Mi detención
Aplastada la sublevación, los grupos de milicianos incontrolados aumentan y se apoderan de la calle y de la ciudad. Ya, para las personas con alguna significación política, e incluso sin ella, la vida no valía nada. Yo me refugié, primero, con mi mujer y los tres hijos muy pequeños que entonces tenía, en una pensión de la calle de Velázquez, de unas señoras de Oviedo conocidas de mi familia. Allí recibí la visita de mis hermanos que habían sido movilizados por la Jefatura de Obras Públicas al servicio del Ejército, a los efectos de replantear la construcción de fortificaciones en la Sierra. Mi hermano Fernando me dijo: “Nos hemos podido pasar esta mañana con toda facilidad. Hemos estado a pocos metros de ellos” (de los nacionales). Yo le contesté: “¿Por qué no os habéis pasado?” Y él, mirando a los niños respondió: “¿Y estos niños?” (Mis hermanos podían, entonces, circular por la calle por razón de la circunstancia expresada).
Las contadas personas de las que estaban en la pensión, y que tenían posibilidad de salir a la calle o de recibir alguna noticia, empezaban a hablar de las matanzas que se estaban ejecutando en todo Madrid; especialmente contaban que llevaban a los militares a la Casa de Campo, para fusilarlos.Ramón SERRANO SUÑER