
La sublevación del ejército el 18 de julio de 1936 no solo fue una tragedia nacional y el comienzo de la guerra civil, fue también una tragedia personal para don Ramón Serrano Suñer; que muy pocos días vivió la cárcel, dos simulacros de fusilamiento en el Parque del Oeste de Madrid y el asesinato de dos de sus hermanos, José y Fernando, fusilados en las tapias del Cementerio de Aravaca.
De momento recogemos en esta página el relato que hizo años despueés el propio don Ramón en su libro “Entre el silencio y la propaganda” así como la carta que don Ramón, muchos años después escribió con destino a sus hijos y a sus nietos en un momento difícil de su larga vida.
MI DETENCIÓN…
Aplastada la sublevación, los grupos de milicianos incontrolados aumentan y se apoderan de la calle y de la ciudad. Ya, para las personas con alguna significación política, e incluso sin ella, la vida no valía nada. Yo me refugié, primero, con mi mujer y los tres hijos muy pequeños que entonces tenía, en una pensión de la calle de Velázquez, de unas señoras de Oviedo conocidas de mi familia. Allí recibí la visita de mis hermanos que habían sido movilizados por la Jefatura de Obras Públicas al servicio del Ejército, a los efectos de replantear la construcción de fotificaciones en la Sierra. Mi hermano Fernando me dijo: “Nos hemos podido pasar esta mañana con toda facilidad. Hemos estado a pocos metros de ellos” (de los nacionales). Yo le contesté: “¿Por qué no os habéis pasado?” Y él, mirando a los niños respondió: “¿Y estos niños?” (Mis hermanos podían, entonces, circular por la calle por razón de la circunstancia expresada.)
Las contadas personas de las que estaban en la pensión, y que tenían posibilidad de salir a la calle o de recibir alguna noticia, empezaban a hablar de las matanzas que se estaban ejecutando en todo Madrid; especialmente contaban que llevaban a los militares a la Casa de Campo, para fusilarlos. Estando en esa casa de la calle de Velázquez, un día oí por “Unión Radio”, de Madrid, una alocución de Indalecio Prieto en la que se refería a los desmanes y a los crímenes que se estaban enseñoreando de la capital. He recordado y repetido muchas veces la emoción de aquel llamamiento suyo en el que pedía a la juventud “pechos acerados para el combate y piedad en la retaguardia”.
Al hacer acto de presencia en la pensión una persona ajena, un poco sospechosa, comprendimos que había que salir de allí. Mi mujer y los niños se refugian en una pensión de la Gran Vía, donde por el momento, resultan desconocidos. Y a mí me dice mi amigo Ramón Feced que puedo ir a vivir con ellos a su casa de la calle de Villanueva, y así lo hago; pero al día siguiente, a las 11 de la noche, estábamos precisamente Feced y yo mirando a la calle desde el balcón -discretamente, claro- y, de pronto. vimos parar un coche del que descendían un miliciano y un guardia de Asalto, y en seguida comprendimos de qué se trataba. Subieron; quedó en la puerta de la casa el guardia y entró el jefe de aquella pequeña fuerza, que era un hombre joven, de estatura corriente, más bien delgado, y que iba vestido con pulcritud. Llevaba una camisa azul celeste que era, según creo, la de los comunistas y unos cordones. Preguntó por mí y se encerro conmigo en el comedor de la casa, y allí empezó el interrogatorio.
La primera pregunta era (conocía mi parentesco con Franco): “¿Cómo es posible que ese hombre no le haya prevenido a usted de la fecha, etc.?” Yo le dije: “Porque esa comunicación resultaría muy difícil o peligrosa.” Después preguntaba insistentemente sobre lo que yo sabía de los propósitos de Franco en el Alzamiento. Especialmente me preguntaba también con Gil Robles, con Cándido Casanueva, con la Monarquía…
Desde la casa de Feced, el miliciano me llevó a la de mis hermanos; allí hizo un registro y encontró en un bureau una serie de recordatorios y cartas de pésame con motivo de la muerte de mi padre que había ocurrido unos días antes. “Como usted puede comprender -le dije- con esta desgracia no hemos tenido ánimos para ocuparnos de nada”. Entonces el hombgre contestó: “Pues acompáñenme” (Siempre me habló de usted.) Antes me despedí de Ramón Feced, de su mujer, y de un matrimonio, Fagalde, amigo de los de los Feced y creo que vecino. Me subieron a un coche con otro guardia más y salimos por Cibeles, Gran Vía, al Parque del Oeste, nos adentramos en él y me interrogo de nuevo el miliciano. Me manifestó que de ese servicio que hacía necesitaba obtener algún resultado: “Yo necesito llevar datos importantes y usted tiene que dármelos. No quisiera perjudicarle. De otra manera tendré que sancionarle”. “Yo no sé más”, le respondí. “Tendrá que saber”, insistía él. Y ante mi nueva negativa, dijo que lo sentía mucho y me llevó junto a un árbol, volvió a reunirse con uno de los guardias y los dos me apuntaron con los mosquetones. Yo en ese momento, ante lo irremediable, recé, pero en seguida me di cuenta que pasaban unos segundos, y vi que aquel hombre volvía al árbol y me llevó de nuevo a donde estaba el guardia de Asalto, me repitió que quería salvar mi vida, que él también era un “burócrata”. (Era un poco pedantillo.) Me habló de que trabajaba en un Juzgado. “En cierto modo somos compañeros”, dijo. Insistió en lo de las relaciones de Gil Robles y de Casanueva con la Monarquía, y de Franco con la Monarquía “Creo que no existen esas relaciones”, es lo que yo añadí. Y entonces me llevó por segunda vez al árbol y tuvo lugar otro simulacro de fusilamiento. Pasaron de nuevo unos segundos y se volvió a aproximar a mí diciéndome: “Bueno, como le he dicho, no quiero matarle”. y me llevó al “Radio Comunista” que habían instalado en la “Editorial Católica”. Allí me dejaron completamente solo en un local grande. A los diez o doce minutos de estar allí, por le extremo opuesto de donde yo me encontraba, cruzó una perosna a la que yo conocía. Luego supe de quién se trataba: era Ángel Laborda que trabajaba en dos periódicos de la casa. Este hombre me miró, y me hzo el efecto de que en lugar de encontrarme con caras torvas, daba la sensación de que me miraba con gesto humano. Pasada como una hora de todo esto, entró otra vez el miliciano en cuestión y me subió a un coche que nos llevó a la Dirección General de Seguridad, donde me entregó, diciéndome al despedirse: “¿Tiene usted alguna dieta pendiente de cobrar en las Cortes? Si quiere sela cobro yo.” “Pues mire usted -le dije-, desgraciadamente no tengo ninguna.” “Bueno, pues yo le entrego aquí. Yo le entrego; no soy un asesino. Me llamo Luis Mena…”
(Laborda explicó años más tarde que en esa hora que yo estuve en el “Radio Comunista”, no sé si él u otra persona, se pusieron al habla con el Honorato de Castro, Diputado de Zaragoza; Laborda -de Tarazona- era paisano y amigo suyo. Honorato de Castro era de “Izquierda Republicana”, yo no le había tratado antes, pues no era corriente en aquel momento de tanta pasión política -que era casi de odio- que hiciéramos entonces amistad; sin embargo, aquel hombre, cuando más tarde estuve preso en la “Clínica de España”,me vino a hacer una visita; tengo el deber de recordarlo en su honor y de decir también, por este y otros episodios, que mientras en zona roja era feroces las bandas de asesinos -y los crímenes más numerosos que en la nuestra- se conservó allí la tradición humanista en muchs de las personas con situación política importante; yo he de citar como ejemplo este caso, y los de Bugeda y Prieto, porque tengo de ello experiencia y conocimiento. Naturalmente que hubo excepciones en este plano -monstruosas- como Largo Caballero, la Kelken, etc.)
Terminada la guerra, yo tuve gran interés en localizar a aquel miliciano, que dijo llamarse Luis Mena, que observó conmigo el comportamiento que acabo de referir, para que me hablara honradamente, porque si no tenía las manos manchadas de sangre, me consideraba en el deber de protegerle, ya que conductas así no eran, desgraciadamente, frecuentes en uno ni en otro lado. Pero no se pudo dar con él. Quizá muriera en el frente.
TRES MESES EN LA CÁRCEL…
Cuanodo llegué a la Dirección General de Seguridad ya había amanecido. Era muy temprano, las siete de la mañana, y estaba llena de detenidos; habían hecho en la noche una redada en san Martín de Valdeiglesias. Materialmente no se cabía. Era toda gente molesta y desconocida para mí. Yo estaba rendido. Me tumbé, como pude, en el suelo, que estaba muy húmedo, y me quedé dormido dos o tres horas. Cuando me desperté me encontré con el profesor Carlos Ruiz del Castillo, con quien yo tenía una cierta relación. Me visitó allí, también, Sanz Beneded que era médico de la Dirección General de Seguridad. Estuvo muy afectuoso conmigo e incluso intentó hacer algo por mí. Sobre las diez y media de la noche nos metieron a unas pocas personas en un coche celular. Venía también María Josefa Richi, y allí le dio un ataque de nervios, gritando ¡que nos llevaban a la degollina! Me depositaron en la cárcel y después de los trámites normales en la Dirección de aquel centro me subieron a la galería de “políticos”.
Al poco rato de llegar a la cárcel me acosté. Al día siguiente, al levantarme, yo era, como todo el que llegaba, la novedad para los presos políticos que allí estaban, y todas las preguntas y atenciones recaían sobre mí: Allí se encontraban don Melquiades Álvarez, don José Martínez de Velasco, los ex ministros Álvarez Valdés, Rico Avello y Salas; el conde de Santa Engracia, el doctor Albiñana, Fernando Primo de Rivera, Ruiz de Alda, los diputados Esparza y Salort; Fernández Cuesta, Sancho Dávila, Manuel Valdés, tal vez Aguilar, Panizo, algún otro falngista que no recuerdo. En aquellos momentos todavía no se estaba materialmente mal en la cárcel; peor podía ser vivir en casa de la ciudad, vigiladas y a merced de la visita de milicianos y guardias de asalto, y pese a nuestra angustia e incertidumbre charlábamos y discutíamos sobre el drama español y sobre nuestra seguridad.
La Cárcel Modelo era, en alguna medida, el sueño de los perseguidos. Creían don Melquiades Álvarez, Martínez de Velasco y otros compañeros de prisión que habíamos tenido la suerte de haber sido recluídos en “la Modelo”, pues era la única cárcel que estaba en poder del Gobierno, como lo demostraba el personal de Prisiones y los guardias de Asalto, que no habían sido sustituidos por milicianos, como ocurría, en cambio, en las otra cárceles habilitadas: San Anton, General Porlier, Duque de Sesto, y la nueva de mujeres de las Ventas.
Teníamos, pues, jurisdicción exenta, y la vigilancia interior seguía a cargo de oficiales del Cuerpo de Prisiones, y la exterior la montaba una compañía de guardias de Asalto. El “cuerpo de guardia” de éstos estaba al final de la galería de “políticos”, y a través de una puerta “condenada” les oíamos hablar, y por ellos mismos nos enterábamos de la situación caótica de Madrid: ya la ciudad estaba rodeada del cinturón de las personas asesinadas todos los amaneceres.
¿Se podría pensar que el Gobierno permitiera en la cárcel “oficial” un desafuero sangriento, que de cometerse habría de estremecer al mundo civilizado?, se preguntaba don Melquiades que ofrecía su talante de gran tribuno -a quien había admirado como orador Ortega y Gasset y Azaña-. Yo no participaba de aquellos optimismos, y así lo hacía constar claramente en las discusiones, añadiendo que, a mi entender, el Gobierno estaba totalmente rebasado y no podía impedir la acometida de las hordas, si esto se producía. Por eso hice lo que pude -poco- en la Dirección General de Seguridad para no ser trasladado a “la Modelo”, sin conseguirlo. Don Melquiades se sentía seguro, no le importaba que le oyeran los vigilantes -al contrario- y su alma inquieta no descansaba por muchas rejas que se pusieron a su ente físico. se pronunciaba indignado por lo ocurrido con el general Goded en Barcelona, haciendo grandes elogios de su inteligencia y de su cultura. Precisamente don Melquiades tenía designado a Goded como Ministro de la Guerra en un momento en que estuvo a punto de construirse un Gobierno reformista o de concentración liberal, que él iba a presidir. En aquellas horas tremendas, atroces, protestaba del dolor y la ruina a que nos llevaban por u camino de sangre a la Patria y a la humanidad. “Y todavía -añadía- en esta hora, se dan la mano sobre el crímen, y así nos presentan al mundo.” Todo esto -repito- lo decía en voz alta para que lo oyeran bien los sicarios, “resaltando el gesto del Ejército nacional para salvar a España de la vergüenza y el vilipendio”.
Yo conocí en la prisión a un Melquiades Álvarez afectuoso, cordial, muy distinto de aquel otro que, en general, para las gentes de derechas de Oviedo, era la mismísima encarnación del demonio.
