbeder, al que sin duda se refería, pero en seguida, ante otra rectificación mía, dijo irónicamente que nuestra fuente de información sobre las cosas inglesas era la que Sir Robert Vassittart, alto jefe del Foreign Office, proporcionaba a nuestra embajador en Londres.

Ante tan delicada situación, yo, en mis conversaciones con Hitler y con el ministro Ribbentrop, cumplí el encargo de Franco –en términos que merecieron su elogio- de hacer protesta de nuestra verdadera amistad, de nuestra solidaridad, de nuestro deseo de una colaboración activa –por el momento imposible- tan pronto como se resolvieran satisfactoriamente los problemas del suministro de víveres, materias primas y armamento para la adecuada preparación del Ejército, entrando en cifras y detalles, preparados ya en Madrid, y siempre que se garantizara a España la reivindicación de los territorios africanos, a los que más tarde hizo Franco referencia en Hendaya. Y no obtuve, ciertamente, sobre este punto, como señalan los artículos de referencia, declaración satisfactoria. Nada concreto. Nada efectivo.

   Ramón SERRANO SUÑER

 

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