
ANTE UNA PELIGROSA AVENTURA
ABC, 24 de abril de 1982
INGLATERRA, con su capacidad y alta escuela política-Melbourne, Peel, Palmerston, Gladstone, Disraeli, Salisbury ytantos otros-, fue forjadora de un gran imperio, poderoso, prestigioso y temido dominios, colonias (entre otras mil, las islas Falkland -Malvinas- y Gibraltar), protectorados, mandatos, etc., llegando con su política de expansión a más de una cuarta parte de la Tierra donde levantaba su bandera.
La primera guerra mundial -1914-1918-, especialmente después de los sesenta y cuatro años de reinado victoriano, encuentra al gran imperio en su apogeo: Australia. Canadá, Nueva Zelanda, Terranova, África del Sur, la India, Ceilán, Jamaica, Ascensión, Hong-Kong, etc., influencia en Egipto, Abisinia… Del imperio inglés, con más razón que refiriéndose a los Estados Unidos, pudo decir Rubén Darío que era potente y grande, y que cuando se estremecía había un hondo temblor y se oía como el rugir del león.
Y no nos atreveríamos a decir que, pese a todos sus excesos y desafueros, no pueda sostenerse que, en determinadas épocas y lugares del mundo, no cumpliera una cierta -temporalmente tal vez necesaria- función estabilizadora.
Con la segunda guerra mundial llegó su ocaso; y, luego, con la filosofía de la descolonización y la amenaza de peligros aún mayoresa los de la guerra, se acabó el imperio inglés. Sonó en la vida de Inglaterra la hora crítica, que supo aceptar, enfrentándose valerosamente con el destino adverso, dando un ejemplo de disciplina, de sacrificio, de tenacidad y de dignidad; pero, sin embargo,- aún no parece haber comprendido suficientemente que hoy; en las peligrosas circunstancias en que vive nuestro mundo occidental, ante la amenaza que supone el bloque eslavo comunista, no hay otra política que la de, poner en línea de honor a todos los grandes pueblos de nuestra civilización, de nuestra cultura, y que es una torpeza grande, contraria a su característico pragmatismo, resistirse a aceptar el juegorealista de convertirse de patrono en amigo.
Pues todavía con frecuencia olvidan los británicos que dejaronde ser un gran imperio; olvido que da lugar en ocasiones a que orgullosas reminiscencias imperiales nublen su buen sentido. Así, cuando hace unas semanas, después de más de siglo y medio de paciente negociación por: parte de Argentina, su Gobierno, con más propiedad podríamos decir el pueblo, rescata la soberanía en las islas Malvinas -que le fue arrebatada -«quia nominor leo»- , la «premier» inglesa (la señora Thatcher, a quien la cortesía y la razón obligan a tratar con el respeto debido a su temple y capacidad) reacciona con una mentalidad propia de la Reina Victoria, Emperatriz de las Indias, y envía los buques de la Royal Navy y otros efectivos militares al Atlántico sur, para oponerse con- la fuerza a lo que considera un acto de despojo, cuando se ha de repetir que de lo que se trata en realidad es de la recuperación de lo que fue arrebatado a la nación argentina. Pasan días y, con aquella obstinación, siguen navegando las unidades de la flota real -fragatas, destructores, otras unidades de superficie; buques de apoyo, dos portaaviones-, recorriendo miles de millas, con la resolución de llegar a la guerra si no reciben ¿satisfacción?
La gravedad de la situación a nadie se oculta, porque hoy las Malvinas están defendidas también con armamentos muy similares- fragatas, corbetas, destructores (algunos construidos en Inglaterra), con bases próximas y con buena aviación naval y de tierra-. Por lo que, en una confrontación armada, a lo que los ingleses parecen estar dispuestos, las cosas no serían tan sencillas, ni los cañones de sus fragatas tendrían hoy la eficacia que tuvieron los de las goletas que hicieron posible la ocupación del archipiélago.
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Por virtud del Tratado de Tordesillas - año 1494-, que señaló la línea divisoria entre los dominios de España y Portugal, las Malvinas quedaron dentro de la demarcación de territorios pertenecientes a los reinos y provincias que formarían más adelante el virreinato del Plata. Y cuando tuvo lugar su emancipación, la soberanía española sobre las islas pasó a la nación argentina, hasta que el imperio británico en su expansión colonialista, las ocupó, al margen de toda legitimidad. Ante la situación de inferioridad de su potencia militar, en relación con el poderío inglés, la Argentina dio comienzo, en el primer tercio del siglo pasado –según queda dicho-, a una larga, paciente, tarea negociadora para recuperarlas. Llegó en nuestro tiempo a la ONU, donde no había de obtener otra cosa que la consabida «recomendación» -no atendida por los ingleses- de descolonizar; y después de tan larga sucesión de negociaciones, intentos, promesas, etc., se ha llegado a lo inevitable: la situación actual, en la que Argentina, cansada de vaguedades y promesas, se ha establecido, sin violencia, en las islas, ejercitando una acción reivindicatoria del ejercicio de su soberanía, con arreglo a un derecho que no ha prescrito , porque es imprescriptible, máxime cuando la usurpación nunca fue consentida.
El pueblo español no puede ser indiferente ante la justa reivindicación de una nación hermana, del pueblo argentino, que en este momento, y a efectos concretos, asiste y alienta con exaltación a un Gobierno que no es ciertamente popular, y con el que, en extensos sectores del país, hay un sustancial desacuerdo. Pero todos los argentinos, en esta hora grave y peligrosa para su patria, lo aceptan como necesario, a la manera clásica romana, jurídica, republicana, donde la dictadura formaba parte del conjunto de sus instituciones. (En Roma fue el pueblo, como se lee en el Digesto, quien confería al dictador la potestad suprema.)
Es natural que el pueblo español –sin etiquetas- clame por la justicia para el argentino, porque no olvida el trato fraterno que de él recibiera en tantas ocasiones. Mas es necesaria, también, la presencia de España en algo que es su mismo mundo. No es cosa desentendernos del problema y limitarse a ponernos en fila - y en uno de los últimos lugares- de una Europa sin coraje que no nos hace el menor caso. Su ausencia, simplemente su silencio, estarían en contradicción con la Hispanidad, sobre todo ahora que tanto se habla de preparar la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento (1492-1992).
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Es de esperar que el buen sentido de todos se vaya abriendo camino. Que no se hable de humillaciones. Que los ingleses, con el temple acreditado en otras horas difíciles, piensen que no hay humillación, sino dignificación, ante una reivindicación justa. Que sería anacrónica y absurda una guerra colonial en la era de la descolonización.
Esperemos el éxito de la mediación en beneficio de la paz general, evitando una situación que podría ponerla en peligro; porque si el combate llegara, perdiera Inglaterra o perdiera Argentina, el gran perdedor sería Occidente.
Ramón SERRANO SUÑER
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