Con Ruiz de Alda hablé especialmente de su hazaña con el Plus Ultra y me interesaron mucho las puntualizaciones y precisiones que me expuso. Era un hombre bueno y de los que veía con más claridad nuestro oscuro destino que afrontó con gran entereza. Con Fernando Primo de Rivera hablaba principalmente del futro de José Antonio y la “Falange”; era hombre de talento y conservaba una gran serenidad ; tuve la impresión de que él, hasta pocos días antes del asalto a la cárcel, conservó un cierto optimismo. Un día me enfadé con los jóvenes falangistas que ya conocían la jerga carcelaria y se enzrzaron (desde las ventanas) en un combate de insultos con unos “chorizos”. Consideraba yo que toda prudencia era poca, para mantenernos libres de cualquier incidente que pudiera traernos peores consecuencias. Tuve palabras un tanto agrias con los falangistas. Fernando Primo de Rivera permanecía callado y colocando una mano sobre mi hombro me dijo: “Hay que disculparles. Son muy jóvenes, han recibido muchos golpes, y se desahogan de esta manera”. Después añadió: “Estos chicos no saben lo que es la “Falange”, solo un poco Fernández Cuesta“. Fernando Primo Rivera había sido el verdadero apoyo político de José Antonio.
El caso del doctor Albiñana fue muy diferente pero revelador. Era Diputado a Cortes y en los primeros días del Movimiento se refugió en el Congreso, dormía allí en una habitación contigua al botiquín, y se hacía llevar la comida en un bar próximo. Se sentía en su casa por ser un Diputado de la nación. Mas, hacia el 28 de julio se presentó en la Cámara el Vicepresidente, señor Fernández Clérigo, quien en nombre del presidente Martínez Barrio le dijo que abandonara el edifico. El doctor Albiñana le hizo ver que eso era tanto como perdirle que muriera, ya que tanto sabía que estaba perseguido y acorralado. A esto respondió Fernández Clérigo que ellos temían un asalto al Congreso, y le exigió que se marchara. Entonces, en el mismo coche oficial del Vicepresidente del Congreso, y acompañado de éste, se fue a la “Cárcel Modelo”, no sin que recibiera promesa solemne de que su vida sería respetada “como las de todos los presos”, según frase de los señores Martínez Barrio y el propio Fernández Clérigo. ¡Extraña manera de llevar a la muerte a un Diputado en coche oficial y acomodado por la autoridad que tenía la obligación de hurtarle a la persecución y al crímen!
EL GENERAL CAPAZ
En el patio de la galería 1.º-pues él no estuvo en la galería de políticos- es donde conocí personalmente al general Capaz. De su personalidad y prestigio sabía ya, naturalmente, con anterioridad. Y recuerdo, de mi época de Diputado, que en una sesión de Cortes, al principio del año 1934, siendo Lerroux Presidente del Consejo de Ministros, comunicó a la Cámara que el coronel Capaz había ocupado pacíficamente el territorio de Ifni -”Santa Cruz de mar Pequeña”- con el auxilio de la aviación española y de acuerdo con los franceses. “Santa Cruz de Mar Pequeña”- con el auxilio de la aviación española y de acuerdo con los franceses. “Santa Cruz de Mar Pequeña” era la aspiración de España en su política marroquí, desde hacía más de dos siglos. El territorio había sido descubierto por el español don Diego de Herrera, que allí instaló un castillo. En los tratados concertados por España con Marruecos se le había concedido a nuestro país solamene el establecimiento de una pesquería:
El deseo de ocupar el territorio de “Santa Cruz de Mar Pequeña”, se había manifestado en todos los tratados diplomáticos desde que en 1777 Jorge Juan pretendió tal empresa y vino afirmándose luego con el tratado de Tetún del año 1870, y en los concertados con Francia en 1904 y 1912. España invocó siempre sus derechos seculares para reivindicarlo. El nombre de “Santa Cruz de Mar Pequeña” es el que había venido figurando en todas las negociaciones diplomáticas,y sólo a partir de 1883, en una nota de Mohamed Vargas, Ministro del Sultán, aparece por primera vez el nombre de Ifni unido al de “Santa Cruz de Mar Pequeña”. Anteriormente, en los mismos tratados árabes había aparecido siempre mencionado con el nombre español.
El anuncio que de la ocupación de aquel territorio hizo el Jefe del Gobierno a la Cámara, diré que fue aplaudido con unanimidad y con entusiasmo; con la única excepción del Diputado comunista Bolívar; no sé si olvido alún otro nombre.
La satisfacción de los diputados canario fue grande, dada la importancia que por razones de vecindad tenía Ifni para Canarias. Las Islas Canarias estaban unidas entonces a la península por una línea de aviones que tenía que ir a Cabo Jubi para después saltar la isla de Gran Canaria; en lo sucesivo tendríamos un territorio donde, en casos de emergencia o de otra índole, poder aterrizar.
El coronel Oswaldo Fernando Capaz había sido confinado en Canarias durante el Gobierno de Azaña, pero en la preparación y dirección de la ocupación de Ifni demostró -posiblemente una vez más- excepcionales condiciones militares y políticas, por lo que fue ascendido a General de Brigada. En los días que vivió -hasta el 22 de agosto- nos paseábamos juntos por el patio de la cárcel durante las horas que se nos permitía hacerlo y me hablaba con la mayor seguridad en la victoria, ya que los militares -me decía- tenían un Ejército perfectamente organizado y jerarquizado, mientras que el Gobierno republicano, aunque contaba con algunos jefes y oficiales valerosos y competentes, carecía de soldados disciplinados, cosa que agravaban las interferencias políticas. Y así fue. Con igual seguridad me decía que nuestra situación -la de los presos- no tenía salida si no llegaba en seguida el Ejército nacional a Madrid, momento en que tendríamos que adueñarnos de la prisión arrollando y desarmando a los milicianos y vigilantes, pues que de otra manera nos matarían a todos.
Era Capaz un hombre íntegro, razonador, serio y respetable. Nunca hablaba de sus méritos y jamás toleró la menor vejación de los milicianos ni entabló con ellos conversación. Fue allí, para todos, paradigma de dignidad, integridad y aplomo. El Gobierno de la República lo encarceló por haberse negado a organizar y dirigir unidades para combatir al ejército alzado en armas contra el Gobierno del Frente Popular. “Yo soy un jefe -decía- que manda soldados, no turbas alborotadas.”
Luego tuve mucha información de la que había sido su brillante carrera militar, con extraordinarias dotes de mando y gran firmeza de carácter. Fue desde muy joven un gran conocedor de los marroquíes que le admiraban y respetaban de manera especial. Hablaba -dominaba- el idioma árabe y al frente de la Harka que llevó, e hizo famoso su nombre, alcanzó un prestigio enorme entre los moros, que por sus virtudes, su valor en el combate, y su singular personalidad, lo consideraban como un “santon”. Su acción política fue muy hábil y eficaz como “Interventor”, primero y más tarde, al ejercer el cargo de “Delegado General de Asuntos Indígenas”.
También estaban allí, en la cárcel, el viejo general Fernández de Heredia -yerno de Weyler- a quien no conocí de Capitán General de la V Región en Zaragoza; el general Navarro y otros muchos jefes y oficiales.
MUÑOZ GRANDES
Asimismo encontré en la Cárcel Modelo al entonces teniente coronel, jefe que había sido de los guardias de Asalto, Agustín Muñoz Grandes, al que tampoco había tratado antes: curiosa persona. Él tenía un sistema más práctico: decía que lo importante era salvar la vida como se pudiera, sin claudicación, claro es, pero con prudencia. Andaba o se sentaba con frecuencia solo, en un rincón, iba descamisado con una especie de alpargatas, sin afeitar, se reunía poco con los demás; conmigo habló mucho en dos o tres ocasiones. Sufría por no poder fumar cuanto acostumbraba, aunque de vez en vez lograba un cigarrillo o lo fumaba colectivamente con quien fuera. Como había alcanzado gran prestigio en su cargo de Jefe de los guardias de Asalto, cuando -lo que ocurría alguna vez- llegaban a la cárcel algunos de esos guardias detenidos o presos -por huir ante el enemigo o escaparse del frente-, en seguida se le presentaban y le saludaban con gran respeto, y él, animándose, les decía: “Bueno, muchachos ¿qué ocurre? ¿Cómo venís aquí?” A lo que ellos, como jusitficándose, contestaban: “¡Oh, mi Teniente Coronel, es que no se puede resistir, han llegado los Regulares y los Legionarios que llevan unos lentes negros muy gruesos y un aparato con el que echan gas “humífero” que nos ciega y entonces avanzan y nos desarman con toda facilidad, y así no hay quien aguante.”
Este relato pintoresco y absurdo de los guardias lo he recordado mucho y lo referí al llegar a Burgos precisamente porque creo que tiene un valor de síntoma extraordinario en relación con la depresión psicológica y moral que había en aquellas semanas de septiembre y primeros de octubre en Madrid, por lo que los que estábamos dentro teníamos el convencimiento de que si entonces unas unidades del ejército, con legionarios y regulares, se hubieran decidido a entrar en Madrid, creíamos todos -repito-, civiles y militares, que la resistencia hubiera sido nula, o muy escasa, y que la resistencia hubiera sido nula, o muy escasa y que posiblemente la operación de Madrid se hubiera acelerado con éxito. Claro está que comprendo que esto lo sabíamos los que estábamos dentro de Madrid y que desde fuera, no teniendo una gran información como seguramente era difícil tener, se ignoraría esta circunstacia, y equivocadas razones de prudencia determinarían que no se realizara operación que se consideraría aventurada.
El Mando nacional (Franco, Mola, Yagüe o quien fuere, nosotros allí nada sabíamos con precisión) no tuvo en cuenta aquel factor psicológico tan importante -o al menos no estaba seguro de que las cosas fueran así y no lo valoró suficientemente- cuando se planteó el problema de si ir, dando un rodeo, a Toledo para liberar el Alcázar, o marchar directamente a Madrid por el camino más corto. Luego tuve ocasión de leer que cuando Franco decidió lo primero, esto es, ir a Toledo, el general Kindelán, que estaba en Cáceres con Franco (si no me equivoco), se manifestó en término parecidos a éstos: mi General, esto nos puede costar perder la oportunidad de entrar pronto en Madrid; y que Barroso, entonces Teniente Coronel, y Jefe de Operaciones muy capaz, le dijo a Franco con gran contrariedad: ¿por qué no ir a Madrid cuando el enemigo huye y arroja las armas al suelo?
Discutan los competentes este extremo de tanto interés. Yo no estoy en condiciones de hacerlo por razón de mi incompetencia; ni conozco las consideraciones de orden técnico -seguramente fundadas- para que se procediera como se hizo y se prolongara la guerra en tres años.
El tema todavía se sigue discutiendo. Es indudable que la decisión tomada obedecería a criterios técnicos, pero hay que admitir que éstos en ocasiones están sujetos a error y son contrarios a estados psicológicos y depresivos, o a posibles movimientos imprevistos del destino, o no ponderados suficientemente. No nos encontramos en el campo de las ciencias exactas, ni por un lado ni por otro; esto es, ni por los que aplauden la decisión tomada, ni por los que la censuran por entender que la contraría era la acertada, pueden admitirse como dogmatismos indiscutibles.
Con la terrible experiencia de los que vivíamos en Madrid, pensamos que la falta de moral de sus defensores en los últimos días de septiembre de 1936 ofrecía posibilidades para su ocupación, teniendo en cuenta, además, que la reacción desesperada de tanta gente perseguida en gran peligro, para la que, por ello, jugarse la vida no tenía ya la menor importancia, y cuya gran ilusión era la de incorporarse al Ejército nacional, hubiera constituido gran ayuda para éste.
Hay que recordar la debilidad de las fuerzas que defendían Madrid, pues sólo a fines del mes de octubre hicieron su aparición las “Brigadas internacionales” que ya eran unidades organizadas militarmente y con mandos profesionales.
Situación, aquélla, dudosa; incompatible con afirmaciones absolutas. Es abusivo, en este punto como en tantos otros, argumentar fanáticamente sobre la inconfiabilidad de nadie; y si de los que trató entonces, como alguna vez se dijo, era de ahorrar vidas y sufrimientos, surge, con toda legitimidad, esta pregunta: ¿Es que dentro de Madrid no había vidas ni sufrimientos?
LAS MATANZAS EN LA CÁRCEL MODELO
Continuamos en una relativa tranquilidad del 5 al 12 de agosto. Pero un día, apareció un suelto en el periódico Claridad, órgano de Largo Caballero, que era una verdadera incitación contra los detenidos en la “Modelo”. Decía que dentro de aquella cárcel había muchos fascistas y que entre éstos figuraban también numerosos vigilantes. Al día siguiente desaparecieron dos de ellos, de los que no se supo más.
Tres días después el mismo periódico iniciaba vilmente una campaña contra nosotros y contra los presos de la galeria primera. El día 17 -y por primera vez- se presentaron en la cárcel las milicias socialistas o comunistas, según vimos. Nos quitaron todos los vales y cartones representativos de nuestro escaso dinero depositado en la Dirección, las pequeñas alhajas -relojes, anillos, medallas y estilográficas- y los libros y papeles. Fernando Primo de Rivera salvó mis medallas y las suyas escondiéndolas en las caperuzas metálicas de los antiguos conmutadores de la luz.
