El día 28 de abril, como se hace cada año en esa fecha, se ha celebrado en la iglesia de San Ginés un sufragio por el alma de Benito Mussolini, al que los italianos llamaron su Duce. Siempre que he estado en Madrid he asistido a esas misas, primero porque como cristiano creo en la virtud de los sufragios y también porque Mussolini fue amigo mío y de mi patria y yo guardo fidelidad en vida y en muerte a esa doble amistad.
El tiempo, los cambios históricos de perspectiva, y hasta un conocimiento crítico y mejor de los hechos pasados, pueden proporcionarnos una imagen diferente de los hombres a los que hemos admirado y un juicio distinto sobre el valor de sus empresas públicas que en su tiempo pudieron inspirarnos entusiasmo sin límite. Pero ningún cambio de estimación ideológica sería bastante fuerte para desligarnos del afecto que en su momento nos inspiraron aquellos hombres, ni para eclipsar ante nuestros ojos los valores ciertos que en ellos conocimos. La administración, la agradecida amistad y la piedad que obliga a interesarnos por el alma de nuestro prójimo (y no el formalismo de una identificación política que hoy podría no tener sentido) nos empujaron a la iglesia a unos pocos amigos.
Ramón SERRANO SUÑER