
RELACIONES DE BUENA VECINDAD
ABC, 26 de julio de 1985
Hay un viejo y noble aforismo popular -« ¿quién es tu hermano?, el vecino más cercano»- que es toda una filosofía de convivencia y amor al prójimo. Saber convivir es la clave del orden social humano, el germen de esa creación espiritual del hombre que es la sociedad.
Dada la condición humana, la convivencia ha de ser más cuidada a medida en que sea mayor la cercanía de quienes conviven; por lo que ha de ser correctamente mantenida esa cercanía que es la vecindad. Si la hermandad constituye en la escala de los valores humanos un peldaño importante, hacer, en cierta manera, del vecino un hermano supone una finura de espíritu propia de un alto rango moral y social al dar a las frías, ocasionales, relaciones de vecindad, un contenido de simpatía, y aun de cordialidad, como lo tuvo en el Derecho catalán -el «Recognoverunt Proceres» conjunto de normas relativas a la vecindad en Barcelona.
Esta conducta de relaciones de buena vecindad, que fue delicadamente practicada por nuestros mayores, hoy, en nuestro ambiente social, se pretende romper algunas veces -y de hecho se rompe- para dar paso a la insolidaridad más degradada y más cerril en el vivir de las gentes que ocupan distintos pisos en un mismo edificio. El deterioro empezó hace algún tiempo cuando Mesonero Romanos en sus Escenas matritenses se refiere a una insolidaridad, o simple desconocimiento mutuo de los vecinos de esta clase de viviendas, cuando jocosamente escribía: "Pregunta a mi vecino don Protasio quién vive al lado, encima o debajo de su apartamento, y se encogerá de hombros, como si le preguntaran dónde está el Imperio del Mogol.» Pero la realidad era, sin embargo, que en situaciones de angustia de una familia, enfermedad o de cualquier desgracia, los vecinos, aun sin especial amistad, ni habitual entremetimiento, asumían espontáneamente funciones de asistencia, de acompañamiento y de socorro.
¿Podríamos hoy afirmar lo mismo cuando en la alta noche, o en la hora sosegada de la siesta (costumbre tan española, pero extendida también por otras partes del mundo y recomendada como saludable por los médicos), la realidad es que la solidaridad vecinal se quiebra, salvajemente, en esta canícula, por ruidos que crispan los nervios, quebrantan la salud de personas delicadas, de edad avanzada, de sueño frágil, impidiendo todo sosiego y posibilidad de trabajo? De parcial allanamiento de morada, de violación de la independencia y la serenidad de otro, pueden calificarse con rigor tales actos, que son una profanación del principio ético y jurídico de que la libertad de cada hombre se limita por donde comienza la legítima libertad de los demás.
Por virtud del Derecho, que es la gran conquista de nuestra cultura, el verdadero orden social y político es el conjunto compensado y armónico de todas las libertades. Y esto ha de ser así tanto en las relaciones entre españoles como de éstos con extranjeros, habitantes en nuestro país por cualquier título o circunstancia, pues si el español les ofrece hospitalidad ellos están especialmente obligados a respetar nuestros derechos, nuestras leyes y costumbres; como con palabras bien medidas ha escrito recientemente ABC: «Es el principio tradicional de la "comitas gentium", de vigencia universal en la diplomacia; esto es, de la cortesía internacional que obliga a la mayor corrección entre las gentes. Y es que en todas las cosas de la vida, pequeñas o grandes, sólo hay una forma vital que es el señorío. Por ello, en una recta estimativa, cuanto más se sea, más obligado se está a servir con mayor rigor, con mayor delicadeza, las normas de recíproca consideración y respeto.»
Es un orden jurídico que ha de ser por todos observado porque es el eje de marcha de la civilización; y aún se necesita algo más, porque en todo problema humano de convivencia queda siempre algo que late vivomás allá de la última coacción sancionadora del Derecho, que es la conciencia. Ella es la gran conformadora de la conducta, y bien puede asegurarse que la conciencia de una comunidad humana se nutre todavía más de ejemplos que de leyes. Es del magisterio moral, insobornable, de los mejores -que ha de tener, claro está, su primera manifestación en el más exacto cumplimiento de la ley-, de lo que un pueblo necesita más que nada.
Romper el silencio con los ruidos incontrolados es otra forma de tortura, de terrorismo, porque junto al terrorismo del robo, del crimen y la sangre, hay un terrorismo psicológico que puede producir, tanto daño como el de los navajeros de la calle.
En las citadas situaciones que denunciamos, agravadas por la diaria reiteración, si advertido el causante rectifica el acto torpe o dañino causado, se ennoblece; mientras que, por el contrario, se envilecen aquellos que después de advertidos perseveran en su actitud jactanciosa. Actitud que en castellano se califica con un vocablo rotundo, castizo y denigrante que es preferible eludir. Velar por el fuero de esta convivencia sirve para evitar, además, que la exasperación pueda contestar con la violencia física.
Decía don José Ortega y Gasset en El espectador - «Soportales y lluvia»- quecuando el hombre se separa del cosmos,del sapo y de la sierpe, crea la ciudaddonde la naturaleza adquiere un prestigiodeleitable, porque con ello -se puedeagregar- ha nacido la convivencia. Puesbien, romper esta convivencia, degradarla,destruirla, a tal equivale la torturadel terrorismo psicológico a que nos referimos;es volver al sapo y a la sierpe, alo incivil.
Cuando Roma dominó a España con sus legiones nos trajo con su civilización y su Derecho, con la ciudadanía – signo de «civitas» - ese hermoso sistema de construcción de casas por manzanas que vino a sustituir al aborigen de chozas aisladas porque con ello acercaba el vivir de unos hombres al de otros; creaba la convivencia; el amparo mutuo en la cercanía, con respeto y hasta una posible hermandad.
El conde Keyserling, para descifrar lo que diferenciaba al mundo occidental del oriental, consideró preciso acudir a las formas usuales del saludo en uno y otro. En Occidente señalaba que todas las formas, entre personas normales, respiraban amor, deseo de felicidad al prójimo: «Adiós», que es decir «que Dios te proteja». A diferencia de Oriente, donde el saludo comporta siempre sólo una fórmula de respeto, aunque no de amor hacia el. saludado. Pues bien, si aquí en España nuestro saludo al vecino tiene aquel contenido; es preciso que nuestra conducta se atempere al saludo; y si esto no se consigue, por lo menos se ha de intentar que nuestra relación de vecindad, a la manera o ejemplo de los orientales, sea por lo menos de riguroso respeto a la intimidad, a la tranquilidad de nuestras vidas y hogares.
Ramón SERRANO SUÑER
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