El día 20 volvieron las milicias. Esta vez los registros se extendieron a las cinco galerías de la prisión. pero nosotros -todavía en la de “políticos”- no fuimos molestados. Supimos que los energúmenos desnudaron a los presos, les abrían las mandíbulas para ver si ocultaban algo en la boca y los trataban a empellones y culatazos.
El día 21 amaneció en la cárcel con una extraña inquietud en los ánimos. Llegaban a nosotros mil rumores por esos caminos ignorados que recorren las malas noticias, y vimos -desde el corredor de “políticos” se divisaban los patios, el de la galería primera y el que estaba próximo a la calle de la Princesa- cómo entraban y salína grupos de milicianos con fusiles y metralletas. Poco después, los grupos de presos comunes estaban arremolinados y de entre ellos, un liniciano subido en un lavadero, los arengaba con gran vehemencia. Le siguió en la improvisada tribuna una mujer jóven, vestida con un mono de miliciano, con pistola al cinto y ciertos detalles de buen gusto en el atuendo. Como se hizo un silencio profundo, pudimos escuchar algo de lo que les dijo: entre otras cosas, que serían puestos en libertad si se sumaban a la causa de la República. Los presos eran tods vagos y maleantes. La mujer se apellidaba… (prefiero no dar su nombre).
A las nueve de la mañana un grupo de milicianos subió a nuestro departamento de “políticos” para practicar un nuevo registro. El registro fue brutal. Nos quitaron lo poco que nos quedaba, hasta las fotografías de nuestras mujeres y de nuestros hijos. A la hora de la comida volvieron y esta vez se llevaron las ropas. Por eso casi todos los que fueron asesinados murieron en pijama. La cárcel tenía ya un aspecto horrible. Allí hervían las pasiones y la furia del crimen se propagaba por todos los patios y galerías.
En las primeras horas de la tarde fueron puestos en libertad la mayor parte de los vagos y maleantes. Los que quedaban, sin duda de acuerdo con los milicianos, fingiendo una protesta porque tardaba su liberación y prendieron fuego a sus petates. De la galería salía un poco de humo, que quedó remansado en el aire ardoso del siniestro verano. Casi instantáneamente escuchamos infinidad de denotaciones y un griterío angustioso y escalofriante. Desde las azoteas de las casas fronterizas al patio de la “galería primera” se disparaba, con armas emplazadas allí, contra los presos que se paseaban por e patio de la galería bien ajenos al simulado incendio. Aquellos presos era casi todo jefes y oficiales de la guarnición de Madrid, ya que los detenidos por delitos comunes habían sido libertados un par de horas ants, como ya hemos apuntado. La confusión fue grande y resultaron alcanzados por las balas unos treinta o cuarenta presos. El general Capaz, serenamente, como si estuviera en un campo de batalla, comenzó a mandar, vio dónde estaban los ángulos muertos y distribuyó en ellos a la gente, con lo que se evitó una horrible matanza.
Los muertos y heridos quedaron allí, en el patio, junto a las tapias, durante toda la noche, bajo el silencio agujereado de vez en vez por el ruido de los tiros.
Todavía, en el fragor de aquella cacería de estos presos, subieron a la galeríad e “políticos” carios milicianos. Eran las seis de la tarde. Esta vez venían acompañados de unos oficiales de Prisiones. “Desde aquí -dijeron- habéis disparado. Cada uno a su celda y en posición de firmes, al lado de la cama…” Suponíamos todos que nos habían metido en los petates el arma acusadora, que se trataba de un truco preparado; previmos nuestro próximo fin. No fue así, y no encontraron nada; pero nos tomaron la filiación a todos, y cuando algunos desfiguraron su apellido, los oficiales de Prisiones corregían la “equivocación” y nos señalaban, por tanto, a la furia de nuestros perseguidores.
El grupo volvió una hora después y los milicianos, como si estuvieran de broma, empezaron a preguntarnos sobre cuestiones políticas. Entraron en la habitación de Primo de Rivera, y uno de ellos gritó: “¡Aquí está el chuñp este!” Otro prosiguió con el mismo desvergonzado talante: “Pues tiene puesto un buen mono. Vamos a ver si se lo quitas.” Y le obligaron a ello poniéndole las pistolas en el pecho. Pero poniéndole las pistolas en el pecho. Pero uno quiso zarandearle, y entonces Fernando Primo de Rivera le dio un terrible puñetazo en la frente y le hizo rodar por el suelo. Contra lo que esperábamos todos, la reacción de aquellos cobardes fue la de respeto y temor. Entonces, Primo de Rivera dijo así, y lo recuerdo perfectamente: “Tú eres un ladrón; pero si alguno tiene un ideal sincero, yo le digo que no nos conoce. Si vosotros nos conocierais estaríais con nosotros…” Esta escena terminó a las ocho de la noche. Cuando los milicianos se fueron y estuvimos todos reunidos en la pequeña galerçia que nos servía de comedor, Fernando Primo de Rviera me cogió del brazo y me dijo: “Lo que acaba de ocurrir es feroz. Yo ya no puedo aguantar más.”
A las nueve de la noche oímos con espanto un ruido bárbaro en la escalera. Ocho facinerosos irrumpieron en la galería. Portaban todos pistolas y metralletas. Uno de ellos, muy moreno, casi negro, con el pelo alborotado cayéndole sobre los ojos feroces. Otro con unas polainas de soldado, una camisa deshilachada, y un gorro de una forma extraña y ridícula. Otro más, en fin, con el torso sudoroso al aire. “¡Éstos son nuestros! -gritaron-. Son nuestros, como toda la cárcel. Vamos a matarnos aquí, en fila, por fascistas y traidores… “Nos encomendamos a Dios. Nos alineamos. Primo de Rivera era el primero de la fila. Le preguntaron y le insultaron. A todo esto él respondió: “Podéis matarme porque sois cobardes y tenéis la fuerza. Pero que nadie ponga la mano sobre mí”. A Ruiz de Alda le arrebataron un reloj, precisamente el que llevaba en el hidroavión Plus Ultra. El propio Ruiz de Alda se lo dijo al miliciano, y éste le contestó: “Mejor; con eso tiene historia.” Al llegar al almirante Salas, éste, creyendo que les iba a causar mucho efecto, movido por el natural institnto de conservación, les anunció con cierto tono olemne: “Yo soy el almirante Salas, ex Ministro republicano de Marina.” En el acto, el miliciano que interrogaba exclamó soltando un taco: “¡Ah, entonces, cabroón, tú eres Giral!” (Giral había sido Ministro de Marina y entonces era nada menos que jefe del Gobierno.)
Cuando terminó aquel interrogatorio brevísimo, nos dieron órdenes de salir y bajar. Nos llevaron cogidos de los brazos fuertemente. (Aquella noche quedó rota la tradición de un trato especial de los “políticos” con separación de los presos comunes. Todos los regímenes habían observado ese trato especial. Después -y ahora- ha sido lo mismo un “chorizo”, un “perista”, un ratero, un golfo o un bandido, que un hombre preso por unos ideales políticos limpios de sangre. Todo esto lo destruyeron las turbas aquella trágica noche de agosto de 1936, y aún no se ha reparado totalmente que sepamos. Yo tengo el penoso recuerdo de alguna visita que hice a un hombre de tan alta categoría moral, intelectual y política como Dionisio Ridruejo, durante una de sus estancias en la cárcel de Carabanchel: “Aquí estoy -me dijo- entre el Lute y el Medrano…”)
Llegamos así al “clavo”, o sea, al centro donde convergen las cinco galerías. Allí habñia una gran muchedumbre de milicianos y milicianas con fusiles, y confundidos con guardias de Asalto y oficiales de la cárcel. Era la plebe sin freno, oliendo a sangre, con todos sus institnos más primarios, desbordados y en tensión. Entramos en la primera galería. Los presos que allí se encontraban por haberse librado de la cacería de la tarde, estaban sentados en el suelo con la vista fija en “el puente” que servía de observación a los vigilantes de turno. En ese puente, milicianos y milicianas con sus mosquetones apoyados en la barandilla montaban la guardia, y debajo, ya en el suelo de la galería, un hombre joven, sucio, desgreñado, las crenchas le caían sobre las orejas y la frente, estaba sentado ante una mesita pequeña llena de papeles. hubo un apagón de luz y dos cirios le alumbraban, cuyas rojizas hacían bailar en las paredes sombras desdibujadas y rápidas. Cada vez que recuerdo la escena siento la misma angustia. Sabíamos que pared por medio estaban los muertos y heridos de la tarde anterior sin asistencia alguna, bañados en su propia sangre.
Nos ordenaron que nos setásemos en el suelo. Así pasaron unos minutos hsta que llegó al “puente” de la galería un grupo que mandaba un miliciano. “¡Cuidado! -gritó-. Acabamos de ser nombrados para el Comité de la cárcel, y nada se hará aquí sin nuestro consentimiento…” Protestas, discusiones, recogida de papeles, entradas, salidas, y así hasta medianoche. Melquiades Álvarez y Álvarez Valdés estaban juntos, sentados en el suelo. Mientras esperábamos nos hacían objeto de insoportables vejaciones. Las mujeres se distinguían en esta obra feroz. Nos denigraban con bajos insultos y todos hacían objeto de su predilección al doctor Albiñana, y a don Melquiades Álverez. Éste, con gran serenidad, se volvió y dijo: “¡Miren que tener que aguantar estas vejaciones de tales miserables después de haber empleado mi vida en defensa del pueblo, y así hasta que llegue la hora de que nos fusilen!” A esto asintió Álvarez Valdés, y entonces don Melquiades que con su palabra cálida -aun en aquel trance- era el gran orador, protestó indignado de la mentira de quienes así deshonraban a la República.
De aquellas entradas y salidas de nuestros verdugos y de las palabras sueltas que a nosotros llegaban, dedujimos que lo que discutían era si nos fusilaban en masa a todos los que estábamos en la galería o sólo a los políticos. Oímos decir: “A estos, que son los “gordos”. Que vendgan los de la primera fila”. Y fue elegida la ya fúnebre comitiva: en ella iban Melquiades Álvarez, Martínez de Velasco, Álvarez Valdés, Albiñana, Rico Avello, Santa Engracia, Primo de Rivera, Ruiz de Alda, Jose Gómez (chófer del general Primo de Rivera), Esparza, Salort y cuatro falangistas. Creo que los llevaron al sótano o a un patio de otra galería, y cinco minutos después oímos las descargas.
De lo que allí aconteciera nada se sabrá, porque la muerte selló sus labios, es decir, supimos -porque los asesinos, indignados, lo comentaban a voces- que todos murieron con altivez grente a los verdugos; uno de éstos comentó: “Ha habido miserables de ésos que han gritado ‘¡Arriba España!’” Y entonces las mujeres, como furias, volvieron a insultarnos.
Hacia las dos de la madrugada sacaron los cadáveres del sótano y los pasaron ante nosotros. Los llevaban en escaleras de mano, a modo de parihuelas, con unos lienzos mal echados sobre los cuerpos yertos. Al iniciarse este desfile siniestro me decía el almirante Salas: “Tapese los ojos que todo esto es muy desagradable.” La fatiga física nos vencía. como en sueños, en aquella penumbra tristísima, yo vi que varios milicianos salían de la galería al patio con pequeñas linternas y oí que gritaban: “¡Ese que llaman el general Capaz!” Lo sacaron de la galería, no lograron atarlo, como pretendían, y a empellones lo llevaron al sótano. Al salir, dijo en voz alta: “¡Cobardes, miserables!” Presenciamos esta escena emocionante: un ayudante suyo -teniente o cápitan Galera- que estaba junto a él irrumpió en el grupo diciendo: “Quiero morir con mi General” y aquellos energúmenos contestaron: “Pues muy bien.” Salió con ellos pero al fin no lo mataron.
al tenerse noticia de estas matanzas en la Cárcel Modelo y de la muerte de Melquiades Álvarez, Indalecio Prieto se presento con su escolta allí -no sin pasar sus apuros y tener que sortear algunos conatos de violencia- y dijo al jefe más o menos improvisado que había en la cárcel: “La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido ya la guerra.”
Pasada toda entera la noche alucinante, rotos los nervios de todos los que nos salvamos por mero azar, ya entrada la mañana nos encerraron en celdas de la galería; a cuatro o cinco en cada una aunque eran unipersonales; estuvimos durante algún tiempo en la misma Montarco, Vadillo, un catalán apellidado Casas y yo. Nos tuvieron dos dísa incomunicados, “chapados”. Al tercer día las abrieron y pudimos hablarnos sobre el mismo suelo de la tragedia y en el mismo patio de las matanzas. Sentíamos la necesidad de pensar que ya lo peor había pasado y vivimos unos días monótonos y como insensibilizados.
De nuevo volvimos a las tensiones de antes pues empezaron “las sacas” de prisioneros casi todas las noches; “los responsables” abrían alguna celda y sacaban de ella a una o varias personas para llevarlas a la muerte. En ese ambiente de inseguridad teníamos estados de ánimo cambiantes: unas veces -muchas-, es humano, teníamos miedo, otras concebíamos alguna esperanza de salvarnos y nos aferrábamos a la ilusión de vivir; otras, cuando pensábamos que no era posible que saliéramos con vida, en las horas de mayor elevación espiritual, nos confortaba la fe, rezábamos y esperábamos serenamente nuestro fin. En ocasiones llegamos a desearlo. ¡Quién qeu no haya conocido aquellos horrores, que muchos ni siquiera son capaces de imaginar, podrá entender todo esto!
