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¿COMO FUE HITLER?

ABC, 28 de abril de 1985

SE han escrito en torno a Hitler millares de artículos, más de doscientos libros, se han hecho películas, o obras de teatro y. también con ello, grandes negocios editoriales. Nos traen el recuerdo de sus glorias militares, la guerra relámpago, también de sus reveses, y de su gran crueldad con los genocidios cometidos en judíos y gitanos. Son estas cosas conocidas de todos. Al alcance de todos; pero no sólo entre estudiosos, sino también de un modo general se ha deseado siempre saber cómo era Hitler en su intimidad, sus verdaderos pensamientos, el porqué de su conducta; en una palabra, cómo fue, en su realidad, la persona. A mí, durante muchos años, se me ha preguntado constantemente cómo era en ese aspecto, y no estando yo dispuesto a fantasear, ni a decir otra cosa que la verdad, sólo aquello que vive en el recuerdo, he decepcionado a quienes me interrogaban, por ser muy poco lo que podía manifestar.

Después de haberlo encontrado en varias ocasiones, de haber comido dos veces con él (en la «Casa Parda», en Munich, una; otra, en el tren), de haber hablado otras - entre éstas en cuatro muy cargadas de responsabilidad sobre temas graves de la guerra y de Europa que afectaban a mi patria -, no encontré nunca, en ningún momento, el punto, el gesto, en aquel interlocutor sin perfiles humanos, que me permitieran descubrir el fondo de su personalidad y establecer una comunicación normal. Yo había estado siempre ante un ser subyugado por su afán de poder, que no sabía entender de razones capaces de contrariar sus ambiciones ni sus ansias de dominación. Tal vez me atreva a creer que en una sola ocasión entró en su mente un rayo de luz humana. Ello ocurrió cuando, días después de su reunión en Hendaya con Franco, nos llamó citándome a una reunión en Berchtesgaden, en el «Berghof», o su nido de águilas en los Alpes austriacos; y en cuanto llegué, invocando el protocolo de Hendaya, me dijo que tenía que fijar la fecha para la entrada de España en la guerra y llevar a cabo rápidamente la conquista de Gibraltar, para lo que todo estaba preparado y a punto. Yo, sobrecogido, me expresé patéticamente diciéndole que –amigos de Alemania, deseosos de su victoria y esperándola con la unión de Europa, ayudando en todo lo posible - le hablaría con el lenguaje de la amistad, no como diplomático, sino con una sinceridad absoluta, sin reservas ni disimulos. Le dije, como ya he referido en otro lugar, que España era un país en ruinas, sin transportes, con la industria deshecha, falto de alimentos con que mantenernos, de materias primas para que el pueblo pudiera trabajar todos los días, y con un Ejército inerme para intervenir en la lucha, especialmente después de las innovaciones y la técnica por él introducidas en el arte de la guerra. En una palabra, que no podíamos soportar más sufrimientos. Hitler entonces se hizo cargo de nuestra situación: me entendió, como pudo no haberlo entendido, ni admitido, y él, poderoso ante un ministro indefenso, frenando sus impaciencias, inclinándose, como decepcionado y triste, sobre el lado derecho de la butaca, me dijo, resignado, estas palabras: «Pues tendremos que esperar algún mes más».

Dejando aparte esta experiencia personal mía, lo que en este plano humano se sabe de él es que era un megalómano, un ser extraño, que no tenía amigos, que no tuvo amores y que sólo, ya adulto, se llevó consigo a una mujer, que la tenía como escondida. Uno de sus ministros con mayor personalidad, Speer, nos dice en un libro que Hitler «era un ser un tanto primitivo y tosco, pero que era también persuasivo con sus giros austriacos». Entre los que le trataron con proximidad será valioso recordar el juicio de Mussolini, que lo despreció primero, lo temió luego (cuando fue manifiesto el propósito nazi e apoderarse de Austria, que le convertiría en fronterizo), y al final no tuvo otra salida que echarse en sus brazos; algo de esto me explicó, relajado en su tensión política, cenando una noche ante el mar de Liguria: me dijo que Hitler era un audaz y un fanático sin freno.

