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Diez años de la muerte de Dionisio Ridruejo

DIONISIO SOLDADO EN RUSIA

ABC, 29 de junio de 1985

Cansado, sin tiempo ni sosiego para recordar: debidamente al inolvidable Dionisio Ridruejo, requerido para ello por ABC, escribo, pese a mi premiosidad, a vuela pluma, estas líneas. Ridruejo hombre de bien; con gran rigor intelectual y moral fue y se reconoció siempre católico y español. Porque hay que hablar también de su amor a España en las botas bajas del sentimiento patriótico. Porque en el umbral de la madurez, perdidas ya las ilusiones y el idealismo juveniles, escribe en versos estremecedores: «la patria si, que no son estos millones de rudos desacuerdos.»

Luego en su plenitud, en su programa político, es partidario de que los distintos pueblos que integran España dispongan de las medidas y elementos necesarios para desarrollar su personalidad; que conservando sus identidades respectivas den como resultado una unidad querida y vigorosa. Contrario por igual a los integrismos reaccionarios que a los revolucionarios, creyó en la España de la reconciliación y la convivencia.

Nunca fue marxista porque no aceptó el materialismo histórico como método de interpretación de los hechos sociales, y pensó que el proceso histórico que no se detiene es el desarrollo de la conciencia individual y de los niveles de racionalidad y moralidad que son el impulso decisivo. Soy, escribió Ridruejo: aunque parezca paradójico, un liberal socialista.

Dionisio fue leal con todos porque fue leal consigo mismo, y nunca atendió más que a los dictados de su conciencia, tanto en su etapa juvenil como en su evolución profunda y auténtica. Cuando esto hacia era consciente de que sólo la cárcel o el destierro le esperaban. Por eso siguió siendo el mismo sin renegar de nada porque tenía el sentido de la Historia y de la realidad.

Nunca desertó del cumplimiento de su deber. Hizo suya la idea de Maeterlinck de que «el primero de nuestros deberes es poner en claro nuestra idea del deber».

Esto le daba la gran fuerza de su independencia, y por ello ni en la acción ni en la omisión influyeron en él juicios que consideraba infundados. Cuando pensó que su sitio -¡y qué sitio tan grande ocupó!- estaba en la acción política y no en la guerra, permaneció en ella con firmeza; y cuando creyó que era en el campo de batalla -débil, enfermo, sometido a marchas durísimas y a un frío que congelaba-, allá se fue a la estepa rusa viajando hacinado en un tren de mercancías.

Desde Rusia me escribió muchas cartas emocionantes, de las que no he querido desprenderme. En la de 14 de febrero de 1942 me decía: «no sé si podré regresar con buena o mala esperanza, porque desde aquí aparece aúndemasiado confuso todo lo que ahí sucede; del acontecer de los últimos días, que lo mismo puede significar lo mejor que lo peor, no tenemos en definitiva la clave: ¿dónde estás tú en todo esto, y qué es todo esto? -Y como ni siquiera lo visible es totalmente claro, prefiero seguir mi duda y seguir remitiendo al tiempo la esperanza. Me asusta pensar que tú puedas encontrarte desganado -para lo cual no te niego razones humanas- antes de tiempo. Y digo desganado y no desengañado porque ésta ya sería una actitud radical y estimable.»

«Por nosotros no te impacientes; si hay que estar aquí dos años, estaremos dos años alegremente. Todo menos estropearlo por un arrebato sentimental que aquí no podrá ser entendido: Sobre todo, y en todo caso, que nuestra presencia aquí no te ate las manos para nada. No te sientas más obligado de lo que es justo, porque pasaremos de agradecértelo a no perdonártelo ni perdonárnoslo. Si tienes que hacer algo no te detenga nuestro peligro. Por otra parte, el afecto de la División lo tienes ganado de sobra.

En otra carta, de 1 de mayo de1942, me dice que su «compañía está ya en línea a vista de los muros de Nowogorod. Estoy en un paisaje incomparable (1), con el peligro en escasa actividad y una mínima comodidad asegurada por un poco de tiempo, ¿qué más se puede pedir? Me encuentro casi puerilmente feliz, porque aquí en el presente puro, que es la guerra; no se es nunca impaciente».

«Realmente es aquello, lo de España, y no esto –y de aquello tampoco lo amable sino lo activo y peligroso- lo que a veces puede desazonarnos y damos prisa a todos. Lo que quiere decir que una buena noticia de allá mataría la única incomodidad y nos permitiría estar tranquilos y alegres todavía por meses y años.»

Del Dionisio «Poeta», del «hombre» y del «político», escribí a su muerte tres ensayos publicados en la «Revista de Occidente». Ahora queda, por él mismo dibujada, su personalidad de soldado y sus inquietudes de patriota.

Murió, como ya se dijo, a la vista de la tierra prometida, y mucho se preguntan que, de haber sobrevivido, qué hubiera sido políticamente en la España de hoy. Los más superficiales y rutinarios piensan que habría sido anulado, lo que es un gran error, porque si es cierto que él nunca habría sido rival de nadie en la pugna por la obtención de cargos ejecutivos y lucrativos, como orientador y crítico, ¿quién con autoridad como la suya? ¿quién con su autenticidad y con el caudal de experiencia que ya la vida había acumulado sobre él, quién al enfrentarse con él hubiera podido resistir el poder de su dialéctica política y la ejemplaridad de su conducta?

Ramón SERRANO SUÑER

(1) Volvió Dionisio impresionado por aquel paisaje infinito, y también por la bondad y la generosidad que con ellos tuvieron las gentes sencillas, los campesinos del pueblo ruso, en las horas que pudieron convivir con ellos.

 

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