Unos días fue la desesperación lo que estuvo a punto de imponerse: era lo que llamábamos “La Machada”. Principalmente los más jóvenes y varios militares pensaron -exasperados- que sólo esta operación tenía posibilidad y sentido: lanzarnos en avalancha sobre milicianos y vigilantes, desarmarlos y pasarnos a las posiciones que a pocos metros -unos ochocientos- ocupaban los nacionales. El teniente coronel Muñoz Grandes vino a hablarme para decirme que él desarobaba el proyecto: “Si hacemos eso, con la mayor probabilidad sucumbiremos todos; de otra manera, es muy probable que usted, yo, y otros, caigamos aquí, pero como el Ejército se acerca, cualquier día pueden cambiar las cosas y muchos de éstos acabarán salvándose.” “La Machada” no tuvo, desgraciadamente, realidad. ¿Qué hubiera ocurrido? Contra toda previsión lógica nosotros dos, el Teniente Coronel y yo -también algunos más- nos salvamos, y en cambio gran número de aquéllos fueron fusilados días después.
¡La barbarie y el azar en las guerras civiles!
EJEMPLOS DE VALOR MORAL Y FÍSICO
Hubo allí muchos otros altos ejemplos de valor moral y físico. Personaliad muy relevante fe la del teniente coronel de Estado Mayor don Carlos Noreña. Se encontraba en madrid cuando el Alzamiento tuvo lugar y fue en seguida requerido por el entonces Subsecretario del Ministerio de la Guerra, general Castelló, amigo suyo, para que organizara rápidamente una División que saliera al encuentro de los sublevados que avanzaban hacia la Sierra. Noreña contestó al requerimiento preguntándole a Castelló si era un ruego que hacía al amigo o si se trataba de una orden del General- Y como éste manifestara que se trataba de un ruego al amigo, respondió que no podía complacerle porque no iba a traicionar al Ejército del que formaba parte, y que se había rebelado contra los crímenes que culminaron en el asesinato de Calvo Sotelo. Entonces el general Castelló respondió que se lo ordenaba como General. Y cuadrándose ante él, Noreña dijo que así también le desobedecía. Conducido a la cárcel -donde le conocí y traté- fue juzgado por el “tribunal popular” y condenado a muerte, después de manifestar que de haberle sido posiblese hubiera incorporado al Ejército nacional.
En nombre del Gobierno francés, el Encargado de Negocios de la Embajada en Madrid pidió su indulto invocando la condición de Diplomado de la Escuela de Guerra de París y Caballero de la Legión de Honor. El Gobierno republicano contestó que concedería el indulto si se prestaba a servir en el Ejército rojo, a lo que Noreña se negó una vez más. Una hora antes de ser fusilado recibió en la cárcel a su mujer y a sus hijas, muy pequeñas, para que le instaran a rectificar su conducta. Pero contestó que prefería morir dejando a sus hijos el ejemplo de su muerte. Momentos antes escribió una carta que se conserva como ejemplo en el Estado Mayor del Ejército.
Interrogado un día el general Vicente Rojo, Generalísimo o Jefe Supremo que fue del Ejército republicano, sobre qué personaje del bando adverso o admiración, contestó: “De los militares, guardo una especial admiración hacia el teniente coronel Noreña, del Cuerpo de Estado Mayor, que se dejó sacrificar antes que adoptar una actitud contraria a sus sentimientos políticos y personales.”
Otro caso fue el del capitán de Pontoneros Álvarez Paz. Oyeron decir los milicianos que allí seguía aún vivo y fueron inmediatamente por él. El capitán tenía los ojos brillantes por la fiebre del iluminado. Conservaba arrogante su postura, serenidad en su idealismo. El grupo de milicianos se le acercó preguntándole: “¿Tú eres el canalla que asesinó a nuestro camarada el coronel Carratalá?” A lo que contestó: “No; soy el capitán Álvarez Paz, que mató con su pistola a un jefe que faltando a su honor de soldado, facilitaba la entrada en el cuartel a los grupos ávidos de crímenes y saqueos en los primeros momentos, para que se apoderasen de las armas.”
A un hijo de Fanjul que era médico -joven, bondadoso y simpático- y estaba detenido por su apellido, le pidieron -él mismo se ofreció con toda generosidad- que curase a varios heridos, y cuando terminó su humanitaria tarea lo fusilaron.
Otro de los presos era el coronel Ortiz de Landázuri que fue condenado a muerte y después indultado; pero al ver que fusilaban a algunos de sus compañeros pidió correr la misma suerte que ellos… y fue complacido.
Aunque no estuvo allí con nosotros, merece especialísmo recuerdo, en unión de estos ejemplos, el coronel médico de Sanidad Militar y director del Hospital Militar de Caraabanchel el 18 de julio, don Federico González Deleito, que fue asesinado por las milicias comunistas el 15 de agosto de 1936. Deleito tenía muy brillante historial médico, militar y científico. Había sido médico de la Academia de Infantería (fue el que “tallo” a Franco en el reconocimiento médico para ingresar en la Academía de Infantería, circunstancia a la que con detalle me referiré en otra ocasión) y de la Fábrica de Armas de El Fargue (Granada) y de Toledo. Director de la Clínica Psiquiátrica de Ciempozuelos Profesor de la Academia de Sanidad Militar, colaborador de muchas revistas profesionales y autor de numerosos libros científicos, perteneció a la comisión enviada por el rey Alfonso XIII a los campamentos de prisioneros durante la Guerra Mundial de 1914 a 1918, siendo condecorado por los gobiernos de Francia y Bélgica por su humanitaria labor.
Este coronel-médico Deleito fuera de la cárcel -repito- y cumpliendo heroicamente con su deber al frente del hospital de Carabanchel, murió asesinado por este motivo: Al iniciarse la guerra civil, el general López Ochoa se hallaba procesado “por excesos en la represión del movimiento de Asturias”, a disposición de la Sala Sexta (Justicia Militar) del Tribunal Supremo. Por enfermedad, alegada por la defensa y estimada por la Sala, López Ochoa estaba en el Hospital militar de Carabanchel. Un Ministro republicano , don Augusto Barcia, antiguo defensor del general en un recurso contencioso-administrativo contra una decisión de la Dictadura de Primo de Rivera, trató de salvarle. Barcia había pertenecido a la citada comisión nombrada por Alfonso XIII para visitar los campos de concentración de los países beligerantes de 1914 a 1918 y por esotoconocía a González Deleito. Y le rogó que, si era necesario, fingiese la “muerte por enfermedad” del general López Ochoa, y que dispusiese la salida “como cadáver” para que de esta forma pudiera esconderse y salvarse. Pero alguien interceptó esta comunicación y ya fue inútil todo intento de aquella tan fúnebre como habilidosa posibilidad de salvación.
Dos veces se intentó por milicianos la extracción del General. La primera vez llegó a tiempo una sección de guardias de Asalto. La segunda, grupos de milicianos asaltaron el hospital para asesinarle, y no sólo se llevaron al General sino que también asesinaron al coronel González Deleito que había tratado de impedir la tragedia. Decapitaron al General y pasearon su cabeza.
Es digno, pues, recordar con honda emoción a un médico que se deja sacrificar por intentar salva la vida de un enfermo que se encuentra en el hospital de su dirección. Por estas razones he pensado que bien merecía un homenaje post mortem dándole su nombre al hospital que tan heroícamente dirigió, y que hoy lleva el de Gómez Ulla. No pretendo quitar méritos a este otro médico militar y libre de todopeligro. Pero yo he dado siempre gran importancia a estas cosas de estilo. Es decir, al valor que siempre tiene cuidar el estilo.
EPISODIOS PINTORESCOS
Como casi siempre ocurre, dentro de las grandes tragedias hay algún episodio pintoresco y hasta cómico. Recuerdo que entre los presos que se refugiaron en los ángulos muertos del patio, después del tiroteo antes descrito, se hallaban un Coronel de Intendencia y sus dos hijos, militares también. El coronel se parecía mucho a Ossorio y Gallardo: obeso, pesado, con las piernas cortas, el vientre prominente, la barbita corta y rala, y la cabeza medio calva, con raya de espina de pescado. Los milicianos de las linternas buscaban a “los gordos” del pario. Y uno de aquéllos, al tropezarse con el Coronel, gritó: “¡Sinvergüenza! ¡Tú eres el canalla de Ossorio y Gallardo!” Y prosiguió: “Este embustero no se nos escapará ya. “Y llamó seguidamente a sus compañeros. El Coronel exclamó: “¡Yo no soy Ossorio y Gallardo! Soy un Coronel del Ejército y aquí están mis hijos y mis amigos que pueden atestiguarlo.” Y tras unos momentos de dudas se libró de la matanza.
Dentro de estos recuerdos pintorescos está el caso del general de Caballería don Felipe Navarro y de Ceballos Escalera, barón de Casa Davalillos, padre del conde de Casa Loja que fue durante muchos años en El Pardo Jefe de la Casa Civil. De pronto, un miliciano abrió la puerta de la celda donde estaba tumbado en su camastro el general Navarro. Como le preguntase el miliciano que cómo se llamaba, el General le dio todos sus apellidos, su profesión y su t´tiulo nobiliario. Al oír esta relación gritó el interrogante: “¡Entonces tú eres el de los cien mil muertos de Monte-Arruit!” A lo que replicó el General: “Hombre, no tantos, no tantos.” El que interrogaba tan descaradamente al General era un jovenzuelo a quien Navarro interrogó a su vez con cierta ironía: “¿Y tú cuántos años tienes?” A estó contestó el joven que tenía veinte años. Entonces el viejo general le dijo, ya con seriedad militar: “¿Y por qué no te vas al frente?” El muchacho quedó desconcertado y se marchó de la celda.
Unas semanas más tarde, por una disposición oficial, se ponía en libertad a los septuagenarios, beneficio éste que alcanzaba al General que, con la natural alegría, se despidió de nosotros diciendo: “Y ahora, en cuanto llegue a casa, lo primero que voy a hacer es darme un buen baño.” Pero he aquí que a los pocos días recibió la visita de otro grupo de incontrolados que lo fusilaron.
Otro de los presos era el conde de Los Villares, artillero, amigo personal de Alfonso XIII, que había sufrido un año antes la desgracia de perder a un hijo suyo muy querido en accidente de automóvil. Villares llevaba siempre en su cartera las últimas cartas que su hijo le había enviado, y que, naturalmente, empezaban con las palabras “querido padre”. Cuando registraron su celda los milicianos, y desde luego la cartera que era lo que más les interesaba, al leer las cartas creyeron haber hecho un descurimiento: “¡Ah, entonces tú eres un cura…!”
Tristes recuerdos: ¡la guerra civil! (Advierto ahora en este capítulo la repetición de las palabras de Prieto, ya recogidas en otros. No me importa. Los españoles que vivieron en Madrid el horror de aquellos días, la encontrarán legítima.)
Mi evasión
Antes de entrar en el tema, antes de explicar mi evasión de la zona republicana, materia de ese capítulo, me interesa mucho puntualizar algo referente a unas afirmaciones de Julián Zugazagoitia en un libro suyo aparecido en el año 1940. Zugazagoitia, buen escritor, hombre inteligente, que fue Ministro de la Gobernación de la República y de Defensa, durante nuestra guerra civil, alude en ese libro a la liberación de Fernández Cuesta y a la mía, pero existe entre las dos una diferencia fundamental: él salió de la zona roja canjeando, mientras que yo lo hice por mis propios medios y de la manera más arriesgada. Para mí no hubo canje, excepcional recurso que rara vez se usó. Entre otras razones, porque su utilización individual, singular, irritaba, a miles de personas que tenían en zona roja parientes o amigos expuestos a los más graves peligros. Ontológicamente y, mejor, diríamos existencialmente, todas las vidas humanas valen lo mismo. Y querer establecer entonces, por medio de juicios de valor, una gradación discriminatoria en razón de méritos personales, políticos, etc., era empresa delicadísima aunque se encomendara a los varone más justos y competentes, los que, dicho sea de paso, no tuvieron allí presencia.
Por el contrario, en ocasiones, personas sin ningún mérito ni valía a quienes sólo su vanidad autoproclamó personajes importantes en zona nacional, alegando tan falsa condición, intrigado para satisfacer su egoísmo, obtuvieron por esa vía de canje el rescate de sus familias -que se componían de mujeres sin relieve y niños que ni siquiera corrían ningún peligro o, por lo menos, peligro especial -y, a cambio de ellas, las autoridades de nuestra zona que entonces se ocupaba de materia tan delicada, dejaron salir para la otra zona a personas de gran relevancia, por ser familia del más destacado jefe del Ejército republicano, con menoscabo de otros muy ciertos valores españoles y sometidos a los mayores peligros, para cuya salvación debieron haberse reservado estos rehenes importantes. Los canjes así realizados eran, por consiguiente, privilegios arbitrarios, inmorales e injustos y actos de licencioso egoísmo. Por lo que hubo que cortar el sistema o, mejor dicho, la falta de sistema.
