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EXPLICACIÓN ¿NECESARIA?

ABC, 13 de diciembre 1980

En el año 1941 me encontraba en mi despacho del palacio de Santa Cruz cuando una llamada telefónica de la Secretaría General del Movimiento –según ya en otra ocasión he contado- pedía que me trasladara allí con urgencia porque alguien tenía que dirigir la palabra a la multitud congregada ante aquel edificio pidiendo a gritos la intervención armada de España contra el comunismo ruso. Recogí la iniciativa (también con el propósito de dar cauce a la situación para evitar un desbordamiento que luego tuvo lugar por la acción de agitadores sin responsabilidad). Salí al balcón y pronuncié unas palabras improvisadas, «sobre la marcha», dirigidas a una muchedumbre exaltada que, con enfervorizado entusiasmo, clamaba por la intervención armada de España en la Rusia comunista durante la Segunda Guerra Mundial; y en aquel clima de gran tensión hay que situarlas para su cabal significado y entendimiento. No se conserva de ellas texto taquigráfico literal ni grabación alguna, por lo que todas sus interpretaciones han de ser, y fueron, aproximativas. Pero de ellas quedan claras las rotundas afirmaciones –las que más pesaban sobre nuestro corazón- de «Rusia es culpable», «culpable de la muerte de José Antonio, culpable de la muerte de nuestros hermanos», seguidas de otras menos precisas sobre la necesaria oposición de Occidente al imperialismo soviético.

En aquella atmósfera, y con estos antecedentes, es indudable que con tal calificación condenatoria –que ha rodado durante años por periódicos y libros- no se aludía a Rusia como pueblo o nación, sino únicamente al imperialismo de la Rusia soviética. Con acierto ha dicho en El Alcázar el escritor Antonio Izquierdo en un artículo reciente, que con aquellas palabras mías se sintetizaba, en una referencia geográfica, la condena a toda una filosofía política atea y materialista. Es obvio, pues, ¿por qué íbamos a condenar a Rusia como pueblo?

Nuestro país jamás había tenido querella alguna con Rusia, al contrario: era tradicional la simpatía de los españoles por aquel pueblo ruso manifestada en la admiración hacia su literatura, su espiritualidad, su arte. Los libros de la gran narrativa rusa eran lectura frecuente de los españoles de cultura media de nuestras últimas generaciones: Tolstoi y Dostoievski, entre otros novelistas rusos, se hallaban incorporados al acervo cultural de amplios sectores de España.

Y esa muestra admirativa por el pueblo ruso, tuvo lugar, en la propia Rusia, un alto exponente que Dionisio Ridruejo y otros camaradas y amigos nos hacían patente al contarnos, desde allí, con emoción, cómo en los pueblos rusos ocupados, en las granjas y en el campo, las pobres gentes que en ellos vivían, lejos de tener una reacción de miedo, la tenían de bondad y ternura, departiendo con espontaneidad generosa con los españoles, sin perjuicio de su exaltado patriotismo en el que Stalin se apoyó de tal manera que sin él –a pesar de sus tanques- no hubiera ganado la guerra.

Tengo de la calidad humana del alma rusa, y de sus valores morales, experiencias inolvidables que he de concretar en cierta anécdota por mí vivida en un viaje aéreo desde París a Madrid.

Un nietecillo mío a la sazón de ocho años, muy avispado, con el que viajábamos mi mujer y yo, se sentó en el avión al lado de un señor de mediana edad y estatura, de aspecto visiblemente cortés, que comenzó a hablar con él, en muy correcto francés, lleno de sencilla comprensión y bondadosa amabilidad hacia el niño. Pasado un buen rato, mi curiosidad me llevó a cambiar mi asiento con el de mi nieto y trabé agradable conversación con aquel viajero. Se trataba de un diplomático ruso que desde el Kremlin viajaba a Madrid. Pensaba él que en el aeropuerto madrileño sería esperado por alguien de la Misión Comercial soviética en España –no había aún Embajada de la URSS en Madrid-, pero la realidad es que nadie estuvo allí para recibirle, por lo que yo me ofrecí a llevarle a su hotel –el «Palace»- y le conduje en mi coche. Junto a su agradecimiento le noté, no obstante, inquieto; y, con discreción, inquirí la causa de ello por si en algo más le podía ayudar. Al fin averigüé lo que sucedía: deseaba saber el importe exacto de lo que le costaría el hotel, porque traía unas dietas «muy medidas» -1.000 pesetas diarias, creo recordar- y de ninguna manera podía ni hubiera querido sobrepasarlas. (Aquí se nos ofrece un ejemplo de austeridad, digno de ser imitado.) El precio del alojamiento superaba la cifra que el Estado le señalaba y, ante su confusión un poco ingenua, hice comprender a la dirección del hotel las razones de hospitalidad y de cortesía –la comitas gentium- por las que debían acogerlo sin rebasar aquella cifra. Entonces, su simpatía humana se hizo silenciosa gratitud.

Contrapartida de la bondad del pueblo ruso fue la figura feroz de Stalin, que lo sojuzgó. Muchas, duras y justas, han sido las palabras escritas contra aquel hombre en todo el mundo y tal vez las más severas salieron de la pluma de escritores y científicos de la propia Rusia soviética, incluso de políticos y altas personalidades del régimen.

La ambición del pueblo ruso no es la de Stalin, y de quien poco cabe decir que no se sepa ya: de su tremenda crueldad para con los sufridos súbditos, de sus crímenes, de sus deportaciones, de la eliminación que llevó a cabo de sus más destacados y valiosos camaradas de la hora primera de la revolución, de su dogmatismo, de su megalomanía, de su desprecio a la Humanidad, de su brutalidad, que no se detuvo ante nada ni ante nadie con tal de crear una burocracia tiránica, absorbente y sangrienta.

En mi viejo libro Entre Hendaya y Gibraltar, decía yo que Stalin supo mantener en su provecho el gran engaño ante las masas obreras de todo el mundo. Había que repetirlo: si Lenin, el gran ergotista de todo el marxismo occidental –germano-, quiso realizar el destino del mesianismo proletario en armonía con el ruso, y aprovechando la coyuntura del colapso zarista, y la inanidad democrática subsiguiente, impuso la ruta del sovietismo, a Stalin esto no le interesó más que tácticamente en función de su afán imperialista. Lenin quiso unir los destinos del proletariado ruso con los de la revolución universal: en cambio, a Stalin ésta no le sirve más que para realizar su ambición rusa. No obstante, es justo decir que Lenin pensaba también, en cuanto ruso, lo mismo que Pedro el Grande; y Stalin quiso llevar a sus últimas consecuencias aquella ambición. Por eso, en el interior acalló con la muerte a todos los ideólogos y fanáticos del marxismo, impartiendo a éste la dirección que convenía a su política internacional, y mantuvo en el exterior la ilusión de las masas predicando su liberación.

Alcanzada la meta imperialista más ambiciosa, es de desear –esperémoslo así-, que por la paz del mundo no haya ahora «culpables».

Ramón SERRANO SUÑER

 

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