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Descubrimiento tardío

ENCUENTROS Y REENCUENTROS EN BUENOS AIRES

ABC, 12 de abril de 1981

Muchas veces había sentido, como español, la tentación de conocer América, «el Nuevo Mundo», cuyo descubrimiento ha sido gloriosa empresa de España, tan grande que en el lenguaje hiperbólico de los cronistas de Indias se califica como el suceso más importante después de la encamación del Verbo.

Por una serie de circunstancias no aproveché las oportunidades que tuve para ir «allá», lo que habría podido hacer en mejores condiciones, y menos onerosas, que en ésta de ahora. Desde hace ya muchos años pensé que, si un día me decidía a realizarlo, sería Argentina - por razones de una deuda de gratitud, a la que me referiré luego- la primera nación que visitara; y también que el primer viaje no lo haría más que por mar, como lo hicieron los descubridores. Porque quería ir, teniendo la sensación de la lejanía, de la distancia, sentir el tiempo, darme cuenta de que iba a América, de lo que es ir navegando por el mar Océano, cubriendo la enorme distancia que separa a los dos Continentes.

En razón de mi edad y de la fragilidad de mi salud no dejábamos de considerar que el viaje podía ser un disparate; hasta que el frío horrible del largo invierno de Madrid, este año especialmente crudo, me decidió, como hacen las aves-migratorias, a buscar el verano en el hemisferio austral.

No embarqué en uno de esos aviones con los que puede llegarse en horas, sino en un transatlántico, en once días y once noches -de navegación, para contemplar durante el camino del sol, la impresionante inmensidad del mar, y luego, en el silencio nocturno, la bóveda estrellada sobre nosotros; y siempre, de día y de noche, la tremenda soledad en medio de aquel espacio infinito, sin descubrir en todo el tiempo de la travesía un solo barco que surcara el mar ni un avión que rasgase el azul del cielo.

Con un poco de imaginación nos dábamos cuenta de lo que tuvo que ser el viaje de Colón y su gente por el mar tenebroso; más días -setenta- y con todas las incomodidades de las pequeñas carabelas. Ambiente de soledad y de inmensidad infinitas que nos envuelve y sujeta, donde el entorno domina nuestro espíritu, porque el viaje a América, como dice Ortega, es la experiencia más aguda que puede hacer un español espiritual. De tal manera que es incomprensible que la primera vez que se va en barco desde España a América, si se siente profundamente su significado, se tenga interés por otras pequeñas cosas y banalidades que son corrientes en la vida interior del buque y que consiste, como dice Ortega en «El espectador», en que «doscientas personas se dedican a inspeccionar vuestros actos». (Lo que sólo puede entenderse cuando la repetición frecuente del viaje lo convierta en rutina) Aunque luego nos dice Ortega que el alta mar
-sin más- es un espectáculo sin interés porque, para él, en la belleza de la marina próxima a la costa lo pone casi todo la tierra, y considera preferible navegar como Ulises sin perder de vista la gracia quieta y perfilada de la ribera. (Sin embargo, y como esto no es filosofía, yo, enamorado del mar, me permito discrepar porque pienso que «la mar» con sus tonalidades y la inmensidad de su extensión, llana unas veces, rizada y encrespada otras, pone su propia belleza.)

En el undécimo día avistamos la costa de América, y llegados al estuario, más que río, de La Plata -alimentado éste por otros que allí van a morir, principalmente el Paraná, uno de los grandes del mundo-, nos encontramos con la fealdad de su color, como sucio, terroso, que da la impresión de turbiedad, sin la transparencia y la claridad naturales, propias del agua de, los mares y de los ríos. No sé si fue don Pedro de Mendoza, el fundador de la ciudad que llamó Santa María del Buen Aire -en 1536-, o, en nuestros días, Rubén Darío, quien, poetizando, dijo que tenía el color de la piel del león.

Ya nos encontramos en tierra firme, y pronto introducidos en la gran ciudad de Buenos Aires, que es el enclave más europeo de América; en su mundo humano y social que no es sólo grato por su hidalga hospitalidad, sino también por la capacidad de selección de los valores morales, humanos, de que están dotados los argentinos. Ya Ortega, después de su primer viaje en 1917, había señalado esta cualidad argentina de distinguir finamente los valores, estableciendo una jerarquía, entre los que acepta, virtud de la conciencia pública -dice- que más puede estimar quien avance por la vida con un corazón honesto y una obra seria, pues más irresistible que no ser notado es ser confundido. Pronto se advierte allí, tanto en el trato con sus intelectuales, profesores, ensayistas, como con las gentes del mar, con la cortesía y distinción de los jefes de la Armada argentina, sucesores de quienes tanta generosidad tuvieron con nosotros en días terribles.

Tuvimos la fortuna de que, huyendo del frío, tampoco encontramos allí –contra todo pronóstico- un calor sofocante, salvo tres días en el mes y medio de nuestra permanencia, sino una temperatura primaveral que, según se nos dijo, era poco frecuente en los meses de febrero y marzo.

El primer objetivo del viaje resultaba, pues, venturosamente cumplido.

***

Apenas llegado -dos días después, posiblemente por indicación del excelente poeta Ricardo Adúriz, consejero cultural de la Embajada de Argentina en Madrid- vino a visitarme al hotel donde me alojé Fernando Lascano, un hombre joven, inteligente, culto y cordial -uno de esos amigos nuevos que, por virtud de la simpatía y afinidades, pronto nos parece como si lo hubieran sido siempre- quien, con un grupo de ocho amigos, me invitaba a un almuerzo que se celebró en el Círculo de Armas, el de mayor tradición.

Ramón SERRANO SUÑER

 

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