Lo primero que resulta del testimonio de Zugazagoitia -vida noble sacrificada, como otras aquí y allí, en el torbellino de la revolución-, es que yo no salí canjeando de la zona republicano sino por mi cuenta y riesgo, y voy a explicar ahora, sin la más pequeña omisión, todas las circunstancias en que mi escapada de Madrid se produjo.
Zugazagoitia afirma en su libro: “El interesado -es decir, yo- ha explicado su evasión en declaraciones a la prensa, de una manera bastante convencional. Además de su voluntad, tengo la convicción moral de que intervinieron en su liberación otras voluntades más eficaces y decisivas. Entre ellas, quizá, la de algún colega suyo en la corporación de abogados del Estado, titular de una alto cargo en el Gobierno de la República… “La explicación que poco después de llegar a la zona nacional di yo a la prensa la califica Zugazagoitia de “convencional”, apuntando asi que yo omití el nombre de la persona -Jerónimo Bugeda- que, en efecto -es ello ciertísimo-, tuvo intervención decisiva para que, como preso -”siempre como preso”, recalco-, me trasladaran de aquel matadero que era la Cárcel Modelo de Madrid, y bajo custodia de guardias de Asalto, hasta la “Clínica España”, sita en un edificio de la calle de Covarrubias, que entonces tenía el número 30. Recuerdo aún el número del teléfono: 33185. (Ahora, aquel edificio , que todavía sigue en pie, corresponde al número 36. La clínica se vendió, se trasladó o se liquidó, y hoy es un ambulatorio del Seguro de Enfermedad. Hace unos años estuve en ese lugar acompañado estuve en ese lugar acompañado del ilustre historiador García Vanero, que deseaba conocer con detalle el episodio. Todo estaba igual: la misma estructura, las mismas escaleras y el hall. Sólo la pintura y los muebles habían variado.)
Pues bien; aquello fue -mucho sin duda- lo que hizo el Diputado socialista Jerónimo Bugueda; pero pese a su conducta conmigo y a sus deseos de salvarme, no pudo conseguir más: Una orden de traslado (lo que, repito, era muchísimo en aquellas circunstancias) desde la cárcel a la “Clínica España”, donde yo fui alojado en régimen de preso. Bugueda no tenía poder ni medios para sacarme de Madird. Que yo silenciara su valiosa y agradecidísima intervención en aquellos momentos era, como es fácil comprender, un elemental deber de discreción para evitarle los riesgos e incomodidades que de otro modo le habrían ocasionado mis declaraciones, cuando fueran conocidas en la zona roja y apareciera él allí como protector del enemigo.
(Después de haberme referido a lo que en ese libro me afecta, diré que debo agradecer a Zugazagoitia que el testimonio dado por él, y en aquellas circunstancias, resulte irrecusable en relación con las ideas y sentimientos de José Antonio Primo de Rivera ante la guerra civil. “Su conducta -escribe aquél- era liberal, cariñosa, y en las horas de encierro tejía sueños de paz, esbozaba un Gobierno de concordia nacional y redactaba el esquema de su política. “En efecto, este deseo de concordia fue una constante en él. Con sus escuadras luchaba en la calle replicando a las agresiones del extremismo, principalemnte comunsta. Y su gran deseo, que muchas veces me manifestó lamentando el retraso con que llegaba, era que un golpe de Estado acabase con la anarquía a la que el país estaba sometido, y que evitando la guerra estableciera la posibilidad de formar un Gobierno de concentración nacional.
Precisamente en mayo de1936, en Alicante donde estaba preso José Antonio, me decía los siguiente: “No hay otra solución que ésta. luego, en un ambiente civilizado, seguiremos luchando para la realización d elo mejor de nuestras ideas realización de lo mejor de nuestras ideas y sentimientos.” Debió advertir José Antonio en mí un gesto de extrañeza porque inmediatamente añadió: “No hay más remedio. Yo he de formar parte de ese Gobierno con representación de las derechas y las izquierdas. Tendré que sentarme en los Consejos de Ministros entre Indalecio Prieto y Calvo Sotelo. Créeme. Sólo así evitaremos los incalculables horrores de una guerra fraticida”.)
Sigue mi detención enla “Clinica España”
Las cosas ocurrieron así: mis inolvidables hermanos José y Fernando permanecían en la calle afrontando todos los riesgos; dedicados, con abnegación y generosidad sublimes al intento de salvar mi vida llevándome, aunque fuera como preso, a un lugar donde yo estuviera prisionero pero sin rejas y donde la evasión, aunque arriesgadísima, jugándome la vida a cara o cruz, pudiera al menos intentarse con alguna probabilidad de éxito. Como mis hermanos eran hombres de bien y de mucho prestigio y consideración en su carrera, no les fue difíciol, desde el primer momento, establecer contacto, al indicado fin, con compañeros suyos pertenecientes a partidos de izquierda. La primera parte del plan consistía en obtener de alguno de ellos la recomendaciión suficiente para que, con el pretexto de mi precaria salud (yo padecía entonces una úlcera de estómago), me tuvieran como detenido -otra cosa no podía pedirse-, en cualquier otro sitio que no fuese la cárcel. La cosa, en cualquier lugar y circunstancia, hubiera sido difícil, si bien es verdad que en aquellas horas caóticas tenía posibilidad, lo que no la hubiera tenido en otras con más orden.
YO, al fin y al cabo, no estaba procesado. Me retenían en una especie de prisión preventiva. Peor como pasaban los dás sin que ese traslado ideal llegara, encargué a mi hermano Pepe -que era el mayor- que tratara de establecer contacto con Bugueda, abogado del Estado y, por enconces, Subsecretario de Hacienda -el Ministro era Negrín-, con quien yo, pese a nuestro enfrentamiento ideológico, había tenido en las Cortes de la República relaciones normales y hasta, si se quiere, afectuosas. Para ello encargué a mi hermano que escribiera una carta como si fuese yo mismo el que la escribía y firmaba (no era prudente que yo lo hiciera en la cárcel), planteándole mi desesperada situación. Pero lo que yo pretendía no debía de resultar fácil ni siquiera para el propio Bugeda, porque pasaron muchos días de incertidumbre y de riesgo por parte mía y de mis hermanos. (Si esto hubiera ocurrido más pronto o si hubiera tenido lugar el canje, creo que mis hermanos no habrían sido asesinados y la vida para mí habría sido bien distinta.)
Por fin, un día a mediados de octubre de 1936 vino a buscarme a la cárcel una pareja de guardias de Asalto, que me trasladó en un coche de la Polícia a la citada “Clínica España”. Allí donde no había otro detenido que to, fui instalado en una habitación del segundo piso, mientras los guardias permanecían en el primero, en una sala de espera abierta al rellano de la escalera, por donde necesariamente tendría que pasar si pretendía evadirme.
En los primeros días yo permanecía todo el tiempo en la habitación que se me asignó hasta que comenzó a establecerse un modus vivendi entre los guardianes y el preso. Así es como conseguí que fueran tomando conciencia de mi ninguna peligrosidad. Pasaba yo muchas horas en mi habitación, maquinando y, alguna vez, leyendo la prensa que me proporcionaba la encargada y un enfermo crónico, buena persona, que nunca supe si él sabía quién era yo, de filiación izquierdista, allí internado. También bajaba con frecuencia a la sala de espera, donde estaban los guardias. Incluso departía normalmente con alguno de ellos. Digo alguno porque la pareja solía ser mixta. Casi siempre uno de los dos era un viejo guardia de Asalto, que por lo general (no todos estaban dominados por el odio) resultaba buena persona. El otro era uno de los muchos milicianos que se habían burocratizado (léase emboscado). Recuerdo que una tarde, uno de aquéllos, de los antiguos, se explayó conmigo: Comenzó a hablarme de los crímenes horribles que se cometían -se refirió a la matanza de Paracuellos- y me dijo que si no fuera por su mujer y sus hijos buscaría un refugio porque ya no podía aguantar más. Entonces yo creí llegado el momento que tanto esperaba y le propuse, aprovechando una breve ausencia del otro guardián (el miliciano) ya que éste solía dejar solo a su compañero para salir a tomar café, comprar tabaco, o darse un paseo, que en aquel momento, o bien en otra ocasión que le dejaran a él solo encargado de mi vigilancia, escapáramos los dos a refugiarnos en una Embajada. Aquel hombre -parece que lo estoy viendo- tuvo un momento de vacilación y a punto estuvo de acceder a mi plan. Pero finalmente no se atrevió.
Yo tenía que aprovechar las horas, porque el peligro de que vinieran a darme “el paseo” en cualquier momento, aunque allí no era tan grande como en la cárcel, podía surgir ante la menor dilación. Bastaba para ello que cualquier grupo de “incontrolados” supiera de mí o de cualquier hostilidad política personal me localizara.
Por aquellos días y gracias a la gestión de una hermana del doctor Eusebio Oliver, acudió hasta mi habitación del sanatorio un Capitán de Aviación, lo que pudo hacer sin dificultad porque iba vestido de uniforme. Se las prometía muy felices y me dijo que pronto vendría a sacarme. Pero pasaron los días y no apareció; mientras yo me consumía en la espera.
Desengañado de estas posibilidades, que parecían entrañar menos riesgo, pensé entonces que podría descolgarme por la ventana del retrete que estaba junto a mi cuarto. Y para ello pedí a mi hermana Carmen -quien con mucha valentía y abnegación me visitaba a diario, mañana y tarde- me trajera una cuerda larga y resistente. Le había sugerido que se la arrollara al cuerpo debajo del abrigo. Pero al día siguiente tuve un gran desencanto cuando la vi aparecer sin la cuerda. “No te la traigo -me dijo- porque ese pequeño patio, por donde pretendes escapar, da a un taller en el que siempre hay milicianos.”
Preparación de mi fuga
Yo me pasaba las horas pensando en hallar una forma para salir de allí. Se produjo una circunstancia que aproveché con éxito: los heridos de metralla que causaban los bombarderos de la aviación nacional eran hospitalizados en el primer establecimiento sanitario que podía albergarlos. Un día ingresaron allí tres de esos heridos. Ello determinó que acudieran a visitarles sus familias y amigos. Entre estas visitas abundaban las mujeres. La clínica se convirtió de repente en un torbellino. Cada día entraban y salían más gentes a todas horas. Yo, entonces, concebí un plan de evasión, que escribí en una cuartilla en mi habitación. Cuando ese día vino a verme mi hermana, le entregué el mensaje con instrucciones de que lo hiciera llegar al doctor Marañón, de quien las familias de los perseguidos se hacían lenguas, por los grandes servicios humanitarios que realizaba, valiéndose de sus buenas relaciones con el personal diplomático extranjero. En aquella carta explicaba a Marañón que los guardias no subían a mi cuarto más que por la mañana, cuando efectuaba el relevo la pareja de noche. Entonces, los guardias salientes hacían entrega del detenido a los entrantes. Y éstos, acto seguido bajaban a sentarse en los sillones de la sala de espera abierta a la escalera.
“Las doce de la mañana -escribía a Marañón en mi carta- sería muy buen momento para mi evasión. A esa hora yo puedo estar preparado con unas meidas puestas y unos zapatos de medio tacón un minuto antes. Me doblaré el pantalón sobre la rodilla sujetándolo con unos imperdibles. Minutos antes habrá llegado mi hermana y yo me pondré su abrigo de señora y una peluca, que también me traerá, junto con una boina y unas gafas blancas (yo entonces no las usaba), porque las oscuras habrían sido, por sí solas, un motivo de grave sospecha.” Esta transformación proyectaba realizrla en escasos minutos, por lo que, a esa hora, las doce y cinco por ejemplo, podría llegar a mi habitación el diplomático que viniera a buscarme. Sin preguntar nada a nadie, aprovechando la confusión que allí había debería subir al piso segundo, primera habitación de la derecha. No tendría más que empujar la puerta y yo estaría, disfrazado, esperándole. Me daría el brazo y así llegaríamos hasta el automóvil, que habría de esperarnos con el motor en marcha y en portezuela trasera entreabierta, aparcado en la calle de Covarrubias, sólo a cinco o seis metros más allá de la puerta de la clínica. Este coche nos conduciría inmediatamente a una Embajada.
Era un plan a la deseperada. Mas no por ello dejaba de estar perfectamente estudiado, como vemos, hasta en los más mínimos detalles, lo que había sido considerando desde la soledad de mi confinamiento. Yo estaba con gran serenidad. Después de leer mi carta el doctor Marañón, persona muy bondadosa que había asistido a mi padre, fallecido pocos días antes del Alzamiento, contestó a mi hermana: “Dígale a Ramón que yo no acepto esa responsabilidad porque estoy seguro de que le matarían.”
Yo tenía que insistir: o afrontar aquel riesgo, o la muerte segura. Y de nuevo entregué a mi hermana unas líneas como éstas para que se las hiciera llegar: “Mi querido doctor Marañón: no le pido que asuma ninguna responsabilidad, porque la responsabilidad de mi escapada es cosa mía. Yo lo que quiero saber es si usted, como encarecidamente le ruego, puede ayudarme. Sé que este intento entraña muchos riesgos, sé que en él puedo sucumbir, pero también sé que tiene algunas posibilidades de éxito y que, si no lo intento, aquí sólo me espera la muerte.” Era esto en los últimos días de noviembre, si mal no recuerdo.
