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Y EUROPA SIN PODER

ABC, 14 de septiembre de 1983

Hace ciento cincuenta años el pensador político Tocqueville dijo que Estados Unidos y Rusia parecían llamados a tener en sus manos, cada uno de ellos, los destinos de medio mundo. Así ha sucedido, puesto que su división actual en dos bloques, comunista y anticomunista, contemplada empíricamente la cuestión, resulta ser antes que otra cosa, la división no en dos ideologías, sino en dos superpotencias: y por el momento todo lo que resta del mundo queda relegado a la condición de esfera de influencia en disputa. También Europa, que, ayer madre y maestra –como escribe con resonancias rubenianas el poeta sevillano Aquilino Duque- hoy, con los pueblos que actualmente la componen, no tiene existencia como poder.

¿Pueden esos pueblos hacer existir a Europa como poder? ¿Podrán hacerlo buscando para ello, cada uno, el héroe político con las capacidades a que se refería en reciente artículo la escritora María Manuela Reina? ¿Podría librarse Europa de ser zona disputada con todos sus naturales aledaños? Hacia el futuro, decía Churchill en Suiza, terminada la segunda guerra mundial, nuestra tarea ha de ser construir solidamente los Estados Unidos de Europa.

A cada uno de los 385 millones de europeos debe interesarle eso más que el resultado de la contienda ruso-americana. Contienda que sólo tendrá para Europa un pleno sentido cuando esté capacitada para terciar en ella según sus propios intereses y sus propias ideas. Mientras tanto, su criterio es casi indiferente y es pasivo su papel. Lo que se ha hecho para alcanzar ese poder tan necesario desde la fundación del Consejo de Europa en 1949 y la Comunidad Económica Europea en 1957 es poca cosa: una organización parcial de comerciantes con una desarticulación industrial muy grave. Con su indolencia y con su apatía. Europa, en lugar de hacer oír su voz, tiene que limitarse a ser espectadora del arriesgado diálogo entre americanos y soviéticos.

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Otro aspecto de la cuestión es que hemos dicho, tal vez con demasiada insistencia, que Rusia no es ya, sobre todo, la «Patria del socialismo», sino que es más un imperio nacionalista en marcha. Hay que distinguir: puede ser que el engreimiento nacionalista de Rusia sea tan grave como se dice -el mundo se ha estremecido estos días por la crueldad soviética y su desprecio de tantas vidas inocentes al derribar un avión surcoreano-; puede ser, de seguro es, que Rusia constituya hoy, sobre todo, una gran tentativa imperialista dispuesta a discutir y a confrontarse con cualquier otra potencia por el dominio de todo o de gran parte del mundo; pero no olvidemos que toda voluntad de Imperio o bien nace de razones prominentemente ideológicas -el catolicismo del Imperio español- o bien debe justificarse presentando a posteriori como preeminentes tales razones ideológicas.

En todo caso, todo imperio lleva una bandera: se pone - o finge ponerse—al servicio de una causa idéntica a un «ideal para toda la Humanidad». Rusia posee ese ideal, motor o justificante, tan definido como no lo ha tenido nadie en el mundo después del siglo XVI, más definido aún que la Revolución francesa. Es indiferente que se piense que Rusia utiliza el movimiento comunista universal para sus fines imperialistas, pues lo cierto es que sus fines imperialistas tienen que incluir forzosamente el triunfo de la revolución comunista universal. Es Rusia quien ha impuesto un signo ideológico a la contienda de nuestro tiempo. Ella lleva la iniciativa. Por eso se habla de comunismo y anticomunismo y no de otra cosa. Esto quiere decir que el ideologismo incluido en las finalidades del bloque rival es prestado y de mera reacción. Comunismo suena a algo concreto, definido, inequívoco. En cambio, ¿a qué pueden sanarle a un europeo de hoy palabras tópicas como democracia, libertad política, libertad de los pueblos, etc., cuando el despotismo es capaz de adoptar esas formas y otras equivalentes?

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Si la mercancía comunista no es aceptable para quienes creemos en la vigencia de una civilización apoyada preferentemente en valores religiosos, la mercancía anticomunista no sabemos siquiera si es aceptable o no, porque ni siquiera acabamos de saber en qué consiste: ¿Es la democracia? Pero también a su modo quiere ser –dice ser- democracia la comunista. ¿Es el liberalismo? Pero el liberalismo fue hace tiempo desplazado por el capitalismo y la democracia. ¿Es meramente el Estado de Derecho? Pero esto no es un monopolio del régimen parlamentario. (Al identificar todo totalitarismo y evitar distinciones entre el comunismo y otras tentativas totalitarias que conocimos, el equívoco y la dificultad de elección todavía se han ampliado.)

¿Qué es lo esencialmente anticomunista?: El sustrato religioso del orden social, la libertad de la persona humana en cuanto tal, las virtudes de la iniciativa privada, las formas de vida establecidas sobre el elemento familia. etc. Pues bien, todas esas "notas" lo son de la civilización cristiana. Y ¿puede decirse que ni la civilización norteamericana -ni, en general, la occidental- fuertemente paganizada, terriblemente materialista, y en las cuales el socialismo marxista, aunque sea democrático, juega un papel tan importante, sean prototipo fiel de civilizaciones cristianas?

Lo cierto es que si a pesar de todo, a pesar de estas reservas, debemos elegir resueltamente por la tesis americana, no es por lo que en ella haya de posibilidad positiva, creadora, sino por lo que en ella hay de menos malo, por el valor de su clima de tolerancia, de posibilidades en que nuestra tradición occidental pervive, aunque no sea la más feliz de sus expresiones. La civilización americana puede ser admisible en sí misma, ya que no por cosas más altas sí por su capacidad para hacer hombres felices. Este mismo ideal de la felicidad material como meta suprema nos es ajeno. Y sobre todo sus ventajas no son exportables ni comunicables, porque el secreto de ellas no está en la bondad del sistema político o de las ideas dominantes, sino en la privilegiada riqueza de aquel país, en la gran juventud, en la energía de sus hombres y en lo peculiar de su educación. Al mundo, o por lo menos a Europa, no le salvará este anticomunismo informe, indefinido y extraño, ajeno a las más graves realidades de nuestra vida. Cada pueblo, «por ahora», le dará el contenido que pueda (una componenda, un estado transitorio de autoridad o un cuarto de ideología), pero sólo un movimiento grande y generoso, dispuesto a sacrificar cuanto sea preciso en lo adjetivo de nuestra civilización, puede salvar y definir su esencia frente a la propuesta de Rusia.

Ese movimiento no puede hacer esenciales mayores o menores libertades públicas; no puede aferrarse a la pureza de los sistemas representativos; no puede negarse tampoco a dar su parte al socialismo en la transformación de las condiciones económicas y sociales de los pueblos. Tampoco puede ser un movimiento nacional y solitario. Ha de ser un movimiento universal. El nacionalismo para los europeos es un anacronismo y son sus escombros lo que hoy contemplamos. Tengamos la esperanza de que un movimiento así empiece a definirse pronto, pues de otra manera es probable que el destino del bloque anticomunista sea una guerra que, aun siendo victoriosa, sería -una vez más- una victoria sin paz.

 

Ramón SERRANO SUÑER

 

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