Hitler, personalidad genial, brutal, compleja, enigmática -que está ya en la Historia-, ha seguido despertando gran curiosidad entre políticos e historiadores, psicólogos y psiquiatras. Por eso, porque nadie le conoció de verdad, se ha sostenido poralgunos que, para saber a fondo quien era, la investigación histórica, o seudohistórica, fracasaba, y que sólo hay lugar para la psicoanalítica. Así lo sostiene el doctor Alejandro Mitsechelich, que es profesor de Psicología social de la Universidad de Frankfurt, director del Instituto Freud y jefe de la Comisión médica alemana en el proceso de Nürenberg, quien afirma que a Hitler es imposible verle objetivamente. Hablando aquí del mismo asunto con el eminente psiquiatra Germain, éste lo calificaba como psicópata con rasgos paranoides.

Después de cuarenta años se buscan nuevas explicaciones en los fenómenos sociales e intelectuales que culminaron en Hitler, y el profesor Stern, de la Universidad de Cornell - Estado de Nueva York- y jefe de Lengua Alemana del University College de Londres, sostiene que Hitler no fue un creador, sino una criatura de sus tiempos que se limitó a ser eco de la tradición autodestructiva, egocéntrica, de los pensadores y escritores alemanes de los Siglos XIX y XX, y que la adhesión de tantos alemanes a Hitler tuvo su origen en la conformidad, en la concentración de la sociedad en sí misma, y en su actitud pasiva, tradicional en ella, hacia la libertad individual.

Aquella idea de que Hitler se limitó a ser eco la encontramos también en el embajador francés de Alemania. Francois Poncet: «Hitler, antes de ser voz, fue eco». Eco de un sentimiento  general de desquite del pueblo alemán contra el trato inicuo que, vencida y humillada, recibió Alemania en el Tratado de Versalles: los obreros alemanes, de las ocho horas de jornada de su trabajo, siete las tenían que trabajar para Francia. Fue, pues, el sentimiento del pueblo entero: obreros, industriales, clase media e intelectuales pensaban que se les había infligido un castigo inmerecido.

Se produjo en el país una agitación revolucionaria general con distintos grupos: Liga de Espartacos, socialistas, monárquicos, Cascos de Acero, nacional-socialistas, y entonces comienza la vida de Hitler como agitador tempestuoso, que toma el camino de la violencia y se produce el famoso «putsch» de Munich -1 923- . Fracasa, es encarcelado, y toma luego la vía electoralista, la de las urnas , en la que constantemente va ganando terreno para conseguir, diez años después, 280 diputados contra los 120 socialistas, y constituir un Gobierno de coalición.

El 30 de enero de 1933 Hitler es canciller y -buen actor - adopta una actitud política respetable, y es respetado por gentes de la sociedad británica, pero, aprovechando ese ambiente, en 1938 realiza la anexión de Austria, viene después lo de los sudetes alemanes en Checoslovaquia, entra en Praga en 1939, pacta la no agresión con Rusia, campañas contra Bélgica y Francia, deja reembarcar al Cuerpo de Ejército inglés, y entra en París.

Después de los bombardeos alemanes sobre Inglaterra hay una época de calma, pero en la noche del 29 de agosto de 1940 los ingleses bombardean Berlín y vuelven a hacerlo desde el día 13 de septiembre -estaba yo allí y tuve que bajar al refugio- hasta el 30. Los bombardeos récord de la RAF se producen en agosto del 43 con una lluvia de bombas explosivas y de fósforo hasta 230.000 toneladas. La población alemana está desmoralizada y comprende que la guerra está perdida. Por el Norte, los cañones del mariscal Zukov truenan en el Oder: El camino de Berlín está abierto.

Hitler, desde el «bunker», toma la decisión desesperada de resistir. La muy reducida guarnición de un Berlín en llamas se defiende heroicamente. Los rusos lanzan sobre el centro de la capital un asalto general, y la soldadesca, admirada ante las riquezas que encuentra en la ciudad, se dedica al pillaje y no conoce más que tres palabras de la lengua de los vencidos: «Uhr» (reloj), y «frau, komm!», preludio de violación, como escribe Cartier.

Se combatía ya a 500 metros del «bunker». Hitler se suicida (30 de abril).

El general Ludendorff - héroe de la primera guerra mundial-, cuando el mariscal Hindemburg, Jefe del Estado, entregó, en 1933, el Poder a Hitler, le escribió una carta profética reprochándole «por haber entregado la sagrada patria alemana a uno de los mayores demagogos de todos los tiempos, porque le vaticino, solemnemente, que este hombre precipitará a nuestro Reich en el abismo y a nuestra nación en la mayor desventura».

De manera bien distinta a lo que en otro tiempo se pensó, las cosas ocurrieron así: Alemania partida en dos. Europa dividida. El imperialismo soviético fortalecido.

 

Ramón SERRANO SUÑER

 

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