Marañón reaccionó con gran generosidad y diligencia. Y por medio de mi hermana me envió, finalmente, un esperanzador mensaje: “Dígale a su hermano que pasado mañana mismo, a las doce en punto, habrá un coche, tal como él lo propone, con el motor en marcha, dos metros a la izquierda de la puerta de la Clínica España. Y que a las doce y algún minuto subirá a su habitación el señor Schlosser, Encargado de Negocios de la Legación de Holanda.” Este Schlosser (no sé si el apellido debe escribirse con una h antes o despues de la 1) era un judío alemán de los que estuvieron en el Camerún durante la Primera Guerra Mundial. “Si alguien le pregunta cuando vaya a la clínica -había explicado el doctor marañón a mi hermana- dirá que va a visitar a un enfermo. Y si consiguer evitar que le pregunten, subirá, sin más, girará el picaporte de la habitación indicada y dará el brazo a su hermano ya disfrazado.” Y así, efectivamente, ocurrió. A las doce y minutos entraba aquel hombre, duro, fuerte, alto. Yo había realizado ya la operación preparatoria. La mayor dificultad estuvo en que la peluca, con la que tenía que cubrir mi cabeza, era insuficiente. Y aún así mi hermana decía que había tenido apuros para encontrarla, porque en todas partes le dijeron que las monjas las habían agotado. (Se resolvió la deficiencia inclinando hacia el otro lado de la cabeza la boina con que la cubría.) Y así, hecho un verdadero adefesio, con mi burdo disfraz de mujer, un minuto después salía del brazo del señor Schlosser. Era el momento decisivo: pasar junto a la sala de espera del primer piso, donde permanecían los guardianes. Había de hacerlo necesariamente por delate de ellos, junto a ellos. Yo sabía que lo importante era tener la fuerza de voluntad y la serenidad suficientes para no mirar a los guardias, para no atraer su atención. El hecho es que me dominé, y pasamos. Y cuando quise acelerar la marcha, Schlosser, que como digo era un hombre de enorme sangre fría, me dijo con su evidente acento extranjero: “¡Oh, después de una enfermedad larga, como la que usted ha tenido, hay que dominar los nervios!” En tales circunstancias el menor fallo, el más insignificantetitubeo, podía resultar fatal. Recuerod que un instante después, y cuando en el portal tratábamos ya de ganar la calle, se cruzó con nosotros una persona que luego supe que era el doctor Rementería, médico militar, el cual operaba en el quirófano de la clínica. Pero yo no le conocía ni tampoco él a mí. El hecho es que, al vernos, sin duda le llamó la atención mi indumentaria; se paró y se nos quedó mirando. Ena quel instante mi voluntad fue más enérgica que la de Schlosser, quien momnetos antes me había frenado para pasar con éxito, tranquilo, delante de los guardias, y entonces tiré de él corriendo hacia el coche que, efectivamente, esperaba conforme a lo previsto, con la portezuela entreabierta y el motor en marcha. Poco después estábamos en la Legación de Holanda. Había en el exterior un guardia y en el interior, encargados de abrir y cerrar la puerta, dos hombres; luego supe quiénes eran: uno llamado Manzanares era, o había sido, banderillero, muy simpática persona a la que luego de la guerra encontré muchas veces en la Plaza de Toros de Madrid donde estaba de subalterno y nos dábamos al vernos grandes abrazos. Otro era un ruso blanco, un joven alto, fuete y un tanto chiflado, que se llamaba Davidoff. Intrigaba a los demás refugiados instalados en el piso primero quién sería aquel ser tan misteriosamente aislado en la planta baja, donde sólo había unos salones y las habitaciones del Canciller. Al preguntale los otros refugiados al ruso, único que al abrir la puerta había visto al nuevo refugiado, dijo que se trataba de una “tía muy fea”. Pasada la “cuarentena” me visitaron ya algunos en mi encierro; fueron los primeros el conde de Montarco, que ya había sido mi compañero de celda en la cárcel, y el escritor Wenceslao Fernández Flórez, que nos divertía con sus actitudes y manifestaciones furto de su ingenio y de su pánico. Luego ya me pusieron en comunicación con más gente: Fuentes Pila, Pardito -excelente médico colaborador de Marañón-, Buenaventura Muñoz, Sebastián Gómez Acebo y tantos más.
Más tarde, terminada ya la guerra, he coincidido en varias ocasiones con el doctor Rementería, y ambos recordamos el episodio de aquella mañana en que se tropezó, al entrar en la clínica, con alguien disfrazado de señora que salían a la calle. Me dijo que no pensó entonces en que se tratara de mí. De cualquier modo, no comentó nada con nadie, pues él mismo estaba camuflado, a causa de su filiación política.
De la Legación de Holanda al Consulado de Alicante y al “Túcuman”
Para evitar cualquier atentado, pues por entonces se asaltaron algunas Embajdas, me tuviero varios días completamente aislado en la Legación de Holanda, sin que nadie, ningún otro refugiado, supiera que me encontraba allí. Un día tuve la inesperada alegría de que me anunciaran la visita del señor Pérez Quesada, de la Embajada argentina, que era un personaje legendario en el inframundo de los refugiados y los perseguidos, una especie de Pimpinela que realizaba las hazañas más extraordinarias desde le punto de vista del ingenio y del valor. Este hombre, a quien yo personalmente no conocía me dijo: “Tengo el encargo de mi embajador en París, el doctor Lebretón (a quien Marañón se lo había rogado), de llevarle a usted a nuestro Consulado en Alicante. Desde allí, en un barco de guerra, saldrá para Francia, y más tarde se le facilitará el paso a la zona nacioanl.”
Pérez Quesada tenía planteado el gran problema de cuál sería el medio a utilizar para llevarme desde Madrid hasta Alicante. Porque, según me dijo, los controles establecidos en las carreteras, por entonces, no respetaban nada. Como Pérez Quesada era hombre de grandes recursos, se acordó de que un ayudante del general Miaja, el comandante o capitán Fernández Castañeda (que luego del episodio que estoy refiriendo y ya en zona nacional, fue Director General en el Ministerio del Ejército, y se ha retirado últimamente aquí de General de División), habñia ido a decirle que su espíritu y honor de militar no le permitían seguir por más tiempo allí, y que le pedía, por favor, que le ayudara a pasarse la zona nacional. Pérez Quesada le dijo entonces a Fernández Castañeda: “Bien: vamos a un do ut des. Yo tengo aquí a una persona en situación de gran peligro que también ha de salir de Madrid. Usted se las arregla para que su general para que su General le envíe a una misión para el mando militar del Ejército de Levante (y, por supuesto, si puede usted llevar planos o documentos interesantes que, luego, en lugar de entregarlos usted allí, los entrega en Salamanca, tanto mejor). El plan será el siguiente: en su coche oficial, en el momento de salir de Madrid, revogerá usted al señor Serrano Suñer en donde oportunamente se le diga, y también a un militar, al cápitan de Artillería Álvarez Miranda, casado con Matilde Álvarez, hija del político y gran orador Melquiades Álvarez, a quien, como usted sabe, asesinaron en la Cárcel Modelo el 22 de agosto.” Fue así como quedó cerrado el trato.
Al día siguiente, a las cinco de la tarde, José María Jardón de inolvidable recuerdo- vino a buscarme en su coche a la Legación. José María era agregado civil de la Embajada argentina. Me llevó a Núñez de Balboa, 57, la casa de su madre. Era un hotel amplio y una de las varias casas que con pabellón argentino utilizaba Pérez Quesada como refugio de los perseguidos. Recuerdo que llegué allí a eso de las seis de la tarde, pues tuvimos que dar un cierto rodeo con el coche, efectuando varias paradas para despistar. Me instalaron enun salón donde estaban una señora mayor, tía suya, y Juan Manuel Torroba, también parietne de José María. Allí estos buenos señores tuvieron la paciencia de aguantarme y darme conversación hasta las seis dela madrugada, hora en que un coche de la Embajdad me trasladó al domicilio del doctro Hervías, ginecólogo español que estaba camuflado con gran desenvoltura en el que se llamaba “Batallón de Dinamiteros”. Y allí me esperaban ya el capitán Álvarez Miranda y el citado doctor. Antes del amanecer, serían las seis y media de la mañana, hizo su aparición un automóvil dle Ministerio del Ejército: era el del ayudante de Miaja, capitán Fernández Castañeda.
Como digo, salimos de casa del doctor Hervías antes de que amaneciera. Aun hoy, pasados cuarenta años, produce un estremecimiento recordarlo. Nuestro coche pasó por dos controles: uno, en Vallecas, y otro, en el puente de Arganda. Y ya desde allí continuamos el viaje sin interrupción hasta cerca de Alicante. Pero no recuerdo exactamente si fue en Almansa o en Villena, un serio contratiempo nos esperaba: nos habíamos quedado sin gasolina. Y no la había en el pueblo, cosa que creo que entonces ocurría con frecuencia. Mis compañeros ya se disponían a buscar albergue para pasar la noche, cuando yo les hice notar lo peligroso de la situación para Álvarez Miranda y para mí, y que debíamos de intentar, como fuera, llegar aquella misma noche al Consulado en Alicante. A tal fin medigamos gasolina, y entre un garaje y la casa de un pariente del Alcalde conseguimos una muy pequeña cantidad de combustible, con lo que pudimos llegar.
A última hora de la tarde nos depositaron al capitán Álvarez Miranda y a mí en el Consulado argentino en Alicante, mientras que Fernández Castañeda -ayudante del general Miaja- siguió para Valencia, al objeto de ver al General jefe del sector del Ejército republicano, y desde allí, como tenía secretamente proyectado, volvió a Alicante en lugar de regresar a Madrid. Aquí terminaron, en realidad, las etapas peligrosísimas de mi aventura. Porque a partir de este punto ya los hechos se producen en los términos entonces casi corrientes, que otros muchos españoles conocieron, casi sin riesgo.
Pasé varios días en el Consulado argentino en espera de que se cumpliera la última etapa del plan, que consistía en mi traslado por mar desde allí hasta la costa francesa. No quiero dejar de mencionar al cónsul de la República Argentina, don Eduardo Lorenzo Barrera, y a sus hijos, que por fortuna viven, quienes tuvieron toda suerte de atenciones conmigo: era volver a vivir. No quiero olvidar los nombres de las personas que, de formas más o menos decisiva, me ayudaron a escapar.
Una tarde, en las primeras horas, acudió al Consulado un grupo de cinco marineros argentinos que llevaban en la vinta de la gorra el nombre de Tucumán. Los mandaba un personaje fabuloso también, un hombre alto, joven, simpático, con un gran temple: el cabo Velázquez, que me dió un uniforme de marinero, con el que me vestí para sustituir a uno de aquellos muchachos, quien se quedó unas horas en el Consulado a fin de no salir al mismo tiempo que nostros. De esta forma se evitaba toda sospecha para el control que en el puerto íbamos a sufrir antes de entrar en el bote que nos conduciría al destructor Tucumán, pues si alguien había contado los marineros que desembarcaron poco antes, vería que coincidía con el número de los que regresaban, ya que el otro había quedado en el Consulado.
En aquel maravilloso paseo de Alicante, entre palmeras, camino del puerto, respirando el aire que olía a mar, a yodo y a sal, me sentía hombre otra vez, después de la checa, la cárcel, el enierro en la clínica y de tantos horrores que dejaba atrás; que yo creía, entonces, que quedaban atrás, porque ignoraba lo que unas semanas después supe: el hecho determinante del mayor dolor de mi vida, el asesinato de mis amadísimos hermanos José y Fernando, del que ya nunca querría ni podía separarme. Es un recuerdo más fuerte que la vida.
(Y más tarde, desde que vi representada la obra de Bernanos Diálogo de carmelitas, me oprime la escena de auqella monja joven que, por miedo de los crímenes de la Revolución, abandonó el convento, se escondió y luchó para salvar su vida, hasta que al llegarle la noticia de que iiban a dar suplicio a sus hermanas de Religión salió apresuradamente de su escondite y corrió para reunirse otra vez con ellas y morir juntas y morir juntas. Yo no tuve ese consuelo.)
Ignorando entonces, como digo, aquel hecho terrible, me parecía mentira volver nuevamente a pladear la libertad. Y como caminara en el gurpo de marineros con cierta inseguridad y con una inevitable afectación dentro de aquel uniforme que me habñia puesto (yo me sentía disfrazado por segunda vez), el cabo Velázquez, dándome una afectuosa palmada en la espalda, me recomendó: “Ponga atención en estar natural. Piense que es uno más del grupo. Ha de tner usted este desenfado nuestro. Ahora, no lo olvide, es usted un marinero argentino: nada más y nada menos”, me dijo riendo.
Pronto llegamos a la escalinata del puerto donde estaba atracado el bote que nos llevaría al Tucumán. Recuerdo que, al llegar a la escalinata, había un control de la “FAI”: dos hombres con sus clásicos pañuelos rojos al cuello y con sus metralletas. Entonces se produjo otro momento de riesgo (la verdad es que ya se trataba de un riesgo menor) cuando le dijeron al cabo Velázquez, posiblemente sin malicia y como bromeando: “¡Qué contrabando traerás tú hoy!” Velázquez, haciendo gala de una estupenda serenidad, les respondió: “¡Quitar sonsos!” Y mientras decía esto nos empujó un poco por la espalda a otro marinero auténtico y a mí, a los dos, y nos llevó al bote. Cuando ya estábamos en él y con los remos en la mano, gritó con simpática fanfarronería: “¡Porque no es cosa que por estas “macanas” vuestras lleguemos más tarde de la hora que le Comandante nos ha señalado!” Y añadió: “Todo esto se acabará cuando el Gobierno de la República Argentina mande aquí un acorazado.”
