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PACIFISMO, NEUTRALISMO, AISLACIONISMO

ABC, 11 de marzo de 1986

La paz es una de las inclinaciones naturales del ser humano, es consustancial con su espíritu. Por eso, Plinio definía la guerra como «un atentado contra el género humano». No obstante, junto, o frente, a esa inclinación que existe en el alma de los hombres y de los pueblos, vienen las realidades de cada momento; la pugna de intereses, de ambiciones y orgullos, que los empujan a la fatalidad de las guerras: al hecho brutal de la guerra, que nunca es un derecho. Pues queda lejos la doctrina romana de la llamada «concepción contractual de la guerra», una especie -de contrato tácito, aleatorio, por el que las partes convenían en resolver sus diferencias; y los juicios de Dios, en la Edad Media, que daban la razón al vencedor.

Como también han sido superadas las doctrinas de nuestros teólogos San Agustín y el padre Vitoria, que sentaron la tesis de guerras justas y guerras injustas; por cierto, frente a algunos heterodoxos que afirmaban que al cristiano no era lícito guerrear. Ante la crueldad que toda guerra lleva consigo, no puede hablarse de guerras justas; recientemente, la Conferencia Episcopal Española ha proclamado que todas son esencialmente injustas.

La realidad puede ser, sin embargo, el hecho de la guerra; una realidad ante cuya presencia los pueblos se ven obligados a tomar posiciones; y la que arranca de su deseo natural de paz es la «neutralidad», con la esperanza de no verse implicados en los conflictos armados. Pero éstos tienen en nuestros días una complejidad tan grande que hace muy difícil - lo sabemos por experiencia- mantener esa postura.

Las reglas y los usos del Derecho internacional y los derechos y deberes entre neutrales y beligerantes, reglamentados en los Convenios de La Haya, tuvieron poca efectividad en la última guerra, fueron desconocidos o negados por los beligerantes. Con hipocresía y juegos de palabras, bajo la denominación de zonas militares de guerra, fue implantado el bloqueo, con lo que el pabellón de un país neutral no pudo ya cubrir mercancías vitales, trigo, petróleo, etcétera, para su propia subsistencia, a pesar de no ser contrabando de guerra. La neutralidad, pues, fue violada y no se mantuvo un orden jurídico internacional efectivo que garantizara los derechos de los países neutrales. De tal manera que éstos se vieron en la obligación, para vivir, de tomar otras actitudes menos definidas teóricamente que esa neutralidad que no les protegía, y a buscar resquicios oportunistas, para proceder en cada caso según sus conveniencias y sus intereses, como las circunstancias aconsejaran. Eran pueblos que, queriendo abstenerse de intervenir en la guerra, no podían ser neutrales, por la destrucción que de la neutralidad habían llevado a cabo las naciones que estaban en la guerra, y se dieron situaciones tan extrañas como la llamada de «no beligerancia»; o que pueblos que hicieron de la neutralidad fundamento de su política, como Suecia, permitieran el paso por su territorio de soldados alemanes armados.

Hoy, para ser neutral no basta querer serlo. En las actuales circunstancias del mundo, la neutralidad puede resultar imposible, y la defensa de un pueblo aislado es más imposible todavía. Es cierto que en las dos guerras mundiales, la de 1914-1918 y la de 1939-1945, España pudo mantener su neutralidad. Haberla logrado, repitamos, fue casi milagroso; pero, con todo, aún latía en una y otra, aunque con signo distinto, el afán de permanecer en un sistema político - equivocado o no-, mas en definitiva europeo. El profesor Juan Velarde, en excelente artículo, hacía notar que esas dos neutralidades «calaron muy hondo en el pueblo español» y dieron lugar -o acrecentaron- al sentimiento aislacionista que venía formándose y manifestándose desde el desastre del 98, dando paso a un abúlico desinterés ante la vida internacional y sus, problemas.

Querer aislarse, despreocuparse o desentenderse de todo sistema de alianzas en relación con el mundo, es cosa distinta de querer, de sentir, de defender la paz, porque en las futuras guerras no parece que será posible permanecer neutral, y ante el hecho de la guerra -que no depende de nuestra voluntad y del que no podemos desentendernos- todas las naciones necesitarán estar en condiciones de defenderse, y el aislamiento sería la manera de hacer imposible la defensa. Ahora, con los medios bélicos de que se dispone, potentes en velocidad, precisión y efectos destructivos, nos veríamos afectados por ella, quisiéramos o no. Seríamos tierra «nullíus», a merced del primer ocupante, campo para su colonización, base de operaciones para su guerra. El aislacionismo es propio de pueblos pequeños, deprimidos, sin futuro.

Saliendo al paso de lo contradictorio de esta reflexión con el ejemplo de Suiza, -hay que decir que su postura tradicional no significa aislamiento, sino todo lo contrario. Significa una conciencia internacional profunda, porque Suiza es punto de convergencia de todos los pueblos que allí, por tácito o expreso con sentimiento, tratan o dirimen sus cuestiones exteriores; por eso, el suizo es un pueblo vivo, atento a lo internacional, es decir, todo lo contrario de un pueblo aislacionista.

Y digamos que la mejor tradición española nunca fue aislacionista, sino todo lo contrario, con su vocación europeísta y de universalidad. Prescindiendo de antecedentes más remotos, desde la creación, con la clave medieval de Compostela, del Camino de Santiago o de los Peregrinos, columna vertebral de la cristiandad, hasta los reinados de los Austrias, en que España llega a gobernar Europa entera. Así, pues, nuestra mejor tradición es europeísta y universal, y nuestros caminos son los caminos del mundo.

Sólo después de la desdichada Conferencia de Viena, de nuestras guerras civiles y del desastre del 98 apareció en España esa conciencia aislacionista, robustecida, como decimos, por nuestra neutralidad en las dos guerras mundiales, dando la espalda a esa tradición a la que la realidad nos obliga a volver, porque el aislacionismo no es la mejor manera de defender la paz. Hay que dar un paso adelante.

Si nuestra vocación es de paz, nuestro camino ha de ser Europa.

 

Ramón SERRANO SUÑER

 

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