Finalmente llegamos al Tucumán. Pero el buque no podía zarpar porque esperaba esperaba un grupo colectivo de refugiados procedentes de Madrid, que habían sido detenidos en Alicante, y las autoridades de la Cruz Roja y del Cuerpo Consular estaban efectuando gestiones sobre la marcha para que fueran liberados y pudieses alcanzar el barco. Venían entre ellos los marqueses de Santa Cruz y Santo Domingo, el coronel Benito, Villegas, Del Moral, José y Tomás Chavarri, la marquesa de Benicarló y una hija, Montortal, Campúa y muchos más.
Durante aquellos días de convivencia con la oficialidad y la tripulación del Tucumán quedé conmovido ante el interés, el cariño y la ternura con que se dedicaban todos a su tarea altruista. El Comandante de la nave, capitán de navío Casari, me recibió con exquisita cortesía y me cedió su camarote. Yo me resistí enérgicamente, pero me dijo que “donde había patrón no mandaba marinero”. Días después, tras la lógica impaciencia de la espera, conducidos desde Madrid por don Miguel Múgica -agregado civil de la Embajada que fue más tarde Ministro de Comunicaciones con Frondizi -llegaba hasta el Túcuman mi mujer y dos de mis hijos. Entonces eran unos niños pequeños, los “pibes”, como les llamaban los impáticos hombres de aquella tripulación inolvidable, que los recibieron con verdadero alborozo, jugando con ellos.
Después de casi veinte días de anclado -corría ya el mes de febrero de 1937-, el Tucumán zarpaba rumbo a Marsella. En el golfo de Lyon, como es allí tan frecuente, nos encontramos con un mar embravecido que azotó el barco sin tregua. Por lo que el pasaje, en su casi totalidad, y la tripulación, en su mayoría, se marearon. Menos mal que a mí este temporal no me hizo efecto; acababa de sufrir otros peores, mucho más peligrosos. Poco después, con mi familia, llegaba a San Juan de Uz, donde los marqueses de Linares nos acogieron con generosa hospitalidad. Y desde allí pasamos a Salamanca.
Estos hechos, tan claros como arriesgados (viven todavía, por fortuna, algunos testigos) son los que quise dejar bien sentados para evitar equívocos y oscuridades, deliberadametne creadas por ruines juegos políticos de quienes o no conocieron sufrimientos semejantes o recibieron trato favorable, canjes y otras protecciones.
Al margen de esta aventura, pero relacionada con una de las persnas que contribuyeon decisivamente a mi salvación, otra dolorosa experiencia me esperaba en Madrid. Pasado casi un cuarto de siglo desde entonces y yo alejado del Poder, cuando España empezó a abrir sus fronteras a los exiliados, un hermano de Jerónimo Bugueda, por su propio sentimiento y el de su mujer y sus hijas, no pudo resistir más la nostalgia de la Patria -habían estado exiliados muchos años en Méjico con su hermano Jerónimo, mi bienherchor- y se presentó aquí. Estaba casado, éste, Marcial Bugueda, con la hija de un oficial del Ejército español, y había conocido el horrible sufrimiento de ver a su padre fusilado por los rojos. ¡La guerra civil!
Este hermano de Bugueda, a pesar de no haber tenido nunca actividad política, al terminar la guerra y dada la pasión de aquella hora, realizó el acto de prudencia de acompañar, por si acaso, al exilio en cuba a su hermano Jerónimo que, como ya he explicado, fue el Diputado socialista que consiguió mi traslado desde la Cárcel Modelo hasta la “Clínica España”, donde pude planear con éxito esta escapada que he relatado. Pues bien, al reintegrarse Marcial Bugeda a la Patria, como pertenecía al Cuerpo de Inspectores Técnicos Fiscales del Estado, solicitó su ingreso en la carrera y recabó para ello mi valimiento. No tengo que decir con cuánta cordialidad e interés presté mi ayuda al hermano del hombre que tan decisivametne había contribuido a salvarme la vida. Porque los deberes que impone la gratitud son para mí imprescriptibles; no hay plazo de prescripción, insisto, por largo que éste sea, que dispense de cumplirlos. (No para todos es así.) Redacté escritos fundamentando su razonable pretensión, escribí cartas, señalando la legitimidadhumana y la equidad de su deseo, a los altos destinatarios; pero no logré mover su corazón. Todo fue inútil ¡Sombría mezquindad! Tuve la confianza y el deseo de que, por otra vía, lo consiguiese y así ocurrió más tarde al fin.
Me parece saludable que en lo que aún queda de la división entre las dos Españas (sería inútil puerilidad cerrar los ojos a esta realidad aunque no exista hoy, como ayer existió, entre ellas una línea divisoria bien visible, o que cuando menos no pasa por las trincheras) los hombres responsables y representativos de uno y otro lado, seriamente, con rectitud y objetividad, recordaran a los españoles que no vivieron los horrores del drama de la guerra civil, que aun los hechos extraordinarios que se produjeron en aquella contienda, las resistencias más admirables y heroicas (el Alcázar, Santa María de la Cabeza, Simancas, Belchite) tienen el dejo de melancolía y tristeza que trasciende de las luchas entre hermanos.
La tarea más importante y urgente está en la creación de un orden para la convivencia; para la educación civil de los españoles, que sólo se logrará por el entrenamiento práctico y real -sin falsificaciones- de sus capacidades. Sólo así se cierra la vía al abuso y al atropello, que conducen siempre, más o menos tarde, a la catástrofe. Solo así, con una conciencia comunitaria profunda, puede darse la continuidad sin fracturas en la vida de un pueblo.
(He seguido casi literalmente en este capítulo el relato que de mi penosa aventura hice en el año 1969 al ilustre periodista Julio Camarero, cuya pluma lo recogió admirablemente en las páginas del periódico Pueblo.)
FIN DEL FRAGMENTO

Perdí lo más grande, las vidas más nobles y generosas, por lo pequeño
Para que mis hijos y nietos recuerden:
Para mis hijos estas noticias, antes de mi muerte próxima, porque si en vida no hablamos bastante de ellos – en un ambiente familiar – con la veneración debida, sería monstruoso cayera en olvido y desconocimiento la sublimidad del sacrificio de sus vidas para salvar la mía, las vuestras.
Mis queridísimos, inolvidables hermanos José y Fernando, fueron asesinados en Madrid el 19 de Octubre de 1936.
Sacrificaron sus vidas heroica y cristianamente para salvar mi vida y las vuestras; sin duda alcanzaron el Cielo y la Gloria de Dios, y desde allí es seguro que velan por todos nosotros, evitándonos males mayores.
Mis hijos eran muy pequeñitos, José 4 años, Fernando 3 y Jaime 1 y no pudieron por eso conocerles en toda su grandeza, y yo no he podido apoyarme, como lo hubiese hecho, en el recuerdo admirativo y cariñoso que de ellos hubieran tenido de haberlos conocido. No tuvieron su presencia moral permanente en un ambiente familiar que, muerta mi hermana Carmen, me ha faltado siempre; por todo ello he vivido en soledad esta tragedia mía, en la que mis hijos de haber sido mayores, me hubieran podido acompañar. No pudo ser así.
Para que mis hijos de alguna manera los conocieran, he querido escribir sobre ellos muchas veces, y no he podido: al intentarlo se me partía el alma sin consuelo, nadie me lo dio, he sufrido mucho luchando y trabajando. Pero, ahora, antes de morir quiero hacerlo para que no queden olvidados, sino recordados con veneración.
Desgraciadamente no se habó bastante de ellos, como merecían, en ambiente de familia con la veneración debida, y ahora, próxima mi muerte – ochenta y ocho años y enfermo – antes de que ésta llegue, quiero recordarlos ante mis hijos y nietos, porque sería monstruoso que cayeran en olvido y desconocimiento la sublimidad de su sacrificio, en lugar de que les recuerden como Mártires todas las generaciones que lleven en sus venas algo de su sangre.
Y me amaron tanto y yo les he querido, necesitado y necesito ahora más que nunca, ahora en los tiempos aciagos; pero desgraciadamente en lugar de tener su simpática, inteligente, generosa, bondadosa, compañía personal no se ha separado nunca de mí – en mi real soledad – el recuerdo de los tremendos sufrimientos que tuvieron que pasar los pobrecitos en sus últimas horas, vejados, maltratados, por sus asesinos que incluso prolongaron su agonía.
La tragedia ocurrió así: En 18 de Julio de 1936 cuando se produjo el Alzamiento Militar y la reacción revolucionaria, ellos – mis dos hermanos – estaban destinados en el servicio de Obras Públicas denominado “Circuito de Firmes Especiales”.
En los primeros días, nosotros, abandonamos la casa, Zita y yo con los niños, José que tendría entonces 4 años, y Fernando 3, teníamos un tercer hijo más pequeño, Jaime, que quedó con su nodriza “Ama Gallega”, muy buena persona, y encontramos refugio, donde nos hacíamos la ilusión de pasar inadvertidos, en una pensión de la calle de Velásquez, en la que la dueña o patrona era una persona de Oviedo conocida de la familia de Zita. Allí, a través de la radio, teníamos noticia de lo que ocurría en España, y abrigábamos la esperanza de alguna solución. No había empezado todavía la depuración de funcionarios de las Carreras de la Administración, y mis hermanos seguían en sus puestos en la oficina y servicio aludidos, pero venían a vernos constantemente, y, además, pagaban la estancia nuestra en la pensión y todo gasto que hiciéramos, porque no nos era posible retirar fondos en ningún Banco, y ellos seguían todavía como funcionarios en activo, cobraban de sus sueldos y disponían de algún dinero.
Encontrándose José y Fernando en esa situación, un día, les pusieron brazaletes con indicación de “Servicio de la República”, y les enviaron – como hicieron con tantos otros – a distintos puntos de la Sierra para los estudios de fortificaciones en la posible defensa de Madrid. Les tocó ir al “Alto de los Leones” en esta tarea. Al volver allí, el primer día, vinieron de nuevo a vernos a la pensión donde estábamos, y me dijeron: “hemos estado muy cerca de ellos, casi hemos podido hablarles, y hemos tenido oportunidad de pasarnos al otro lado con toda facilidad”.
Yo les dije “¿Por qué no lo habéis hecho?”.
Me contestaron: “y estos niños… ¿Cómo íbamos a abandonarles?” “Y a vosotros también…” ¡Pobrecitos! Cuanta bondad, cuanta generosidad… y luego el silencio y ¡el olvido!
A mí me detuvieron unos días después, ya de noche, en casa de Ramón Meced, ex ministro republicano y buen amigo mío de los años de Zaragoza; él era Registrador de la Propiedad en Ateca y ejercía la profesión de abogado enviándome en apelación en muchos asuntos. Me llevaron, primero, en un coche con un guardia y un “miliciano”, al Parque del Oeste donde, por dos veces, me acercaron a un árbol, y me apuntaron con mosquetones en actitud de matarme pero al fin decidieron no hacerlo.
Desde allí me condujeron al “Radio Comunista” que se instaló en la calle de Alfonso XI, en un local de la “Editorial Católica”. Me dejaron allí solo, mucho tiempo, y, después, fui conducido a la Dirección General de Seguridad, donde ingrese en los sótanos abarrotados de detenidos. Al día siguiente, ya con otra gente, me llevaron, en un coche celular a la Cárcel Modelo y allí, tras las diligencias normales de ingreso: como filiación, etc., me subieron a la “sección especial de presos políticos”. En ella permanecí con Melquíades Álvarez, Fernando Primo de Rivera, Ruiz de Alda, Rico Abelló y cuatro o cinco falangistas, hasta las primeras horas de la noche del 22 de agosto. Ese día, por la mañana, había sido asaltada la cárcel, y le grupo de “milicianos”, que dirigía todo aquello estuvo ocupado todo el día visitando todas las galerías de la cárcel, celda por celda, terminando, alrededor de las diez de la noche su trabajo con la de nuestra “Galería de Presos Políticos”. Desde allí después de unos insultantes interrogatorios y de despojarnos de las pequeñas cosas de insignificante valor, que teníamos - relojes, anillos, plumas estilográficas -, nos bajaron a la Galería primera y nos hicieron sentar en el suelo junto a otros muchos presos que se encontraban en esa misma situación. Nos apuntaron con armas desde el extremo de la Galería – “el puente” - y se iba a producir la masacre de todos nosotros, cuando, de pronto, irrumpieron otro grupo de “milicianos” – de la FAI, de Juventudes Socialistas Unificadas, Comunistas, o lo que fueran – y ellos se hicieron cargo de la dirección y gobierno de la prisión. En lugar del fusilamiento en masa, acordaron fusilar seleccionando a los presos de mayor notoriedad para ellos. El hecho es, que allí, o en los sótanos, o fuera del recinto, mataron a aquella noche a muchos presos.
En Madrid se seguía este hecho horrible con gran ansiedad, pero no se dio información completa del mismo con los nombres de los asesinados. Mis hermanos, desde la calle siguieron los acontecimientos con gran inquietud y se dedicaron a buscar en las proximidades de la cárcel, donde se hallaban muchos cadáveres, para ver si encontraban el mío. No vivieron desde entonces ya mis queridos hermanos, hora tranquila, y, cuando supieron que yo estaba vivo, comenzaron a realizar un proyecto que yo mismo tracé y les llegó a través de mi hermana Carmen, que, valerosamente, venía a visitarme a la cárcel todos los días.
Para ello, se pusieron en contacto con Jerónimo Bugeda, diputado socialista, amigo mío, que era a la sazón, Subsecretario del Ministerio de Hacienda, siendo Ministro Negrín; y así conseguir – o sea dificilísima – las órdenes de mi traslado por enfermedad, desde la Cárcel Modelo a la Clínica España instalada en la calle Covarrubias y, desde allí, de acuerdo con el Doctor Marañon, organizamos mi fuga y entrada en la Embajada o Legación de Holanda.
Cuando ya ese plan se estaba preparando, en lugar de decir a mis hermanos que “se escondieran y protegieran adecuadamente”, trastornado como yo estaba, con la locura que me había producido el horror de la estancia en la cárcel, donde, noche y día, abrían las puertas de las celdas para sacar algún preso y asesinarlo, allí o en otro lugar donde se lo llevaban, (en celda unipersonal, donde yo dormía, con cinco presos más, nos espantábamos cuando de madrugada se abría la puerta) yo les dije – a mis abnegados heroicos y fidelisimos hermanos – que “asegurasen bien la operación”, en lugar de recomendarles, y pedirles que “se escondieran pasara lo que pasara” que es lo que debí haber hecho.
Bajo la presión obsesiva de aquella atmósfera terrible de la cárcel, en un ambiente psicológico destrozado –yo estaba con el estado de espíritu de un condenado a muerte sin fijación de fecha concreta para su ejecución-, con una idea deformada de la realidad, yo no me daba bastante cuenta de que ellos, -mis hermanos- podían correr en las calles de Madrid –cuando toda la ciudad era una checa- los mismos peligros que yo. Pensaba, además, que ellos no eran, como yo, Diputados o políticos en peligro. Con esa mentalidad deformada, no les dije lo que debía haberles dicho: “Que no se ocuparan más de mi que ya se habían ocupado bastante, y que se pusieran a salvo de todo peligro”. No lo hicieron así, no se protegieron, siguieron con sus gestiones para mi traslado hasta que se lograse y estando en esa tarea, ya casi lograda, fueron detenidos y asesinados. Todo esto me produce una desesperación constante.
Fueron hermanos tan buenos, tan fieles, tan generosos, tan heroicos, que, conscientes como estaban, del gran riesgo que corrían siguieron sin buscar escondite para estar pendientes, hora a hora, del plan de mi traslado y del principio de mi liberación, hasta el punto, de que, sabedores que unos criminales habían de buscarles, ofrecieron a Dios sus vidas para salvar la mía y las de mis hijos. Así ocurrió que un día los detuvieron, ello terriblemente ocurrió, y nunca he podido quitarme de la imaginación los momentos de su detención en la checa y la brutalidad con que, algún día después, los llevaron separados, cada uno en un coche por razones de seguridad, con dos criminales y al llegar al cementerio separados los mantuvieron hasta que uno de los dos, creo que Fernando, pidió permiso a los criminales que les permitieran darse un abrazo antes de que los mataran. Es de imaginar con que tono y gesto lo autorizarían, pero como el abrazo -¡Dios mío si no puedo seguir! se prolongara los separaron violentamente y los asesinaron en el cementerio de Aravaca. Ellos son Santos lo son sin necesidad de las declaraciones formales que para ello tiene la iglesia un sistema, una especial burocracia.
Cuando por las gestiones que ellos realizaron, llevadas a cabo con tanta diligencia y abnegación, fui trasladado oficialmente desde la cárcel a la clínica, enseguida pregunté con ansiedad por ellos, y mi pobre hermana Carmen, con gran entereza y gran bondad, considerando que yo podía morirme o matarme al conocer la terrible noticia de que habían sido asesinados, me decía que “les habían incorporado a un grupo que trabajaba haciendo fortificaciones fuera de Madrid”. Y ¡cómo estaría yo en situación de anormalidad, que lo creía¡ ; y lo seguí creyendo, hasta que, llegado a Salamanca, me dediqué a indagar dónde podía localizarlos y a realizar gestiones para su rescate, y las hice, especialmente a través de la Cruz Roja, dónde entre los fatuos españoles que allí se ocupaban del gran tema de los desaparecidos, había un extranjero inteligente, y buena persona, que me dió impresión poco optimista, y me dijo que tal vez en Francia me podían dar alguna información. Cogí un coche y me fui corriendo a Biarritz, y allí la información que me esperaba, era la terrible noticia del asesinato de mis hermanos. Desde entonces, en la mas triste y absoluta soledad, he vivido día y noche con el recuerdo permanente, inseparable, de aquellos dos hermanos tan buenos, tan generosos; de sus sufrimientos, de lo horrible que fueron sus últimos momentos, despiadadamente tratados por aquellos asesinos y seguramente recordando a sus seres queridos. Pensando en nuestra Madre, en nuestro Padre, en su gran tristeza ante esa muerte atroz de sus hijos, el mayor José, su Pepito, y el benjamín, Fernando. No he podido ya tener nunca, de verdad, las alegrías normales de la vida. Mi soledad ha sido profunda. Zita que ha tenido otras virtudes y cualidades, nunca supo acompañarme en esta inmensa, horrible, infrecuente desgracia, en algo que está fuera y por encima de las desgracias y las tristezas corrientes en la vida de familia. No me hablaba nunca de ellos, no se refería a su grandeza, como es normal, y tampoco a mis hijos. Y estos, como no se les hablaba de la razón de mi tristeza, no la entendían ni cuidaban. Recuerdo que, un día, volviendo de una pequeña excursión en el campo, me dio una depresión tremenda y al mas pequeño que venia en un “topolino” con su madre y conmigo, le dije: no me dais consuelo, y el niño ajeno a todo me dijo: “pero es que venimos contentos a verte y tú nos recibes con esa cara”. El niño no sabía con detalle nada, nadie le enseñó a admirar, adorar a sus tíos y a compadecerme a mí. Lo que no es corriente en la vida de familia donde un pequeño acto de valentía, o una muerte violenta de algún ser querido se recuerda siempre, constantemente. Mi Padre, en casa, recordaba siempre con cariño y admiración, que se comunicaba a nosotros, que al marido de la que fue su nodriza lo asesinaron un día, cuando estaba cumpliendo un deber. Nunca conocimos personalmente al pobre hombre –“el dido”- pero le recordamos con emoción. Aquí, en el caso de mis hermanos, la grandeza humana de su conducta, grandeza que está muy por encima de toda grandeza convencional, casi no saben de ello con detalle mis hijos, y mucho menos mis nietos, que ni siquiera tienen al menos la noticia de que para salvar mi vida sacrificaron mis hermanos, José y Fernando, las suyas, haciendo posible la de sus padres y por consiguiente las suyas. Esto desde el punto de vista de la familia humana y cristiana es inconcebible. ¡Cuánta diferencia en la entidad, en los grandes valores, ideas, trabajos, de unas y otras familias! : En la mía vivíamos desde La infancia en un ambiente de cariño al Padre y de interés por las realidades de la vida, sus afanes, trabajos, ideas, conductas, méritos, que aprendíamos de él y de las constantes noticias que nos daba de las muchas delicadas virtudes y cariños de nuestra Madre que perdimos en nuestra infancia y de cuya memoria se hizo culto. (Mi hermano Pepito tan listo y simpático se hizo querer por los torneros y trabajadores más especializados de un gran taller que había en el “Grao” en relación con las obras del Puerto, y con ingenua habilidad y cariño, a los diez años nos hizo un pequeño automóvil de pedales y conservó toda la vida su afición a la carpintería y siempre tuvo, ya de mayor, lo mismo en Zaragoza que aquí (en la calle Porlier) un banco de carpintero con el que distraía horas libres y hacía trabajos perfectos. Mi hermana Carmen que le seguía en edad, cuando murió nuestra pobre Madre se hizo cargo del cuidado de la casa con ocho años de edad, y así ya toda la vida.
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Para terminar el relato de hechos (que ya no son nada ante los sentimientos vivos hoy como ayer, y en mí más vivos hoy en esta hora de mi próximo muerte que para hoy y para mañana necesitaba tenerlos conmigo más que nunca) interrumpidos con palabras del corazón y del recuerdo, volveré al punto a que había llegado al recibir en Biarritz la triste noticia.
Volví hundido a Salamanca donde estábamos y vivíamos, mi mujer, mis hijos pequeños y yo con la familia Franco. No tenía fuerzas más que para llorar y desesperarme, mientras aquel me decía, que por España, y por todo, y por el crimen de que fueron víctimas a causa de mi liberación, -por la que murieron mis hermanos- yo debía entregarme totalmente a la lucha por una España mejor a la que libráramos de que pudiéramos vivir cosas así.
Estuve un día encerrado en una habitación del piso alto de la casa, en algo así como un desván, con mi mujer y con los niños y a punto de enloquecer. Luego, el ambiente de patriotismo exaltado de algunos grupos, el contacto con ellos, la realidad política, me fueron envolviendo, empujando, anestesiando mi dolor y desesperación y así, cada vez más metido en los afanes nacionales más puros, y también, ante la realidad que me rodeaba, en ciertos aspectos caótica, con algunas personas y grupos mezquinos, empezando por la hermana y el hermano de Franco, dos indeseables gangsterianos, incompatibles con un futuro de pureza, arrebatado por un idealismo grande, tal vez un tanto infantil, me obligué a permanecer en la lucha también contra estos. En Franco no hubo claridad, presionado seguramente por su hermano que, con frivolidad de irresponsable, nominalmente desempeñaba el llamado cargo de Secretario General del Estado, obtuvo de Hitler la salida de zona roja de la insignificante familia de este, su mujer y pequeños que no corrían especial peligro. Lo mismo hizo con la insignificante familia de un politiquillo tortosino. (Tengase en cuenta que la guerra mundial no había empezado y franceses, ingleses, deseaban complacer a Hitler y aquietarle). Sin embargo, ni él ni su mujer tuvieron en cuenta que en Madrid estaba su cuñada, una mujer joven con aire inconfundible de persona distinguida, con tres hijos pequeñitos y su marido en constante peligro de muerte en la Cárcel. Si hubiera propuesto mi canje nos habríamos ahorrado peligros y sufrimientos y mis hermanos se hubieran escondido a tiempo y no habríamos conocido la tragedia.
No es este momento de hablar de Franco, pero de esto y tantas otras cosas concretas y de su mentalidad (un día le pedí yo algún empleo útil y modesto para quien en las primeras horas de la guerra había prestado servicios importantes, y me contestó: “No hay que preocuparse, mira, a la gente se la utiliza, se la exprime como a un limón y luego se la tira”.
Su ingratitud conmigo fue grande y refinada, era soberbio y vanidoso, celoso, no tenía corazón.
Luego al vivir y sufrir tantas cosas, tantas decepciones, tantas frustraciones, ha hecho que me preguntara muchas veces: Todo aquello, tanto sacrificio, tanta lucha, ¿para qué?
¡Ojalá no lo hubiera conocido! Ojalá no se hubiera llegado nunca a la guerra civil, y yo hubiera podido vivir una vida tranquila, de familia y de trabajo, ilusionado con la compañía de aquellos dos grandes hombres, mis hermanos José y Fernando, que eran los más grandes amigos que he tenido, en los que apoyó siempre mi vida, contando, y hasta abusando, de la generosidad, de la incondicionalidad, de su cariño. Dos grandes españoles, inteligencia, competencia, amor al trabajo, honradez insobornable, hoy necesariamente hubieran sido indispensables para las obras y servicios de mayor importancia que exigen para su realización todas esas cualidades de verdad, tan poco frecuentes. No puedo resistir el recuerdo del sacrificio. Para defenderme, para poder vivir, me anestesié primero con la política, luego busqué defensas artificiales en la vida de sociedad con alguna amistad más o menos oportuna, pero cada día, hoy, es más profunda la soledad.
Ramón Serrano Suñer
Al menos si ellos hubieran tenido hijos, yo hubiera gozado del cariño que me darían recibido los Padres, y también volcar mi gran cariño a estos. Ellos hubieran comprendido mejor que nadie y querido a todos vosotros; como del modo más eficaz habrían hecho sus padres, vuestros tíos muy amados. Al lado de una vida superficial mi soledad y mi tristeza eran tan grandes que yo hubiera podido ahorrarlas abreviando la vida, pero me lo he prohibido como deber elemental, porque otra cosa hubiera sido menospreciada aquí por lo que ellos se sacrificaron.
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En la falta de ambiente familiar administrativo y querido hacia ellos, yo casi ni halaba de los hermanos tan queridos porque no encontraba la acogida, el interés natural de todos los de la casa – frialdad o desinterés que me hacía daño – y que parecía que se trataba de una obsesión mía, que no era algo de todos y para todos igualmente querido y seguido.